“El carro de Yahveh” – Dioses, semidioses y astronautas | Nicolás Kingman Riofrío

Por Nicolás Kingman Riofrío

(Fragmento de la novela Dioses, semidioses y astronautas, de Nicolás Kingman R., reproducido y publicado por diario La Hora, Quito, el 1ro. de agosto de 2018)

 

Nos seguían los cantoaullidos de gallos y de perros -¿nos seguían?- nítidos, nacidos en la oquedad desdibujada del pueblo que se iba perdiendo entre nubes ateridas, mientras nos alejábamos paso a paso, ascendiendo la montaña. Cada vez que nos deteníamos para tomar aliento, lo mirábamos para grabar su pequeñez en nuestra mente, como para que nos quedara como el último recuerdo, ya que nunca más volveríamos a verlo.

De eso estábamos seguros y sentíamos algo parecido al dolor, porque nos íbamos para siempre del pueblo y de la Tierra. Tanto habíamos anhelado realizar este viaje, que nunca pensamos en lo que íbamos a sentir cuando llegase el momento decisivo. No pensamos en la pena. Porque es duro saber que uno se va para siempre y que jamás volverá a estar en medio de sus cosas. De las cosas que estuvo rodeado siempre ­buenas o malas­ viéndolas, palpándolas, acariciándolas. Y también de los sueños, porque entre ellos aprendimos a vivir las esperanzas.

Con este sentimiento nos fuimos yendo hasta llegar a la cima del Monte, del más alto de los que cercan el pueblo y lo someten. Cumplíamos así con las precisas instrucciones que nos diera el Maestro, nuestro tío, cuando en gran reserva nos dijo:

-He preparado estas cápsulas para ustedes. ¡Son las cápsulas prometidas! Mediante ellas podréis hacer vuestro soñado viaje. Contienen sustancias maravillosas, elementos iónicos de increíble poder. Tomadlas con trago adlivitum una por una durante tres noches consecutivas, cuando lleguéis a lo alto de la más alta montaña a la que tengáis acceso, y esperad. Es posible que después del tercer día, en el momento menos pensado, un zumbido como el de millares de abejas o el retumbar de cien truenos y una luz tan deslumbradora e intensa como la de muchos soles juntos os envuelvan (“La tierra será sacudida y retumbarán las bases de los cielos, vacilarán bajo su furor”).

Entonces, perdida momentáneamente la conciencia, iniciaréis la gran travesía por el espacio cósmico, rumbo a las nebulosas, a velocidad más acelerada que la del sonido o de la luz. Tened fe y confianza, ¡oh! Tolomeo, ¡oh! Copérnico, nuevos Colones del Caos!

Pero teníamos nuestras dudas y el miedo clavado en el espinazo. Gina nos había dicho: “No se vayan, no sean tontos, no le hagan caso al Maestro, que está loco. Yo lo he oído cuando se pone a hablar a solas. Lo que se propone es hacer un experimento con ustedes como si fueran cuyes de laboratorio o ratoncitos blancos”.

-Tengo que probar esta fórmula “in ánima vile” ­nos afirmaba que había dicho­ si da resultado habré descubierto algo que desafía las leyes de la gravedad y mi fama será más grande que la de Newton. Al ingerir mis cápsulas, ciertas ondas electromagnéticas emitidas por los dos jóvenes serán captadas por errantes artefactos voladores, de aquellos que constantemente visitan nuestro planeta, pudiendo cualquiera de ellos trasladarse desde alguna galaxia para recogerlos, pues las señales que los muchachos han de transmitir serán tan precisas y elocuentes que no tengo la menor duda de que esto ocurra. Será la primera vez en la historia de la conquista del espacio que el hombre pueda tomar contacto con los seres extraterrestres y viajar a donde se le antoje. Si esto no llegare a ocurrir, si fracaso en mi experimento, por lo menos habré intentado algo que a ningún científico desde Kepler hasta Von Braun se le ha ocurrido. ¡Seré un precursor!

-No se vayan, ¿no ven que está totalmente loco?

Gina nos había hablado (así lo afirmaba) desde el fondo de su corazón, de su inconstante, impredecible corazón. Decía que íbamos a sucumbir en la aventura, que las cápsulas que tomaríamos contenían productos químicos altamente nocivos, que el maestro nos mandaba a la muerte. Pero nosotros no podíamos dar crédito a sus palabras. Pensábamos que lo que pretendía era desalentarnos para que continuásemos de sirvientes de Monfilio y también de ella. ¿Cómo podíamos dudar de nuestro tío, cuyos prodigios, el de la lluvia en especial, eran ponderados por todo el mundo? Él nos había dicho que se trataba de un experimento. No nos engañaba. Si no tenía éxito, nosotros estábamos conscientes de los riesgos que corríamos.

Sabíamos perfectamente a lo que nos exponíamos y que la responsabilidad no era de él, sino nuestra. Y siendo el Maestro, la única persona que nos había tomado en serio, ¿por qué íbamos a dudar? Todas las otras gentes se burlaban de nosotros y hacían fisga de nuestro descubrimiento y del proyectado viaje al planeta Frías. Desdeñar esta única oportunidad que se nos brindaba hubiera sido cosa de necios. Por lo demás, sabíamos que en toda gran hazaña se corre infinidad de riesgos y si algo nos ocurría, si no podíamos realizarla, era cosa del destino. Además, el Maestro nos había advertido: “Lo peor que os puede pasar es que quedéis flotando en el espacio eternamente cual basura sideral”.

Estábamos decididos y sin decirle nada a Gina, despidiéndonos con sollozos de nuestro tío, iniciamos el ascenso a la montaña en esa tarde en que el sol se proyectaba azulado en los cerros. Sol de venados.

-¿Se fueron los astronautas? -le preguntó Monfilio a Gina.

-Sí, se fueron, pero eso ya no tiene importancia. Lo grave es lo otro, yo estoy aterrada.

Y se encerraron en el cuarto de Monfilio donde platicaron largamente, durante horas. Gina temblaba y de cuando en cuando se deshacía en sollozos, pese a que Monfilio trataba de calmarla. “Nada va a pasar ­le afirmaba­ no tengas miedo”, pero ella no lograba dominarse. Por último él le ordenó; “Anda y enciérrate en la casa del Maestro, no digas nada a nadie mientras yo trato de controlar todos los detalles”.

-¡El Inmortal ha muerto! ¡El Inmortal ha muerto!

Fue un grito que precedió al alba como un desgarramiento visceral. Nadie podía saber quién lo lanzó a rodar por las calles. Hubo un estremecimiento telúrico simultáneo y hasta donde puede llegar el confuso sonido de un eco oculto entre montañas, al poco rato se escuchó el dolido, incrédulo clamor de gentes que salían de sus casas zarandeándose, atropellándose y empujándose, como si detrás de ellas viniese un aluvión. Corrían por las calles con los huesos transidos de espanto, derramando sus almas, huyendo a ciegas, como si se hubiesen arrancado los ojos para no ver; y sordas, con los oídos taponados para no seguir oyendo esa increíble noticia:

-¡El Inmortal ha muerto! ¡El Inmortal ha muerto!

A poco se fueron agolpando frente a la casa del Maestro. En las sombras parecía que estaban metidas unas debajo de otras y tras de éstas otras más invisibles. ¡Tal era el tumulto! Unos vociferaban, otros lloraban y unos pocos solamente decían: “Y ahora, ¿qué va a ser de nosotros?”.

La puerta de entrada se astillaba con los golpes de puño, con las patadas, con los cabezazos. “¡Abran, carajo!” y nadie la abría., Al fin saltaron las cerraduras. Se abrió de par en par.

-Murió hace una hora, pero desde ayer comenzó la agonía.

En la oscuridad, la voz que salía del zaguán, temblorosa y vacilante como la de un acusado, era la de Gina. Respondía a preguntas y repreguntas inquisitivas desde adentro, desde un confuso claroscuro, sin aparecer, sin dejarse ver.

-¿Y de qué murió, cómo pudo morir?

-Nadie lo sabe.

-Queremos ver al Maestro, queremos ver su cadáver.

-Si no quedó nada de él, ni huesos, ni tripas, ni materia, nada. Se hizo humo ­contestaba Gina­. Sólo dejó su olor como recuerdo.

-¿Y qué dijo antes de desaparecer?

­Lo que dijo Jesús en el Calvario.

Las respuestas eran lacónicas y decían muy poco de lo que quería saberse. Nadie, sin embargo, se atrevía a poner un pie dentro de la casa. Todos aguardábamos, incrédulos, sin saber concretamente qué era lo que esperábamos. Entonces, como ya amaneciera y las campanas de la Iglesia doblaban por el muerto, todos juntos, anónimos, caminamos hasta la plaza y formamos corrillos.

-¿Y ahora, qué voy hacer con mi pan?, -decía el panadero.

-¿Y yo con mis tamales? -se quejaba el tamalero.

-¿Y mis pondos de chichas, quién las va a tomar? ­preguntaba el chichero.
Poco tiempo había transcurrido cuando ingresó a la plaza una muchedumbre de tullidos, de leprosos, de paralíticos, de ciegos y de sordomudos, junto con reumáticos, maniáticos, endemoniados esperanzados, sufridos, arruinados, traicionados, perseguidos, maltratados, vilipendiados, explotados, odiados, embrujados. Y otros más: los prostáticos, sifilíticos, epilépticos, los malparidos, los dolicocéfalos; y aún aquellos con enfermedades desconocidas, que andaban por los cantos, como avergonzados.

-¿Y quién nos va a curar ahora? -preguntó por señas un mudo.

-¿Y quién me va a devolver ahora “mis cantares”?-, inquirió sollozando un castrado.

Los leprosos rasgaron sus vestiduras para exhibir sus llagas purulentas. Los sifilíticos en cambio, las escondían y se juntaban entre ellos como para formar un sindicato. Un patojo indignado lanzó su muleta al aire y se derrumbó como un monigote. Danzaban dando gritos de júbilo los endemoniados. Los esperanzados tenían la cabeza gacha como de apaleados y los epilépticos se pusieron a dar función, contorsionándose como en un circo.

-¿Y ahora, dónde nos iremos? ¿Quién velará por nosotros? -Uno de los sufridos pidió prestada el arma a un soldado e intentó pegarse un tiro ahí, delante de todos y en presencia del soldado que reía, borracho.

En el parque, junto a la pila, los que éramos el pueblo desde nuestros abuelos y nos conocíamos y sabíamos de las deudas que tenía el zutano y de los cuernos que le ponía su mujer al mengano, comentábamos.

-¡Qué de sucesos!

Ayer nomás vimos partir a los astronautas. Iban vestidos en la forma más extraña, con unos trajes brillantes muy abombados y un cable o manguera de unos dos o tres metros que los unía como cordón umbilical. Llevaban guantes de cuero y unas escafandras de buzo muy antiguas y herrumbradas que les pesaban tanto que tuvieron que quitárselas para poder continuar caminando. Tolomeo portaba una pequeña bandera del Ecuador y Copérnico un bolso plástico lleno de conservas, salchichas, pinol y emparedados como cucayo para un largo viaje. Los zapatos de suelas muy gruesas y enclavetadas, eran de los que usan los andinistas. Cuando les preguntamos a dónde iban se mantuvieron herméticos, como sus trajes, y sonrieron con ironía como diciendo: “¡Pendejos!, bien saben a dónde vamos”. Sí, ayer nomás partió esa pareja tal vez para tirarse desde algún precipicio, ensayando un salto espacial. Y nos moríamos de risa al verles vestidos como monos de circo comediantes. ¡Qué de sucesos! Ayer reíamos y ahora tenemos que llorar por la muerte del Inmortal, cuya desaparición nos ha dejado anonadados. Vemos a los enfermos cómo gritan, cómo lloran, cómo sienten perdidas todas sus esperanzas de curación. Vemos a los comerciantes y a los traficantes pensando ya en cerrar sus negocios y sus prostíbulos e irse de este pueblo. No vemos a Monfilio, ¿qué será de él?
Debe de estar abrumado, aunque tiene tanta plata que para él no es problema alzar sus tiendas y largarse a cualquier otra parte. Vemos a un viejo, ahí en la esquina del parque, trepado sobre una escalera poniendo un letrero de “se vende esta casa”. “Rubianes” es su apelativo. Vemos también llegar un ómnibus repleto de gentes. “Turistas” les llaman. Pero no son más que cholos de otros pueblos, de otras ciudades (turistas son los gringos), que vienen por noveleros a saber de los milagros del Maestro (siempre vienen por montones) y ahora indagan, les cuentan que ha muerto, se sorprenden, y le dicen al chofer: “Regresemos nomás ¿para qué nos vamos a quedar en este pueblo de mierda”? Todo eso vemos, pero lo que no podemos ver todavía son los grandes males que nos van a sobrevenir con la muerte del Maestro. Otra vez habrá sequía y con la sequía, vendrá la hambruna. Tan sencillo que había sido hasta ahora, cuando el verano se prolongaba, pedirle que haga caer un poco de agua. Ya no acudirán acá los enfermos que nos dejaban tan buena plata. Todo se irá cerrando, clausurando, acabando. El pueblo volverá a ser lo que era hace años cuando se llevaron al Cristo milagroso del Casanto, antes, mucho antes de la aparición del Inmortal. Volverá la miseria y el desengaño, volverá la tristeza. ¡Estamos jodidos, requete jodidos!

¿Y qué dirán los indios cuando sepan esto? Esos indios de la comuna, indios levantiscos que han estado exigiendo tierras de hacienda e invadiendo con el pretexto de la reforma agraria. Aura ca han de venir diciendo:
“Consedera patrón, consedera que no tenimos comida, que chacritas manavalinche, que morimos de hambre”. Indios de mierda, malagradecidos, ¡bienechito que se jodan!

-¡Y a qué hora será el traslado?

-¡Qué traslado ni qué entierro puede haber si de él no ha quedado nada, si no existen sus restos mortales! ¿No dicen que se esfumó?

-¡Parece increíble!

Aún dudábamos de lo sucedido. Nos parecía imposible que hubiera muerto un ser que se decía inmortal, muerto derrepente, sin antes haber estado enfermo y que al morir se haya convertido en nada.

-No olviden que era un semidiós.

Alguno de entre nosotros sugirió buscar a Monfilio, para que nos diera una explicación: “Algo tiene que saber ese gran pillo, tiene que aclarar lo que ha ocurrido”. Y empezamos a buscarlo, en todos los lugares que solía frecuentar, en todas sus empresas, en todos sus negocios. Pero no lo conseguimos. Parecía que también se había esfumado.

Mientras tanto, la gente, especialmente los enfermos, andaban sin qué hacer, desorientados, dando vueltas y más vueltas por la plaza y las calles aledañas. Todos hablaban de lo mismo, todos pedían que se aclarara el misterio de la muerte del Inmortal, porque antes de irse querían estar seguros de que en verdad había ocurrido y porque no querían aceptar que fuese verdad. ¿Cómo podía ser que un hombre sano, tan vigoroso, desapareciera sin dejar el menor rastro? Sólo los que huyen, los que se escapan por alguna razón poderosa, se van sin dejar huellas. Pero él, muerto o no, no podía irse llevándose sus restos al otro mundo, que allá no habrían de servirle para nada.

Deambulaba el desconsuelo por las calles y había un sabor a sedición en el ambiente. Por zaguanes y cocinas trajinaban las quejas y hasta los pájaros sonaban a triste en los tejados en ese interminable, pesaroso caer de la tarde.

Yo le dije a Monfilio que debíamos escapar, que lo más prudente era salir del pueblo porque nuestros nombres andaban de boca en boca y nos maldecían, acusándonos de la muerte y de la esfumación del Maestro. Nadie creía en mis palabras, nadie aceptaba su fallecimiento y peor aún que de él quedara ni un cascarón vacío. Se murmuraba que lo teníamos secuestrado; se decía que el viaje, ­para ellos misterioso de los Tolomeos, tenía que ver con esto y hasta se aventuraban a afirmar que nos lo habíamos llevado a tierras enemigas (al Perú, según unos) para venderlo o cambiarlo por arrobas de plata. Tan ignorantes eran. Yo le pedí a Monfilio que nos fuéramos, que saliésemos del lugar por unos pocos días, hasta que pasara la tormenta; que sería inútil tratar de convencer a gente tan fanática, que veía en el Maestro un santo milagroso, que creían en él como en Dios mismo y que jamás aceptarían su ausencia, peor su muerte y desaparición. Le supliqué de rodillas que no me dejara sola, que me protegiera, pero el canalla me dijo que no temiese, que nada había de pasarnos y que él se iba al cuartel, donde su amigo el jefe civil militar, para pedirle ayuda en caso necesario. Me abandonó en los momentos más terribles, cuando el gentío bramaba frente a la casa; cuando empezaron a apedrearla y a romper las ventanas; cuando vociferaban “que salgan el hijuecura y la bruja” refiriéndose a mí; y era notoria la intención que tenían de asaltarla. No me hizo caso y saltó por el tapial del traspatio huyendo como un cobarde, jurándome volver con los soldados. Mientras, yo quedaba a merced de la turba que empezaba a entrar como poseída, destruyéndolo todo, pisoteándolo, arrancando, saqueando. Después de buscar por todo lado, me descubrieron escondida en el cuarto de las herramientas que quedaba en el huerto y me sacaron con brutalidad, con violencia, dándome de patadas y de puñetazos, arrastrándome de los cabellos, rompiéndome los vestidos, escupiéndome, golpeándome con palas y azadones. Ellos, todos ellos, cada vez más feroces, las mujeres en especial y los enfermos, los mancos y los leprosos, los cancerosos y los locos, los desesperanzados y los endemoniados, los sifilíticos. Ensangrentada, con la cabeza rota, los dientes destrozados, los senos mutilados, herida de una puñalada en el costado, fui arrastrada por patios, corredores y cuartos, como se arrastra a un animal cualquiera, mientras exigían a gritos que les confesase dónde estaba el Maestro, dónde lo habíamos escondido, dónde lo habíamos enterrado, cómo lo habíamos matado. Y esto exigían cuando yo ya no podía hablar, cuando ya no podía implorarles, cuando era imposible que les dijera nada para detener su ira, su odio, su furor asesino. Todo era y fue tardío, hasta la llegada de los soldados que nada pudieron hacer para evitar mi martirio.

Rió el cantinero en la cantina y nos brindó un trago por su cuenta, una ronda de trago (cosa extraña). Se orinó de gusto en los calzones uno de esos que sufría de “incontinencia” que es un mal, mal visto por ser de amores, y un tal que no sabía (“pedovaca” se dejaba decir), se puso a rasguear una guitarra haciendo los alardes de un experto. Otros cantaban siguiendo el mal compás y todos nos sentíamos contentos con la noticia que entró dando traspiés en la pocilga.

-¡Mataron a la puta, la mataron!

-¿Y al gran puto?

-¡Ese ha huido, pero ya lo hallarán!

Luego entraron unos tipos afuereños malencarados y se pusieron a libar desesperadamente, como si se fuera a acabar el mundo. Por las manchas de sangre parecían matarifes, y sin embargo, todos los mirábamos con simpatía y cierta admiración.

La taberna bullía, se chocaban las manos entre desconocidos y en las caras de palo se tallaban sonrisas. La mataron, ¡qué bien!, ¿así que la mataron?
Inesperadamente se asomó a la puerta la cara inconfundible de un sargento. Desde ahí ordenó:

-¡Todo el mundo afuera! Hay toque de queda y ley seca. ¡Salgan todos!
Iniciamos la salida trastabillando y sin protestar. Solamente uno que se hacía el chistoso se aventuró a decir:

-Si hay toque de queda hay, se queda el toque.

Pero el sargento indignado, lo golpeó brutalmente.

En las calles aún había mucha gente, pese a las órdenes y a la soldadesca armada que rondaba. Y ya era de noche. El cielo estaba tan cerrado y oscuro que parecía inexistente. Sólo el claror de candil del alumbrado público permitía ver siluetas languidecentes encogerse y alargarse por las aceras, decapitándose conforme se acercaban o alejaban del ángulo de luz. No se oía más que el trajín de los que con premura se retiraban a sus hogares, sin hablar y al parecer ocultando sus rostros.

Pero algo inusitado interrumpió ese tráfago. Alguien descubrió en la negra distancia sideral una lejanísima pupila luminosa que aceleradamente se acercaba apagando y encendiendo su luz con sincronizada intermitencia. Al principio los destellos eran más bien difusos, adquiriendo mayor brillo hasta volverse esplendorosos conforme avanzaba. Simultáneamente empezó a soplar duro y borrascoso. Era como la visión de Yahvéh que tuvo de Ezequiel :

“Yo miré: vi un viento huracanado que venía del norte, una gran nube de fuego fulgurante y resplandores en torno, y en el medio como el fulgor del electro, en medio del fuego”.

En un instante el extraño objeto marcó una elipse y se detuvo. Eso fue más sorprendente aún. Se detuvo, pero al poco tiempo se desplazó tomando diversas direcciones, deslizándose en la profundidad de la noche, hurgando su densidad. Ya no había quién no estuviese observando con asombro tan rara aparición. Seguíanse sus movimientos señalándolo con el índice: Se va, se va; se aleja otra vez, viene, ¡regresa!” Había una enorme excitación, tratando de adivinar hacia dónde se dirigía en cada vez, aunque era tan inestable que en ocasiones podía vérselo cruzando el cielo de uno a otro extremo, perderse entre las nubes, o simplemente permanecer inmóvil colgado del firmamento. Todos estos cambios de posición los hacía a enorme altitud, por lo que se era imposible determinar su forma, sus dimensiones y de qué clase de fenómeno sideral podría tratarse, suponiéndose que tal vez fuese una estrella descarriada, un asteroide desprendido de su órbita, bien un cometa por la estela de fuego que dejaba a su paso. Así se mantuvo durante un tiempo indefinido en el que la expectación y la zozobra llegaron al paroxismo, ¿Significaba esto el anuncio de una nueva desgracia o era que se acercaba el fin del mundo? Nadie se aventuraba a hacer ningún pronóstico, pero había temor y un oscuro presentimiento de que algo muy grave podría suceder. No por otra razón las gentes pedían a Dios, como siempre, que acudiese en su ayuda.

Increíble fue lo que aconteció después. Inesperadamente el objeto hizo rumbo hacia la población descendiendo hasta colocarse a muy poca altura sobre ella, lo hizo por contados minutos, pero los suficientes para llegar a establecer que tenía una forma oval y que su tamaño podía ser igual al de cualquier nave aérea conocida. Fue desde ese momento y al despejarse la incógnita, que todos gritaron hasta desgañitarse:

-¡Un platillo volador’ ¡Un platillo volador!

Rotaba en su propio eje de oeste a este, manteniéndose estacionado en un mismo punto del espacio y como si estuviese buscando algo con la intensa luz de un reflector que cegaba. Rastreaba cada calle, patio, huerto o solar, sin dejar de atisbarlo todo prolijamente, tal si tratase de encontrar una aguja en aquel pajar ilusorio.

-¿Y qué pasó después? Continúe please, continúe.

-Se produjo el pánico, mi general. Yo en mi calidad de jefe civil y militar del distrito, ordené a la tropa que se alistara para repeler un posible ataque extraterrestre, pero los soldados huyeron despavoridos, sacándose los uniformes y arrojando las armas. Reinaba el caos. La gente fue atrapada por el miedo. Corrían en todas direcciones. Se oían ayes, sollozos y gemidos: “¡Los marcianos, gritaban, ¡los marcianos'”.

Y algo más sucedió. Los que no huían quedaban abismados, boquiabiertos, contemplando el platillo. Estaban enteleridos. Gentes buenas, humildes, honradas, se escondían como ladrones tras los chaparros o en sus casas, debajo de las camas. Un sujeto hubo que del susto perdió la cabeza y jamás logró recuperarla. De un corral se escapó una manada de reses enfurecidas y en estampida sembró en las calles mayor terror y confusión. Una piara de cerdos hambrientos, aprovechándose del pánico, devoró a un recién nacido, del que no quedaron ni los huesos. Y hasta ocurrió el caso insólito de un gallo, que enloqueció, penosamente quebró sus espolones al atacar a su propia sombra proyectada en un muro. Ciudadanos respetables ­se dice­ mancillaron su honor en los calzones.

Como el ovni al parecer, no lograba hallar lo que perseguía, se elevó una vez más, irresoluto, alejándose pero sin decidirse. Sondeaba las sombras, las escudriñaba. Su vuelo era lento, majestuoso, aunque vacilante, como que persistía en su intento de encontrar lo que buscaba. Luego de encumbrarse y nuevamente descender, inesperadamente tomó la dirección de las montañas y en el cerro más alto de la cordillera fue a posarse como una ave cansada. Allí se detuvo un buen rato y de pronto pareció que abría una escotilla, porque de su interior salió una luz de color verde muy intenso, que casi inmediatamente se extinguió. Esa fue su última hazaña. Después levantó el vuelo y a increíble velocidad desapareció en el espacio.

-¿Y usted está seguro de no haber sido víctimas de una alucinación colectiva?

-Estoy absolutamente seguro de lo contrario, mi general. Para desvanecer cualquier duda, al día siguiente envié un destacamento al sitio del aterrizaje de la nave al mando del teniente Pino. Él me ha informado que luego de una prolija exploración comprobó que la tierra, en un círculo de amplio diámetro, se había calcinado y que todos los arbustos a su alrededor estaban totalmente carbonizados. Pero debo agregar que lo más intrigante de esta situación lo constituye el sorprendente hallazgo del bolso en que los señores Tolomeo llevaban sus provisiones de boca, vulgarmente conocidas como “cucayo”. El bolso plástico fue encontrado muy cerca de allí, al borde de un precipicio insondable. Su contenido estaba intacto.

-¿Y ese hallazgo, qué cosa prueba, qué le hace a usted pensar?

-Que los mencionados civiles fueron transportados por el ovni a otra galaxia, pues era público y notorio que estos individuos estaban planeando un viaje espacial y no es difícil suponer que habrían mantenido contactos con seres interplanetarios, que en determinado momento decidieron venir en aquel artefacto para llevárselos. No de otro modo se explican las espectaculares maniobras de rastreo que la nave hizo hasta lograr encontrar la cima de la montaña en donde pernoctaron y acamparon en su espera. Por lo demás, está muy claro que el bolso plástico fue abandonado en ese sitio, porque muy posiblemente los extraterrestres les prohibieron llevar consigo ese tipo de comestibles, por obvias razones de contaminación espacial y porque, además, como usted perfectamente conoce, mi general, los habitantes de otros mundos utilizan para sus travesías comprimidos de alimentación balanceada de alto contenido proteínico, siendo innecesarios y contraindicados, otra clase de alimentos. ¿Qué opinión le merecen a usted mis deducciones, mi general?

-Me la reservo hasta cuando presente su informe por escrito. Lo que quiero saber ahora es cuál fue la reacción y qué es lo que piensan los habitantes de este pueblo sobre este misterioso fenómeno.

-Están felices y orgullosos, porque consideran héroes a sus astronautas y porque al planeta Frías, descubierto por ellos, ­según se afirma­, lo sienten como cosa propia, como planeta chinguilamaqueño auténtico, para gloria y prez eterna de su pueblo.

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