El expresionismo criollo del cineasta Sebastián Cordero | Carlos A. Icaza

Por Carlos A. Icaza | cicaza@eluniverso.com

(Publicado originalmente en diario El Universo, Guayaquil, el 24 de septiembre de 2004)

Alguien dijo que nada se ha inventado. Lo importante es encontrar los caminos adecuados para seguir adelante. Cuando los alemanes incursionaban en el cine en los años 20 su aporte fue sorprendente. Películas silentes como El Gabinete del Dr. Caligari (1919) y luego Metrópolis (1925) visionaron realidades expresionistas de la actualidad y del futuro en tiempos muy turbios, posteriores a la Primera Guerra Mundial. Fritz Lang, uno de los maestros de entonces –y director de Metrópolis– creó después su inolvidable M, el Vampiro de Dusseldorf (1931), sobre un asesino de niños que aterroriza a toda una comunidad. Lang creó ambientes y climas emotivos ligados a una fotografía que proyectaba los patéticos infiernos personales de su protagonista.

El rostro de Peter Lorre, el protagonista de M, estuvo junto a mí durante la proyección de Crónicas, la nueva película de Sebastián Cordero, ‘niño prodigio’ del cine ecuatoriano, que se estrena hoy en Quito y Guayaquil, después de una acelerada campaña precipitada por la posibilidad de obtener la nominación al Oscar como película extranjera. Al igual que Ratas, ratones, rateros, su filme anterior, el director logra una visión personal que aporta al cine ecuatoriano algo medular: un expresionismo criollo que nos conecta visceralmente con infames y apocalípticas realidades de la sociedad ecuatoriana, donde la persecución a otro asesino de niños es el conflicto central. Pero esta vez hay algo más. Al involucrar a un grupo de periodistas hispano-estadounidenses en la historia, la película denuncia la manipulación de la prensa sensacionalista como un fenómeno globalizado que repercute nocivamente no solo en los involucrados en la crónica roja, sino en los propios periodistas.

Manolo (John Leguizamo), Marisa (Leonor Watling) e Iván (José María Yazpic) llegan de Miami y son los enviados del programa de televisión ‘Una hora con la verdad’. Ellos están en Babahoyo cuando es apresado Don Vinicio (el magnífico actor mexicano Damián Alcázar), un humilde vendedor de biblias que atropella en su desvencijada camioneta al hermanito de una de las víctimas del asesino. Cuando el pueblo se amotina y trata de quemarlo vivo, el hombre termina en la cárcel. Frente al interrogatorio de Manolo, conocemos entonces el ambiguo enfoque de Crónicas. Don Vinicio podría ser el asesino y el reportero debe decidirse: o continúa su investigación hasta las últimas consecuencias o retorna a Miami con notas sensacionalistas que perpetúan el rating.

Cordero y Enrique Chediak, su muy creativo director de fotografía, han dramatizado este descenso a los abismos sociales en los colores de una morgue. Es una visión tenebrosa y fatídica, difícil de digerir. Su mérito artístico es encomiable: si el cine ecuatoriano es parido finalmente con esta película, también se debe a que hacía falta la visión empresarial de Cordero, que empujó la coproducción internacional para la financiación y distribución mundial, junto con el excelente casting de actores famosos mezclados con los ecuatorianos.

Lo triste es que el raterío continúa. Cómo que no hay otro horizonte para nuestro cine. Y entonces recuerdo a Fritz Lang: “Considero torpe ofrecer a otros pueblos lo que ellos mismos tienen en mayor medida. Queremos darles lo que no tienen: lo inimitable, lo que es único y excepcional, lo que no es internacional y mediocre, sino nacional e inigualable”.

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