Alexei Páez y la literatura fantástica

Por Adolfo Macías. Escritor

(Publicado originalmente en revista dominical Cartón Piedra, del diario El Telégrafo, el 27 de diciembre de 2015)

Ilustración elaborada a partir de un tatuaje de Oveja Tattoo (Xavier Córdova).

Ilustración elaborada a partir de un tatuaje de Oveja Tattoo (Xavier Córdova).

 

Conocí a Alexei Páez allá por el año 1978, cerca del final de una década que nos dejó, como herencia compartida, el amor por la literatura maravillosa y el rock and roll. Si he de mencionar dos nombres queridos para nosotros, debo mencionar en primera instancia a The Beatles y a Jorge Luis Borges. Nos gustaba cantar canciones como ‘The Walrus’ y ‘A Day in the Life’, compuestas por Lennon para The Magical Mistery Tour y Sargeant Pepper, respectivamente. Todavía hoy, cuando miro la portada de este último disco, siento una profunda maravilla. Ahí están retratados algunos de los ídolos de Lennon, como Elvis, Marilyn Monroe y Muhammad Ali, colocados junto a gente como Tarzán, Marlon Brando y Edgar Allan Poe. Nos encantaba mirar ese disco y sabíamos de memoria la letra de todas sus canciones. Cuando Lennon murió, quien recibió las condolencias fue precisamente Alexei Páez. Pero no es de la música de lo que vamos a hablar en esta ocasión, sino de la literatura fantástica, partiendo para esto precisamente de Edgar Allan Poe, cuyos cuentos nos maravillaban y abrieron la puerta para el surgimiento en Providence de ese otro escritor del género fantástico que fue el extraño y esquivo Howard Phillips Lovecraft. Los mitos de Cthulhu y otros libros, como El color que cayó del cielo y Aquel que acecha en el umbral llegaron a mis manos gracias precisamente a Alexei Páez. Casualmente, ahora mismo estoy escribiendo una novela cuya última sección se debe a este particular género que podríamos llamar del horror cósmico, basado en la posibilidad de abrir las puertas de un mundo siniestro e indescriptible, donde habitan las monstruosas entidades del mundo primordial, capaces de llevar a un hombre —a cualquier hombre— a las montañas de la locura. Junto con este culto a la literatura de Lovecraft vinieron otros libros, pertenecientes a la ciencia ficción. Libros como Dune, de Frank Herbert, Odisea en el espacio, de Arthur C. Clarke, y El hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, llegaron otra vez a mis manos gracias a Alexei Páez. Obras todas estas que contienen un elemento en común: la especulación científica unida a la necesidad reiterada del hombre de relacionarse con lo sagrado. Necesidad que alcanza su punto más alto cuando en El hacedor de estrellas, Stapledon nos permite imaginar por un momento el estado de conciencia de una estrella, su elevadísima santidad y su alegría.

Para hablar de esta característica de la literatura fantástica, debemos recurrir al más amado de los escritores que en aquel entonces frecuentábamos y cuyas páginas recorríamos con unción y reverencia: Jorge Luis Borges. En efecto, si hubo un libro sagrado para nosotros no fue la Biblia sino Ficciones y El Aleph, en los que se hallan cuentos como El inmortal, La lotería de Babel y Las ruinas circulares, cuyos argumentos conocíamos tan bien como las letras de The Beatles. Esta pasión por la fantasía contrastaba notablemente con su precisión mental y su dedicación a las ciencias sociales, dentro de las cuales fue después tan reconocido y que en aquel entonces se hallaban cerca de su predilección por el anarquismo. Y es precisamente propio de un anarquista creer en la libertad como fundamento del arte y no reducirlo a un producto sociocultural específico de una época. El arte trasciende su época, pues conecta los planos del presente con las estructuras psíquicas perennes de lo que podríamos llamar ‘el hombre mítico’. Por eso no evoluciona, sino que cambia; de manera que Shakespeare no ha sido jamás superado en los términos en que fue superada la máquina de vapor o la teoría newtoniana de la relatividad. No hay progreso en el terreno del arte, esa tierra de eterna maravilla que nos libera del peso de la racionalidad y las costumbres, permitiéndonos fugarnos temporalmente del tedio. En ese sentido, a Alexei le gustaba citar a otro de sus favoritos, Tolkien. En una entrevista, cierto periodista le dijo que la literatura fantástica había sido clasificada por varios pensadores sociales como ‘literatura de evasión’, crítica a la cual el creador de El señor de los anillos respondió diciendo que quienes quieren prohibir esta evasión deben ser, necesariamente, carceleros.

Aún recuerdo el arrepentimiento de Alexei al acordarse, unos años después del paso de Jorge Luis Borges por Quito, de haber alzado la voz en el auditorio de la Universidad Católica para interpelar al maestro y reclamarle su relación con la dictadura argentina, de la que había aceptado alguna medalla u homenaje. Luego se dio cuenta de lo irrisorio del supuesto crimen, comparado con la inmensa deuda espiritual que habíamos contraído con su obra, imposible de clasificar de manera reduccionista a la categoría, por ejemplo, de arte burgués o literatura de evasión. Sí, Alexei, además de ser un pensador y un maestro de las ciencias sociales, fue un amante apasionado del arte y de la fantasía. Las defendía con la misma pasión que a sus ideas políticas. Y es que poseía tres grandes atributos que deben ser puestos al mismo nivel —o a uno mayor— que su inteligencia: la ironía, la pasión y el sentimentalismo al que era proclive cuando se trataba del amor y la amistad compartida. Era un hombre apasionado cuando de defender sus ideas se trataba. Apasionado y terco, capaz de llevar una pelea hasta sus últimas consecuencias en el campo de la actividad política o intelectual. Y es que Alexei necesitaba poseer enemigos como un boxeador necesita un sparring para mantener su destreza. Nunca daba el brazo a torcer y era orgulloso, como podemos certificar quienes jugábamos con él en el billar, donde a veces empezaba yo ganando, pero él terminaba siempre por darme una paliza. Todavía recuerdo esa sonrisita de satisfacción que surgía en su rostro cuando contábamos las fichas del marcador, y las frases lapidarias con las que festejaba su victoria. Era raro verlo perder en este juego, y cuando lo hacía, pedía inmediatamente la revancha, con esa actitud que nos hizo ponerle dentro de esos antros el apodo de ‘Picadilly Circus’. Siempre que hacía algo, lo hacía de esa manera: intensa y obsesiva; pasión que se reflejaba, también, en su manera de leer o de estudiar un libro, puesto que se cernía sobre las páginas como un animal abisal que succiona, procesa y deglute palabras, párrafos y capítulos, con un hambre inmemorial, hasta dejar, en vez del libro de blancas páginas que había tomado al inicio, un libro más bien amarillento y queratinoso, como los restos de una criatura, lleno de franjas de marcadores, subrayados y comentarios al margen de las páginas que daban testimonio de aquel banquete obsceno.

Junto a esa tenacidad se hallaba el sentimentalismo que brotaba cuando escuchaba una canción o la mirada de un amigo se encontraba con sus ojos. Ese rostro que se podía llenar de lágrimas y de una sonrisa melancólica, que concluía eventualmente en un abrazo que trataba de cifrar lo inexpresable. Creo que se sabía mortal y sentía la fugacidad de la existencia como parte de su carácter romántico. Esa mortalidad que hace aún más conmovedor el arte, por lo que la belleza tiene de corruptible y destinada a la desaparición. Y es ahora que quiero volver a nuestro amado Borges, en cuya obra se despliega con elegancia aquello que se ha dado en denominar el asombro metafísico: esa experiencia que cambia en un instante impredecible nuestras percepciones y creencias más elementales, sumergiéndonos en un tiempo y en un espacio sagrados, tal como acontecía en El Aleph y en otros de sus cuentos. Tal como sucedía a veces en la filosofía de Schopenhauer o en la idea del abate de Berkeley, quien dice que “el ser es ser percibido”, entregando así a la filosofía una sentencia que no podrá ser nunca confirmada, pero tampoco refutada. Asombro que permeaba el pensamiento metafísico y se traducía en esa frase de Nicolás de Cusa que tanto le gustaba a Alex, que decía que el Universo es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.

Como ejemplo de tal asombro metafísico, nos gustaba siempre recordar Las ruinas circulares de Borges, en el que se despliega magistralmente el tema del soñador soñado.

Recordemos la historia:

Un hombre llega a las ruinas de un antiguo templo circular. Tiene un solo objetivo: crear un ser humano a través del sueño e imponerlo a la realidad. Al principio, el hombre sueña que está en el centro de un anfiteatro de estudiantes a los cuales dicta lecciones. Elige un alumno y, después de darle lecciones particulares, se maravilla de las habilidades del joven. Sin embargo, un día el hombre se despierta y por muchas noches no puede dormir. Reconoce que su primer intento ha sido un fracaso y decide buscar otro método de trabajo. Después de un descanso y de observar varios ritos de purificación y adoración a los dioses, el hombre se duerme y sueña con un corazón. Noches, días y años pasan y el hombre crea a su hijo, pedazo por pedazo; prestando atención a cada detalle. Finalmente el joven está completo, pero no habla y no se incorpora; solo sueña. El hombre le ruega ayuda al dios del Fuego para darle vida a su hijo imaginario y el dios consiente. El joven se despierta como un hombre de carne y hueso y es enviado a otro templo. Solo el soñador y el dios del Fuego saben que el hijo es una creación, un hombre soñado; no un hombre real. Al pasar el tiempo, el soñador escucha de otros hombres que hay un hombre en otro templo que puede caminar por el fuego sin daño. El hombre sabe que este es su hijo y se preocupa de la posibilidad que él se entere que no es un ser humano, sino una proyección de otro. Se acerca de repente un gran fuego. El hombre acepta que ha llegado su momento de morir y se acerca al fuego. Pasa por las llamas sin dañarse, y en ese momento comprende (con miedo, con vergüenza, con estupor) que él también es una proyección, un sueño de otro.

En este cuento, como en otros por el estilo, nos gustaba ese instante de la revelación, en que las formas del universo conocido ceden a formas inesperadas, generando esa experiencia estética que Borges llamaba el estupor. Naturalmente, cuando hablábamos de ese cuento, no podía Alexei hacer otra cosa que establecer ciertas complicidades culteranas. Alexei era un hombre de complicidades. El templo en donde el protagonista se dedica a la creación de otro ser humano es consumido cada tanto tiempo por el fuego, de igual manera, sabía Alexei, como el Universo es consumido por el fuego cíclicamente, dentro de la filosofía de Heráclito.

Dice Heráclito:

Este mundo, el mismo para todos, no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que ha sido eternamente y es y será un fuego eternamente viviente, que se enciende según medidas y se apaga según medidas.

En otro fragmento, el mismo Heráclito dice:

Avanzando, el fuego lo juzgará y condenará todo.

Fragmentos en los que se expresa la idea del eterno retorno. Todo volverá cíclicamente al fuego originario y el Universo será creado de sus cenizas, volviendo lo que una vez fue a ser de nuevo, una y otra y otra vez. Nuevamente, Alexei volverá a recorrer los pasillos de la facultad de medicina; nuevamente volverá a caminar por las calles de la Floresta con un libro de Kropotkin bajo el brazo; nuevamente beberá una cerveza escuchando a los Doors en La Delicia; nuevamente verá con fascinación a una colegiala de rostro radiante que baja por las gradas de la casa de la familia Saad; nuevamente pasará la tiza sobre la punta de su taco de billar con incrustaciones de marfil; nuevamente verá bajar de la luna a Lucy convertida en un diamante; nuevamente mecerá la cuna de su hijo Gregorio mientras ríe de las alegres atrocidades del marqués de Sade; nuevamente rebatirá a sus adversarios; nuevamente trazará geografías complejas del pensamiento humano en un pizarrón ante la mirada atenta de sus alumnos. Nuevamente sus pasos recorrerán las aceras de Quito y mirará alrededor con irónica satisfacción mientras cuelga de su hombro su morral.

Ya lo dijo Heráclito. Lo reafirmó Platón en El Timeo. No cabe, pues, la menor duda.

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