Alfonso Barrera Valverde

Por Edgar Pesántez Torres

(Publicado en el diario El Mercurio, Cuenca, el 2013/09/10)

Otra pérdida muy sentida para el país ha sido la muerte del reconocido ciudadano ambateño, ex canciller y literato Alfonso Barrera Valverde, ocurrido el viernes de la semana pasada en Quito. Si bien su cuerpo y alma se desvanecieron, no así el espíritu que animó ese cuerpo y esa alma, más cuando su obra fue una siembra permanente de virtudes que sus congéneres cosecharon seguirán nutriéndose de su savia.

A don Alfonso Barrera Valverde lo conocimos personalmente en el Hospital Militar del Quito, cuando fue Ministro de Relaciones Exteriores, el segundo tras dejar los militares el poder, es decir, posterior a Alfredo Pareja Diez Canseco.

A inicios de la década de los ochenta, cuando el país afrontó la Guerra de Paquisha con el Perú, asistíamos en esa casa de salud a los heridos del conflicto. En una jornada de esos aciagos días llegaron a visitar a los soldados heridos la Primera Dama de la Nación, doña Martha Bucaram de Roldós y el canciller, Alfonso Barrera Valverde.

Pequeño y circunspecto, el canciller Barrera Valverde prometía a los soldados heridos ser uno más, desde el lugar que le impuso la Patria. Efectivamente, su gestión diplomática en aquel conflicto bélico fue descollante, sin claudicaciones ni patrioterismo inútiles defendió la tesis ecuatoriana con entusiasmo e hidalguía, siguiendo las directrices de su inteligente Comandante en Jefe, Jaime Roldós Aguilera.

Más tarde, a don Alfonso y a mi pariente Rafael Antonio –amigo personal del diplomático– les escuché comentar sobre el pensamiento de general prusiano Karl von Clausewitz, quien, sin tener comando de responsabilidad ni dirigir ninguna batalla importante, llegó a tener fama universal después de su muerte, por su apotegma de sobre que “la guerra es una mera continuación de la política por otros medios”.

La tercera y última ocasión compartida con el intelectual poeta fue en el 2006, cuando dictó un seminario taller sobre “Comunicación y Relaciones Internacionales”, deslumbrándonos a los asistentes por su sabiduría, así que su estado de salud estaba ostensiblemente deteriorado.

De tantas cosas que habló, recordaré ahora, entre otras de sus sentencias, las siguientes: Los conflictos latinoamericanos no están en el contenido sino en el continente; no hay que aspirar a unificar a la derecha con la izquierda sino al humanismo; América es una inmejorable opción para la diversidad; hay que apostar por la desconcentración del poder…

A estos breves encuentros, sumo algunas obras conocidas de narrador y poeta, a vuelo de ave. En esa estadía en Cuenca trajo en sus manos el que parece fue su última producción literaria, la novela “Sancho Panza en América”, de la que tuvo la generosidad de orientarme sobre su contenido, cuyo personaje decía se afinca en las Colinas y los valles de Quito y deambula por las calles de San Roque.

De su faceta literaria darán cuenta sus equivalentes y críticos. De mi parte y por las contingencias, me permito transcribir un pedazo de su poema “Mensaje de Paz” (Carta a cualquiera):

“(…) Alguien ha muerto. / Sólo nos quedaron, /en un cuarto, ciudad desconocida, /la acusación inútil de una lágrima, /y en la calle, /las pisadas del hombre más humilde, /dispuestas a llenarse de luceros/ cuando llueva de noche/y no sepamos. /”

Ahora que se vive de sorpresas e incertidumbres, es bueno madurar en la conducta y en las acciones, para tomar conciencia de la obra de prohombres de esta pequeña y linda nación, como es el caso de don Alfonso Barrera Valverde.

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