1985 | Sebastián Vallejo

Por Sebastián Vallejo

(Publicado originalmente en diario El Telégrafo, Guayaquil, el 18 de abril de 2014)

En un brillante y frío día de abril, Winston Smith se acuesta a un costado de su cuarto para no ser visto por la pantalla de televisión, mientras escribe en su diario críticas al partido. Es la distopía orwelliana. Oscura y lejana. Hemos decantado por la distopía de Huxley. El problema no es que censuren los libros, el problema es que nadie los lee. El problema no es que no escondan la verdad, sino la irrelevancia a la que damos oídos.

En fin, la cultura de la trivialidad. La tesis de Neil Postman, quien sugiere la posibilidad de que Huxley, no Orwell, tenga la razón.

Pero como estamos destinados a vivir en el peor de dos mundos, terminamos sometidos a una compleja realidad que ha hecho posible ser parte de las visiones de ambos autores.

Pero luego todo se hunde en la realización del observado. Esa idea ya tangible de que, efectivamente, saben todo lo que hacemos.

En un viejo departamento en Nueva York, de aquellos que fueron construidos apenas terminada la Segunda Guerra Mundial y lo más cercano a la decencia para el presupuesto de un estudiantado extranjero, llamo a la compañía de Internet porque estoy teniendo fallas. Me contesta el irremediable latino (será por mi propia condición de latino) desde un call center en algún estado donde el salario mínimo sea más bajo. “Veo que tiene conectado a la red una laptop”. “Así es”, respondo, asombrado. “Y una computadora marca tal”. “Pues sí”. “Y además dos smartphones tal y tal”. No hay escapatoria.

Luego de la serie de instrucciones técnicas, que incluían el clásico “Desconecte y vuelva a conectar el módem”, todo fue solucionado. No sin antes lo siguiente: “Veo que su computador está prendido. Debe ver ahora una nueva página abierta. Dele clic y podrá seguir navegando. Que tenga un buen día”. Me toma un par de horas salir de ese asombro tercermundista, esa sensación de ‘mira qué modernos los gringos’, es que por eso estamos como estamos. Aguanta, llamo a la madrina para que vea qué maravilla.

Pero luego todo se hunde en la realización del observado. Esa idea ya tangible de que, efectivamente, saben absolutamente todo lo que hacemos. Saben a dónde nos movemos. Saben lo que preferimos. Saben lo que criticamos. Saben lo que compramos y lo que dejamos de comprar. Nos guían hacia lo trivial, bajo el ojo orwelliano, más una entelequia que ronda en el ciberespacio. Un espacio donde confabula gobierno y corporación. Un espacio donde se va moldeando el statu quo.

Ni Orwell ni Huxley escribieron una premonición. Escribieron una advertencia. En 1984 un crítico escribió: “Puede que 1984 no haya llegado a tiempo, pero siempre habrá 1985”. Parece que ha llegado nuestro 1985.

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