Los avatares del Dr. Kelvin | Eduardo Varas

Por Eduardo Varas

(Publicado originalmente en revista Ocho y Medio no. 125, Quito-Ecuador, en enero de 2012)

 

Caso especial. Hay que partir de entrada desde eso. No es que una película sea mejor que la otra. En realidad, ambas sobresalen, a su manera. Sin embargo, es muy probable que, sin la existencia de la primera, la segunda sería considerada una joya del cine. Pero no, solo es una buena película. Porque Steven Soderbergh no es Andréi Tarkovski y eso es como acabar una discusión poniendo una magnum 44 sobre la mesa.

Las diferencias que encontramos entre Solaris, de Tarkovski (1972), y Solaris, de Soderbergh (2002) son tantas que nos hacen perder una perspectiva importante: ambas están basadas en la gran novela de ciencia ficción del polaco Stanislaw Lem (si no la ha leído, vaya y hágase el favor de leerla) y más que hablar de un remake por parte del norteamericano, lo que tenemos son distintas aproximaciones a una novela que si bien hace de la comunicación su eje fundamental, va por un sendero distinto al que recorren los cineastas en sus propuestas. Tarkovski debía alejarse de esa visión de contacto entre los seres humanos e inteligencias extraterrestres, que es el eje de la novela de Lem, para centrarse en las relaciones que el personaje central de la historia, el Dr. Kris Kelvin, había dejado en la tierra. Si lo hacía de otra manera, Tarkovski dejaba de ser él. En ese punto, lo que el soviético intenta es un filme sobre las añoranzas, las decisiones y las penas. Y para esto se enfoca en aquello que es importante para Kelvin, quien es un científico enviado a la estación espacial que orbita el planeta Solaris, para dar su veredicto sobre si la misión debe continuar o no, porque la tripulación está llegando a niveles de crisis impresionantes. Y tal como sucede en la novela, la de Kelvin será la peor de todas: luego de su primera noche en la estación, despertará y a su lado estará su esposa, que había muerto hacía ya varios años, sin saber cómo llegó ahí y así tenemos el conflicto principal frente a nosotros. Quizás la relación de los humanos frente a lo desconocido de Solaris tiene un momento de evidente claridad en la escena de la biblioteca, cuando el Dr. Snaut (otro de los científicos con la misión de reconocer el planeta extraño) aclara que “necesitamos espejos”, en ese desesperado deseo por minimizar la búsqueda por nuevos mundos cuando no se toma el tiempo necesario para reconocer lo que hay adentro.

El planeta extraño y el viaje hacia él importa en función de lo que hace con los seres humanos.

Para Soderbergh, Solaris interviene (y eso lo acerca muchísimo a lo que Lem escribió). A diferencia de la primera versión, el director de Contagion hace un filme de ciencia ficción donde más que interesarse por las relaciones y comunicaciones entre seres en un mismo nivel, indaga sobre la culpa. El Kris Kelvin de la versión del norteamericano es un tipo que intenta, a toda costa, salir del marasmo en el que está luego del suicidio de su esposa. Y una vez que el planeta escruta en su inconsciencia y consigue obtener ese punto débil (en una escena hermosa, con flashbacks, detalles del planeta y primeros planos de un George Clooney preciso), entramos en el análisis de Solaris. Porque el planeta extraño está también investigando a quiénes lo investigan. Solaris es una partida de ajedrez y solo estamos en la cabeza de uno de los jugadores. En esa única cabeza que podemos inferir y comprender. Tarkovski de plano muestra la imposibilidad de comprender la jugada y prefiere dudar de las ventajas del juego en los ‘ajedrecistas’. Él se queda en los sentimientos, y esos sentimientos no tienen por qué ser expresados: en la primera versión fílmica lo que tenemos es mucho silencio, muchas acciones y cosas que afloran, salvo cuando hay que explicar algo. Cine con la firma de su autor. En cambio, Soderbergh prefiere mostrar el peso de la falta cometida y hace de la historia de Kelvin y su mujer el único camino posible. El planeta se mueve, sigue existiendo y observa (al final hasta toma una decisión muy clara, la que precipita el desenlace). Lo que sucede alrededor es opcional.

La tripulación importa en la medida que apoya los conflictos de Kelvin. Pero en ambas películas es la presencia de la esposa (“Hari” en la versión de Tarkovski y “Rheya”, en la de Soderbergh) la sustancia indiscutible. Ella es eso que Solaris intenta, ese contacto inocente en un primer momento y luego melancólico y doloroso. Es la mujer la que decide y la que comprende su valor como figura imaginaria y quizás como nexo. Como lastre, por qué no. Y todo lo que ella va descubriendo en la nave que orbita Solaris define la misión. No hay más en esa búsqueda, solo existe la reacción. Y humanos y planeta reaccionan.

Lo de Tarkovski es anti ciencia ficción y quizás por eso vuelve valiosa a una película que en su momento ganó el Gran premio del jurado, en el Festival de Cannes de 1972. No hay cosmos desarrollado e incluso el planeta es un mar y una niebla que se aleja del género con conciencia. Algo que Soderbergh decide replantear; pues en su universo las naves espaciales son eso, naves espaciales y en medio de una puesta en escena que recuerda muchísimo a 2001: Odisea del espacio, de Kubrick (sobre todo cuando Kelvin está con el traje de astronauta y las luces del panel de control se reflejan en el vidrio del casco) lo suyo es un género que puede apostar por comprender algo sobre el ser humano. Nada más. ¿Cuál de las dos es mejor? La novela, sin duda.

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