Sobre el cine y la mentalidad crítica | Carlos Piana Castillo

Por Carlos Piana Castillo

(Publicado originalmente en diario El Universo, Guayaquil, el 24 de noviembre de 2017)

Hace unos días conversaba con un amigo cinéfilo sobre Tarkovski, me comentaba sobre Solaris que era su película favorita del ruso. Luego, yo le hablaba de otro director, este sí sigue activo (y, sobre todo, vivo), llamado Terrence Malick. Claro, hablábamos de un cine poco convencional, poco taquillero, pero sí artístico. Todo empezó porque discutíamos sobre el valor en sí de una obra de arte, en contraste con lo que se usa, lo útil. Es decir, ver una película porque me descansa o ahoga el pensamiento (el piensa-pierde), la utilizo, frente a experimentar una película porque es sencillamente un producto bien cuidado, hermoso. Un producto en el que se ha esmerado cada pequeño detalle, aun sabiendo que casi nadie lo notaría: pensemos en la fotografía, la vestimenta, los diálogos. Eso me llevó a recordar ese epígrafe inicial de Faulkner en la novela de Bolaño: “¿Qué estrella cae sin que nadie la vea?”.

De acuerdo con que Tarkovski, en relación con la cortísima historia del cine, es antiguo y por eso nadie lo ve. O, que Malick, a pesar de haber sacado cuatro películas en los últimos siete años, es insufrible (para algunos, está claro), sobre todo por no ceder a la asfixiante y poco elegante fugacidad del mundo posmoderno. Ambos, el ruso y el estadounidense, apelan al ritmo del corazón y la naturaleza, mas no al frenesí vacío de las redes sociales. Como he dicho, ambos directores tienen una dirección particular, y los cambios cuestan. Cualquier película de Marvel es la misma película, no hay diferencia entre Capitán América ni Iron Man. Pero cuando en una película la narrativa es conducida de forma eminente por imágenes (como en las de ambos directores), o es más importante en ellas lo sugerido, lo escondido, que lo dicho: pensaba en Blade Runner, o en cualquier novela de Ishiguro; la mayoría de la gente no entra. Es, sin duda, un esfuerzo el cambio. O, más, la película necesita la intromisión del espectador, necesita que él piense, que él intuya, que él llene lo no-dicho con su imaginación o sus suposiciones.

En esa línea leí un artículo de Andrés Cárdenas, ‘¿Salas de cine en los colegios?’, en el que aludía a la posibilidad de incentivar, a través del cine, la tan anhelada mentalidad crítica. Decía que en nuestra sociedad de conexión directa entre el cerebro y la pantalla, no obstante la descomunal capacidad de embrutecimiento y ligereza, sería lógico valerse de esa unión. Cuestión baladí querer cortarla. Más bien, aprovechémosla. Estoy de acuerdo en que no hay que ceder en el intento porque los chicos del colegio lean, pero esa no es la única manera de desarrollar el pensamiento crítico. Cárdenas, citando a Verdone, escribía: “El estudio riguroso del cine en el colegio ayudaría al alumno a convertirse en un buen espectador y, en consecuencia, a saber escoger qué cosas ver. Y, no menos importante, ayudaría a desarrollar un importante sentido crítico”.

Imagínese un mundo alfabetizado por Fellini, Iñárritu, Malick, Scorsese, Kubrick o Nolan. Además, como recordaba Poe, frente a la novela y similar al cuento, una película permite la “inmensa fuerza derivada de la totalidad” de una obra artística. (O)

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