Sobrevivir en el último puerto del Caribe | Solange Rodríguez Pappe

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Por Solange Rodríguez Pappe. Escritora

(Publicado originalmente en revista Cartón Piedra del diario El Telégrafo, Guayaquil, el de 3 de agosto de 2015)

Incendios, piratas, inundaciones y resistencia postapocalíptica. Los cronistas de Guayaquil no solo han pintado, desde su creación, los espacios agradables de la ciudad, sino también han retratado su hostilidad y su violencia, proyectándose en sus imaginaciones a escenarios distópicos donde la urbe no solo es civilidad, sino también caos y muerte; vaticinando además el triunfo de la barbarie por encima de todo orden humano.

Desde textos fundacionales del siglo XIX, como Guayaquil, novela fantástica (1901), de Manuel Gallegos Naranjo, hasta ejercicios de proyección hacia el futuro como los de Fernando Naranjo en La era del asombro (1994), la ciudad que resistió a 4 fundaciones, pareciera tener más de pantano que de paraíso. ¿Por qué entonces aún tiene habitantes? Porque en ella se muere y se vive apasionadamente, como si cada instante fuera el último.

La ciudad que se rebeló a los mapas

Guayaquil, la ciudad más grande de la región litoral del Ecuador, estuvo signada por la inestabilidad y el cambio desde su fundación el 15 de agosto de 1534, cuando fue creada en un sector andino cercano a Riobamba con el nombre de Santiago de Quito. En ese entonces, las recientes poblaciones no eran más que campamentos militares y papeles que buscaban reforzar el poder de los invasores en América, por lo que transcurridos unos meses, empezó su mudanza hacia una zona más estratégica, los alrededores del río Babahoyo, en la costa.

Lo que motivó su movilización desde las montañas eran razones geopolíticas. La tenencia de Quito en la Gobernación de Nueva Castilla para su proyecto de volverse la Real Audiencia de Quito, necesitaba urgentemente agilizar sus redes de comunicación con la creación de un puerto. Un año después, en 1535, cuando se decidió movilizarlo hacia la ribera del Guayas, el pequeñísimo poblado pasó a llamarse Santiago de Guayaquil debido a que en sus alrededores habitaba un cacique con ese nombre.

Desde ese entonces, la ciudad que no era otra cosa que un puñado de españoles armados, fue sistemáticamente destruida por los habitantes nativos del sector –punaes y chonos–, yendo de su asedio a su reconstrucción al menos unas cuatro veces, hasta que en 1547 es colocada en las faldas del Cerro Santa Ana en la ribera occidental del Guayas, donde, contra todo pronóstico debido a su historial anterior, empezó un rápido proceso de expansión y crecimiento que la volvió rápidamente el puerto requerido para el proyecto colonizador europeo. Quizá por su extraordinaria resistencia a las mudanzas y destrucciones, en el acta de fundación de esa época recibió el título de Muy Noble y Muy Leal Ciudad.

Entre el siglo XVIII y XIX, el destino de Guayaquil no fue diferente al de cualquier ciudad costera de las colonias americanas. Una ocasión que se repuso de un voraz incendio que en 1636 destruyó todos sus archivos, debió soportar piratería, plagas, epidemias, todos los inviernos y más incendios que la volvieron escombros decenas de veces, pero la urbe lograba reponerse al poco tiempo. Era una ciudad que persistía y se desarrollaba desafiando la lógica de su inicial planificación, modesta y controlada, que no esperaba que se convirtiera en un sitio tan nutrido. En resumen, pasó con Guayaquil lo que sucedió con muchas urbes latinoamericanas que se escapaban del trazado de los mapas y de las juiciosas imaginaciones arquitectónicas, para ir tomando la forma de sus emigrantes.

El escritor uruguayo Ángel Rama, en La ciudad letrada (1996), texto donde estudia la conformación de las ciudades de las nuevas colonias, afirma que estas parecían haber adquirido un carácter propio al sobrepasar sus planificaciones iniciales. Así sostiene: “Las ciudades americanas fueron remitidas en sus orígenes a una doble vida. La correspondiente al orden físico […], los vaivenes de construcción y destrucción, de instauración y renovación, y sobre todo a los impulsos de invención circunstancial”, que las hacía desafiar cualquier mapeo, planificación previa o llamado al orden, tal como sucedió con la inusual expansión de Guayaquil. Pero quizá hay también en esta resistencia algo un poco más misterioso relacionado con su condición de ciudad costera que se ha nutrido del río, de su carga simbólica y también de su producción económica.

El último puerto del Caribe

Mucho se ha dicho acerca de que Guayaquil es el último puerto del Caribe, frase que el imaginario popular atribuye al cantante puertorriqueño Daniel Santos quien la pronunció a manera de halago en uno de sus tantos conciertos dados en la ciudad en la década de 1950. Esta afirmación, que a manera de licencia poética, actualmente aparece en folletos turísticos y páginas virtuales destinadas a promover las visitas a la ciudad, más que referirse a estricta geopolítica, alude a la naturaleza tropical de la urbe, razón por la cual se atribuye una condición caribeña y licenciosa. A esto se suman su cultura relacionada con la música tropical y también a su expansión trepidante y vivaz ligada a la sensualidad del que disfruta de los placeres de su cuerpo. Por ejemplo, Aminta Buenaño en el texto Declaración de amor a Guayaquil (2004) retrata a los guayaquileños como grandes comelones, buenos bailarines y capaces de apreciar las delicias del ocio sin culpas ni complicaciones.

En el caso de Guayaquil, lejana del mar de las Antillas y del Atlántico, el Caribe parece ser una actitud de sus habitantes y de su modo de vida. Es cierto que Guayaquil es una ciudad sin mar pero cuenta con la mayor cuenca hidrográfica de la costa del Pacífico. Esta particularidad tal vez la ha llevado a vivir en un estado que Antonio Benítez Rojo, en el tomo de ensayos sobre la insularidad y el Caribe, La isla que se repite (1998), llama: una condición que no es terrestre sino acuática, propia de sectores donde la presencia del agua es muy fuerte: “Una cultura sinuosa donde el tiempo se despliega irregularmente y se resiste a ser capturado por el ciclo del reloj y del calendario […] un caos que retorna […] un continuo fluir de paradojas; es una máquina de feedback de procesos asimétricos”, donde la idea de la destrucción y la reconstrucción convive en el imaginario de sus habitantes, volviéndolos estoicos y empecinados bajo el lema de “lo que hay que hacer es no morirse”. Un modo resistente, versátil, precario pero sin desesperación.

Benítez Rojo explora la idea de que desarrollarse al pie del agua hace especular a sus habitantes con los peligros que podrían existir al convivir con una entrada siempre abierta a recibir extraños, ya que hubo un tiempo en que por allí ingresaron amenazas tan reales como, el azote de la piratería y de barcos repletos de plagas como la bubónica y la fiebre amarilla. Sin embargo, esa condición de Caribe, hace que los habitantes se acostumbren a la zozobra, que no renieguen de ella, que hallen en su resistencia, identidad.

Vivir y morir en Guayaquil

La fábula del puerto abierto a literalmente cualquier cosa, lo retoma recientemente el autor Gabriel Fandiño, (quien firma como Décimo Quevedo) en 1842: Gye ciudad muerta (2015) una historia ucrónica-apocalíptica donde él elige como pretexto para recrear un ataque zombie a Guayaquil, la llegada de la peste amarilla que azotó la urbe a principios de siglo cuando la plaga arriba a la ciudad entre los restos de un navío fantasma. En ese relato que se reviste de fantasía histórica, sirve también para volver héroe al inventor José Rodríguez Labandera, quien a finales del XIX idea un submarino para atravesar el Guayas. Y es que la presencia del agua cerca de una ciudad, no solo le atrae problemas, sino también la imaginación para solucionarlos.

Además de temer al azote de las enfermedades, el miedo a las inundaciones es otra de las características de la condición Caribe, según Benítez Rojo. Textos como Río de sombras (2006) de Jorge Velazco Mackenzie, El libro flotante de Caytran Dölphin ( 2010), o el tomo de relatos El árbol negro (2014) de Paulina Briones –de entre otros libros donde se especula sobre una posible subida de las aguas–, describen ciudades inundadas donde sus habitantes han debido ir a los cerros más altos, o replegarse, o acostumbrarse a recoger los cadáveres de ahogados como una tarea cotidiana; el asunto, es que quienes protagonizan las historias de esta trágica Guayaquil futura, no están apesadumbrados, sino que más bien han encontrado manera de continuar andando en mitad del desastre.

Ya más próximos a la realidad cotidiana, en narraciones contemporáneas donde se recrea la percepción de la urbe, se la describe como una ciudad hermosa, pero a la vez difícil; una ciudad de la que se quiere huir sin ganas y de la que no puede escaparse jamás. Así, uno de sus cronistas contemporáneos Francisco Santana en Historia sucia de Guayaquil (2012), la retrata como húmeda y soporífera, apenas tolerable: “No soportaba a Guayaquil con su bochorno, el sol ardiente, el calor desmesurado, infernal y su escándalo tropical. Es como estar embutido dentro de una olla a presión, pero con toda la vaina jodida y la bullaranga que no hay manera de tolerar”. Pese a esta declaración, el personaje falta a su trabajo para deambular borracho y pese a su fastidio, no puede evitar encontrar en ese infierno, belleza: “A veces no hay remedio y salgo a contemplar la velada oscuridad del cielo sin estrellas y el horizonte anaranjado que, en ocasiones, se agita en el fondo de Guayaquil”. Y a las voces de Santana, se suman las de Jorge Martillo, Luis Carlos Mussó, Fabián Darío Mosquera, hombres enamorados de una ciudad fatal.

Cotizando en este breve recorrido textos guayaquileños acerca del porvenir, tanto los elaborados en el siglo XIX como la que ha sido escritos en el siglo XXI –estos cien años de diferencia deberían haber sido significativos al momento de establecer un cambio de paradigma–, tienen como característica constante imaginar cómo será el mañana de la civilización ya que esa tendencia a imaginar desastres va a acorde con la visión de resistencia a la adversidad que los guayaquileños tienen de sí mismos y que transmiten por medio de su producción artística, viviendo y muriendo con entereza, al modo Caribe.

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