La casa de los horrores | Henry Bäx

Por Henry Bäx

(Colaboración especial para Ciencia ficción en Ecuador)

Aquel verano llegó a aquel pequeño pueblo sin nombre un parque de diversiones ambulante. Las principales atracciones eran: una destartalada montaña rusa de tracción magnética y un ring de robots luchadores. Lo demás, en realidad, no era ninguna novedad. Todo era un montón de chatarra oxidada que apenas funcionaba.

Un grupo de chicos fueron aquella tarde para tratar de distraerse. Tres parejas de muchachos y chicas habían entrado al parque, ellos no habían tenido la oportunidad de subir a aquella gigantesca montaña rusa que les prometía más de una emoción. Había poca gente haciendo fila y el androide que vendía las entradas atendía con solvencia. Caminaban sorprendidos al ver aquel montón de fierros que, a pesar de su antigüedad, realizaban aleatorios movimientos con furia. Al cruzar uno de los tantos caminos de polvo que les llevaba a las distintas diversiones, notaron que al final de una de esas rutas, llenas de mugre, había una extraña diversión. Era una especie de casa vieja que se había montado con hierros llenos de óxido. Sobre su frontis había un letrero que decía: Museo Tailandés.

Uno de los muchachos con entusiasmo exclamó:

—Entremos a la casa de los horrores, será muy divertido.

Las chicas, intuyendo lo que iban a encontrar dentro, dijeron casi juntas:

—¡No, ese lugar parece horrible! Mejor vayamos a la montaña rusa.

—Ustedes se lo pierden, vayan a esa tonta montaña —añadió aquel con clara molestia.

El intrépido chico dejó que los demás se fueran y decidió entrar a explorar aquel extraño mundo que le daba la bienvenida.

En la entrada de aquella casa, dando un saludo con una venia, estaba un hombre de rasgos orientales. Arriba, en el cielo, flotaba cual nube sin rumbo, un enorme dirigible de color gris con una enigmática divisa roja en uno de sus lados. En la lejanía se podía apreciar un horizonte negro y confuso, tan confuso, como el futuro del planeta que apenas sí era una sombra de lo que algún día fue su esplendorosa civilización.

La tarde caía y unas espesas sombras se imponían lentamente sobre el firmamento. Las luces del parque de diversiones se empezaron a encender. Estas latían con penosa agonía. Su brillo era pálido como el día que se esforzaba por no morir. Sobresalía sobre todas, el color grana y esta, a su vez, se mezclaba cual orgía de color, con el amarillo, el azul y el blanco. El ambiente estaba salpicado todavía por aquel olor a petróleo que algún día imperó como combustible fósil en toda la tierra. El chico miró hacia el cielo y se fijó que un gigantesco dirigible lo espiaba. ¡Se sentía vigilado! El régimen político totalitario que regía era cruento y no existía ningún tipo de libertad para los ciudadanos comunes. Sintió un escozor en todo su cuerpo como si una descarga eléctrica le hubiera caído desde el cielo. Levantó los hombros con desidia y, sin más, entró al Museo Tailandés. Sabía de sobra que adentro ya no estaría vigilado por los ojos que lo ven todo, del régimen del tirano Dan Crell.

Había una oscuridad unánime por todas partes. Al fondo, o lo que aparentaba ser un largo zaguán, titilaba una pequeña luz roja. Aquella negrura era tan espesa que parecía que se la podía palpar. Una voz gutural se presentó, esta le daba la bienvenida, y la vez, le iba guiando por cada rincón de la casa de los horrores.

Se encendió una pequeña luz ópalo, su haz se dirigía hacia un espeluznante espectáculo. Momias de asesinos ejecutados. Rostros con expresiones espantosas. Pudo reconocer el muchacho a un famoso asesino del siglo XXII que lo había estudiado en sus libros de Historia, se podía apreciar todavía la huella del disparo sobre el pecho que acabó con su vida. Aquella voz cavernosa le explicaba que este hombre había cometidos terribles crímenes en las colonias marcianas. Sobre unas repisas, estaban como amontonadas cabezas de más trúhanes que habían dado cuenta a la justicia. Con sangre fría el chico apenas esbozó una parca sonrisa y se dijo, para sí mismo, que aquello no era la gran cosa.

La voz le pidió que continuara su aventura. Esta vez una intensa luz azul apuntó a una pequeña sala. Fetos humanos con malformaciones físicas conservados en enormes frascos en formol. Se conservaban además, varios órganos con extrañas enfermedades. El chico, suspiró con aburrimiento, y se limitó a sonreír.

La oscuridad reinó de nuevo, la misma voz le dirigió hacia una nueva sala. Una luz ocre se encendió y apuntó hacia otra grotesca visión. El cuerpo embalsamado de un hombre que mordía una mano humana. Era un caníbal. Un pequeño texto explicativo rezaba lo siguiente: “Este psicópata se alimentaba de personas porque amaba comer órganos de humanos, no porque tuviera hambre”. Sobre el piso se dejaba ver restos de ropa con rasgaduras de dientes. El muchacho gritó con furia.

—¡Es que en este lugar no existe otro tipo de espectáculo. Es tan aburrido este sitio!

La voz guía se calló y una opaca luz iluminó el sitio. Todo no era más que un largo corredor con aberturas que llevaban a las salas de exhibición. Un zumbido se presentó lentamente, parecía un latido. El joven volvió a interrogar con ira.

—¿Acaso no tienen algo mejor que enseñar? ¡Tal vez una fotografía del tirano Dan Crell me asuste más!

El zumbido esta vez se agudizó más y empezó a tornarse insoportable. El muchacho se tapó con sus manos los oídos y buscando la salida corrió hacia la escuálida luz roja del fondo. No era la salida, era una nueva sala. Aquel ruido cesó y la voz guía ya no habló más. El chico trataba de buscar la salida, en vano hurgaba por las paredes para tratar de encontrar una abertura y abrir una puerta. Las frías paredes de hierro oxidado impedían acometer tal propósito. La luz roja apenas iluminaba el rincón para dar pasos seguros. En eso, creyó ver un pequeño bulto en un rincón del lugar. Un tanto temeroso, y llamado por la curiosidad, se acercó lentamente. Conforme avanzaba, la pequeña mancha iba tomando forma. Había algo sobre el piso que estaba en posición fetal. Con cuidado, acercó la punta de su zapato hacia ese bulto. Lo tocó; lo que fuere que estuviera sobre el suelo, se movió y trató en vano de ocultarse en otro escondido rincón. El muchacho esta vez retrocedió asustado. Un miedo desconocido empezó a apoderarse de él. Ahora sabía que tenía que hallar la salida, pero lo malo era que no tenía idea de donde estaba. Aquel bulto empezó a respirar con excitación y lentamente se iba incorporando. El mozo esta vez sintió que un terrible peligro le acechaba. Dio unos lentos pasos hacia atrás, aquel bulto parecía que le seguía. Las sombras que imperaban en ese recinto se iban diluyendo. La pobre luz opaca con dificultad empezó a definir algo extraordinario. Frente al chico se presentó un extraterrestre.

Su característica física era pequeña, de unos noventa centímetros de altura, de piel grisácea, cabeza grande sin pelos, ojos grandes y negros, boca pequeña sin labios, casi sin nariz, orejas sin pabellón auricular, su cuerpo era delgado, sus brazos y dedos muy largos. Su mirada era intensa y muy profunda.

Retrocedió el mozuelo asustado hacia una pared, golpeándose con severidad. El alienígena se le acercó; sus ojos, aunque negros, tenían un intenso brillo. Aquella mirada poseía una especie de encanto y a la vez, un poder hipnótico. El chico no pudo escapar de aquella subyugación. En esos ojos negros, unas imágenes empezaron a formarse, esas imágenes penetraron en la mente y consciencia del chico.

Visibilizó a través de aquella maligna mirada, el gran Cosmos como todo lo que es, lo que fue y lo que será algún día. El tamaño y la edad del Universo, superaba su normal comprensión. Un denso escalofrío le recorrió su espinazo como si fuera una ráfaga de fuego. Vio a nuestro diminuto planeta en un mar infinito de estrellas que se perdía en algún punto entre aquella inmensidad y la eternidad. Una secreta voz le retumbaba en sus sentidos y le recordaba lo ínfimos que somos los seres humanos. El grado de comprensión e inteligencia humana era nada comparada ante la grandiosidad del Cosmos. No éramos más que una partícula de polvo en el cielo de una mañana.

Como si fuera un pobre guiñapo, el alienígena llevó al muchacho a la orilla del océano cósmico. Desde ahí, sus sentidos trataron de asimilar aquella grandiosidad suprema, su cabeza parecía estallar. Un pequeño hilo de sangre se le resbaló desde el interior de su nariz. Su mirada estaba como perdida y sus pupilas se le tornaron blancas como si fueran espesas bolas de nieve. Miraba cual si fuera un espectáculo de luces, exóticas galaxias. Una galaxia anular polar a sus pies, otra galaxia en explosión con proyecciones simétricas a su derecha, un cúmulo de galaxias a su izquierda, otra en espiral barrada sobre su cabeza; a lo lejos divisaba un cúmulo globular de estrellas orbitando un núcleo galáctico. En un momento dado, millares de imágenes se le dispensaron y unieron a la vez, como si fuera una sola imagen: El núcleo de la Vía Láctea, una estrella roja gigante, una nube de polvo negro y estrellas incrustadas en las nebulosidades gaseosas, una nebulosa de gas iluminada y que a su vez rodeaba una explosión de una supernova. Hubo un breve respiro, todo a su alrededor se tornó negro. Su cerebro estaba muy agotado. Inesperadamente, unos signos incomprensibles llegaron a su percepción. Éstos tenían la forma de extraños signos como si fueran letras. Eran letras de alfabetos de mundos desconocidos, así como números de complejas e incomprensibles fórmulas matemáticas. Así mismo, le llegaron hasta su agotada cabeza, imágenes de muchas razas de criaturas que habitaban otras partes de ese infinito espacio. Finalmente, observó horrorizado, imágenes apocalípticas del planeta y del mismo Universo.

Como si fuera un súbito disparo, toda aquella parafernalia se detuvo. El muchacho volvió en sí. El alíen había vuelto a su sucio y negro rincón a refugiarse.

Salió el mozo de la casa de los horrores. Caminaba sin rumbo y sin sentido cual zombi. Ahora su mente era un mar de confusiones y de preguntas sin respuestas. Su cerebro no era más que una masa sin vida y que apenas podía recordar su nombre. Desde las alturas de la montaña rusa, sus amigos reían y se divertían sin cesar. Uno de ellos, estupefacto, miró a su amigo que se encaramaba en una de las viejas máquinas.

El chico, sin temor, llegó hasta lo más alto de aquella distracción. Habría más de seis metros hasta el suelo.

Sin más, saltó al vacío.

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