Lydia va al cine [mudo] | Pablo Mogrovejo

Por Pablo Mogrovejo

(Publicado originalmente en revista digital GKillCity, Guayaquil, el 17 de febrero de 2014, edición #139)

Las mejores películas del cine mudo son musicalizadas y revitalizadas por músicos contemporáneos

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La sala de más de ciento sesenta butacas del cine Ocho y Medio, en el barrio La Floresta de Quito, ya está llena. Una buena parte del público son niños. En la esquina izquierda del escenario, escondidos en la oscuridad, hay algunos instrumentos musicales, micrófonos, y monitores de audio. Los integrantes del trío de Lydia va al cine –Steve Degenais, Diego Alberto Martínez y Pablo Guerrero– se presentan. Todo está listo para la función.  En la pantalla se proyecta la película El Niño del legendario actor y director Charles Chaplin. Como toda película muda, de cuando en cuando aparecen en la pantalla unos carteles que explican una acción o un diálogo. El primero dice «Una comedia con una sonrisa y tal vez una lágrima». Por más de una hora, la música de Lydia va al cine da sonido a las acciones exageradas y las peripecias típicas de Charlot —el vagabundo de sombrero de bombín, torpe y de buen corazón que protagoniza la película— y de su pequeño compañero, el Niño. Ambos son interpretados por Chaplin. Su estilo es una mezcla entre la comedia y el melodrama, en donde los conflictos de la clase más pobre de la sociedad industrial británica/londinense se muestran con extraordinario humor y acción física de los personajes.

Lydia va al cine respeta el espíritu de la partitura original pero le ha agregado un sintetizador, guitarras y bajos eléctricos, una batería, y un sonido seco, que acompaña los típicos golpes y tropezones de las películas de Chaplin. El resto lo ponen las risas y los comentarios de los niños que fueron, a pesar de la lluvia de esta noche de sábado de enero, un mes difícil para las convocatorias culturales. La experiencia revive una de las épocas más maravillosas del arte del siglo XX: la comunión entre el cine silente, la música en vivo y el público de sala.

En épocas donde el cine empieza a migrar –legal e ilegalmente – hacia la Web, las salas de cine y los festivales alternativos crean sus propias estrategias para convocar a su público habitual. También al más joven. El espectáculo de Lydia va al cine, que han empezado con «El niño» de Chaplin y que continuará este año con Nosferatu, de F.W. Murnau -el primer príncipe de los vampiros de la pantalla grande–, es una de las más recientes experiencias de un fenómeno  con creciente aceptación en el país: el de la musicalización de clásicos del cine mudo. Empezó en Ecuador hace unos cinco años, y ahora ha tomado un nuevo aire. En 2013, por ejemplo, la programación del Festival de Cine La Orquídea de Cuenca presentó con éxito la musicalización de Metrópolis de Fritz Lang –la obra cumbre de la ciencia ficción gótica en blanco y negro–, con el montaje de la partitura original por parte de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil.

El productor musical Nelson García –compositor de algunas bandas sonoras para el cine ecuatoriano reciente, como Que tan lejos, Zuquillo Express, y Distante Cercanía– empezó en 2001 a musicalizar películas de cine mudo. Su acercamiento al cine mudo expresan los intereses de García como músico y como compositor, que van desde el jazz más tradicional, la experimentación sonora, y la síntesis de estas dos en la potente interpretación del rock electrónico. En 2004  presentó El circo  de Charles Chaplin con el vibrafonista Dick Salzman, una de los músicos más importantes del jazz local. García musicalizó varios cortometrajes del pionero del cine fantástico Georges Méliès acompañados por el violinista japonés Tadashi Maeda. Para Nosferatu de F. W. Murnau buscará una apuesta más experimental con el artista sonoro Fabiano Kueva. Sin discusión, García alcanzó el punto más alto para la inauguración del Festival EUROCINE 2009, con la puesta en escena de Metrópolis de Fritz Lang junto al grupo Can Can, banda ecuatoriana de rock y fusión electrónica que ha lanzado cuatro álbumes en los últimos seis años.

Entre idas y vueltas, lo sucedido en Ecuador no difiere mucho con otras experiencias a nivel internacional. Uno de los hitos a nivel mundial se produjo en 1984 con la musicalización de Metropolis de Lang por el productor y compositor italiano Giorgio Moroder. Ganador de tres premios Oscar, compositor de éxitos para Donna Summer, Blondie y David Bowie, Moroder siempre es considerado como un visionario en el mercado del música, y junto a Kraftwerk –la banda electrónica alemana fundada en 1970–, es uno de los pioneros de la música tecno. Para su versión de Metrópolis, Moroder logró reunir algunos músicos claves pop de la época, como Freddy Mercury, Loverboy y Pat Benatar.

Aquí dos clips de muestra:

Love kills, interpretado por Freddy Mercury

Here is my heart, interpretado por Pat Benatar

El hito más reciente lo puso el dúo francés AIR, con el montaje y la musicalización de la copia digitalmente restaurada y re-colorizada de El viaje a la luna de George Méliès.  La banda sonora fue la probadita de su octavo albúm y fue estrenada en la edición 2011 del Festival de Cannes, lo que le permitió a Méliès, concursar, post-mortem, en la sección oficial. En este punto de la lectura sugiero conectar el computador a un buen monitor y al amplificador del equipo de sonido, para que experimentar un avance de la sensación de la música para vanguardias del cine mudo.

Sería fácil reducir este entusiasmo reciente por musicalizar los clásicos del cine silente a las limitaciones técnicas que existieron desde su creación en 1897 hasta mediados la década de los treinta.  Lo cierto es que la imposibilidad de tener una banda sonora sincrónica a las imágenes en movimiento nunca fue un problema crítico de expresión, y se convirtió en un detonante para creatividad visual y escenográfica, que finalmente dio rigor y madurez al lenguaje cinematográfico que conocemos ahora.  Aunque el cine sonoro empezó ya en 1927 con el estreno de El cantante de jazz de Alan Crosland, muchos directores eligieron continuar con el formato de cine silente, hasta cuando las sábanas lo permitieron. En el caso de Chaplin Luces de la ciudad (1931) y Tiempos modernos (1935) tienen prácticamente el formato de cine mudo.

Este período también coincidió con el fervor de varias vanguardias artísticas, que hasta ahora tienen un resonar no solo en el cine sino también en otros espacios creativos. Entre las más importantes están el surrealismo (El perro andaluz, y La edad de Oro, de Luis Buñuel), el Cine-Ojo (El hombre y la cámara, de Dziga Vértov, mezcla del futurismo y del constructivismo), y el expresionismo (El gabinete del doctor Caligari, de Robert Wiene, y los ya mencionados Nosferatu, de F.W. Murnau, y Metrópolis, de Fritz Lang).  Quizás la frase que resume este fervor y esta época, en la creación cinematográfica de la imagen en movimiento, pertenece al poeta y editor Filippo Tommaso Marinetti, fundador del futurismo: un automóvil rugiente, que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia.

Lo de El Niño y Lydia va al cine es apenas una muestra de los vínculos entre el pasado y el presente, entre  el arte y el espectáculo. La reinvención de las salas y los festivales de cine, o el ejercicio creativo de musicalizar una obra visualmente ambiciosa son buenos augurios para un año que empieza con sala llena.

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