Cuento del mes: La ciudad callada | Javier Alonso

Por Javier Alonso / @javier12mayo

(Publicado originalmente en revista digital La Barra Espaciadora, Quito, el 22 de marzo de 2016)

 

En el páramo oeste de Dendray siempre brilla el sol. Es una de las ventajas del diseño climático: poder moldear los fenómenos atmosféricos de los diferentes cuadrantes del sistema Maedren. En dicho sistema viven millones de personas agrupadas en núcleos sociales (también llamados ciudades), conformando una civilización donde todo está controlado, no solo el clima, también los recursos, la sociedad, la familia, el ocio y cualquier aspecto de la vida que afecte al orden y la convivencia de su gente. Maedren es una agrupación de núcleos sociales, organizados para que la gente viva en paz y armonía.

Los ingenieros Elha y Taeno ocupan un cubículo en el soleado páramo oeste. Para conseguir el traslado desde el páramo suroeste de Dendray en donde vivían –una zona agrícola donde son habituales las tormentas moderadas y cielos cubiertos–, se vieron obligados a rellenar una solicitud oficial, someterse a una evaluación psicológica, análisis médicos, presentar informes de rendimiento de sus supervisores, adjuntar numerosos certificados y, una vez aprobado todo, esperar a que quedaran vacantes habitacionales en esa zona. Tuvieron que esperar más de un año, y no fue fácil conseguirlo. Se vieron obligados a engañar a los psicólogos, burlar a los médicos, alegar razones falsas que resultaran creíbles… es decir, construir una mentira para ocultar la auténtica razón de su solicitud: ellos solo querían abrir la ventana en las mañanas y sentirse bañados por la luz del sol. Algo que casi nadie aprecia ya en Maedren.Mujer-abriendo-ventana-cuando-sale-el-sol

En circunstancias normales, los seres humanos necesitan fotones para segregar melanina y así aumentar sus niveles de felicidad. Pero también existen formas químicas de obtener el mismo resultado, y el sistema de Maedren las fomenta por encima de todas las demás. Elha y Taeno dejaron de tomar hace tiempo las píldoras de condicionamiento mental que suministra regularmente el Gobierno Central, unas píldoras que proveen al cerebro de las sustancias necesarias para mantener la estabilidad emocional. En su lugar, prefieren los métodos naturales: luz del sol, deporte, hacer el amor… Sin embargo, esas píldoras son de uso común en este sistema, y tomarlas es poco menos que un requisito obligado si uno quiere integrarse socialmente y no convertirse en un paria.

En esta controlada sociedad, cuestiones como el ocio, viajar, la amistad o los lazos familiares son secundarias. Los seres humanos se traducen a simples procesos químicos y todos los problemas se pueden solucionar tomando ese compuesto una vez al día. Una sola píldora mantiene estables los niveles de serotonina, dopamina y noradrenalina durante 24 horas, a un nivel de 6,7 sobre 10, lo que según las estimaciones de los expertos es la proporción más efectiva para mantener al individuo satisfecho y evitar comportamientos antisociales. Cada píldora está diseñada en base al individuo y la química específica de su cerebro. Los dispensarios médicos ofrecen estos comprimidos semanalmente y de forma gratuita a todos los funcionarios públicos, que constituyen el 94% de la población. Para el resto, el precio es mínimo, y el Gobierno Central ofrece todas las facilidades para que cada ciudadano pueda disponer de su dosis.

¿Por qué Taeno y Elha optan por un comportamiento antisocial y rechazan tomarlas? Despreciar la sencilla forma que ofrece el sistema de vivir en paz y armonía es una decisión difícil de entender por el común de la sociedad. Pero no es el único comportamiento extraño en esta joven pareja: un Técnico de sistemas grado Magenta 1 y una Ingeniera ambiental grado Azul 3, que deciden juntar sus vidas, de por sí son algo inusual en la sociedad maedrana; porque en la adolescencia es normal flirtear con personas de todos los grados, pero es raro que dos personas adultas, sometidas a diferentes entrenamientos estándar, mantengan una relación sentimental.

Pero a ellos les une algo diferente a su grado ciudadano: su pasión por vivir al margen del orden establecido. Son dos rebeldes antisistema que coincidieron en la academia y, conforme se fueron conociendo, descubrieron cuánto tenían en común. Ahora trabajan para el Gobierno como el resto de sus amigos, pero en su fuero interno desean que las cosas cambien y poder vivir de otra manera.

“La realización personal no se alcanza con un compuesto químico, no todo puede ser controlado”, decían a veces a sus amigos y compañeros de trabajo. Pero al parecer nadie compartía sus revolucionarias ideas. Ellos disfrutaban de las emociones, de las inquietudes, de los sueños, del humor… Pero en su sociedad ya nadie bromeaba, la diversión no era necesaria. Los chistes eran considerados comentarios de mal gusto, igual que inventar historias o incluso reírse abiertamente. Las únicas disciplinas artísticas que habían avanzado eran la música, la danza y el videoarte. Las manifestaciones narrativas como el cine, el teatro o la literatura, eran muy minoritarias, lo mismo que el arte estático, como la pintura y la escultura, que ya no suscitaban interés en una sociedad en constante avance y movimiento.

No obstante, también había tiempo para el ocio. Dendray tenía, igual que todas las ciudades del sistema, su zona para el esparcimiento. Los especialistas estiman que una buena proporción de trabajo, descanso y ocio, junto con las píldoras condicionantes, son la mejor manera de vivir en plenitud. Los salones de relax son amplios espacios con sillones y divanes, donde la gente se sienta a charlar sobre política, sociedad, cultura, historia, ciencia… Se comparten conocimientos en mutuo intercambio. Los sofás tienen incorporado un sistema de altavoces que proyectan música solo en el reducto de la persona que está sentada, ya que cuentan con una tecnología que permite contener al sonido en un espacio determinado, por medio de campos electromagnéticos que acotan el recinto de reverberación de las ondas mecánicas. Para escuchar una frecuencia, hay que estar en ese espacio determinado, en la dirección concreta en que se propaga la onda sonora. Así, el usuario puede escuchar un tema musical diferente al de la persona que tiene al lado, mientras mantienen una conversación, sin sufrir contaminación auditiva.

En estos salones no servían bebidas alcohólicas. El alcohol cambia los niveles químicos del cerebro y por tanto el Gobierno Central recomienda evitar su consumo. Tanto tomar drogas, como reír, como ejercitar la imaginación, se consideraban “perversiones” de una u otra forma, por generar estados mentales alterados, y por tanto solo se hacían en la intimidad. Quienes querían ver una película de ficción, leer una novela, o beber una copa de licor, debían acceder a la deep web, o comprar una botella en un establecimiento especializado, pero siempre en privado. El Gobierno no castigaba estos comportamientos si se exhibían pero en una sociedad con tanto peso del sector público, hacerlo suponía a la larga ser degradado laboral y socialmente, y otras penalizaciones, como la obligación de someterse a sesiones de reacondicionamiento, controles médicos o trabajos sociales.

Así pues, lo normal en esos lugares era pedirse un jugo de vitaminas, o bien un sucedáneo de café con cereales liofilizados, mientras se escuchaba música ambiente, y se conversaba. Los precios de cada salón dependían de la zona, la calidad de los productos, la comodidad de las instalaciones… Elha y Taeno solían reunirse con sus amigos en un salón específico de aire retro y precios moderados. Sus compañeros de promoción en el páramo suroeste ya disfrutaban de puestos con un rango superior al suyo y mejores sueldos, pero su comportamiento algo inusual y su rendimiento ligeramente inferior a la media, motivado por su rechazo al condicionamiento químico, dificultaban su ascenso a una categoría laboral superior. Este era el precio que ambos habían aceptado pagar para poder ser ellos mismos.

Aquella noche, Elha, que era licenciada en Ingeniería ambiental con mención en ecología y sostenibilidad, contaba a una de sus amigas cómo funcionaba el sistema de combustión de desechos que se encuentra en cada cubículo de Dendray, y en el resto de cuadrantes: al arrojar un objeto por el sumidero, este es sometido a un proceso de combustión química endógena, de modo que se convierte en una pasta que es drenada por un conducto hasta la planta de procesamiento de desechos, que acaban siendo sometidos a procesos químicos más complejos para reducir su toxicidad y potenciar su reciclaje. Al final de todo este proceso, los componentes contaminantes han sido sintetizados, convertidos a estado gaseoso y fuertemente comprimidos, de modo que cada 10 toneladas de desechos producen aproximadamente un sobrante tóxico que cabe en un dedal. La mayoría resultante es biodegradable, y se esparce en espacios verdes donde el impacto vaya a ser mínimo.

“Estos desechos tóxicos se almacenan en enormes silos, fuertemente blindados para evitar fugas”, explicaba Elha a su amiga Numeia. “La eficiencia del proceso permite que podamos seguir almacenándolos aún por muchos siglos, pero llegará un momento en que habrá que plantearse qué hacer con esos desechos. Ojalá los avances futuros permitan productos de consumo que produzcan residuos de toxicidad cero. Y que podamos degradar de alguna forma lo almacenado hasta ahora.”

Taeno escuchaba mientras miraba distraído un documental sobre jirafas proyectado en una de las holopantallas del local, pero de pronto recordó una anécdota y se dispuso a narrarla:

“Sí… me acuerdo una vez que el sistema de nuestra casa se descompuso y tuvimos la feliz idea de hacer compostaje de forma tradicional, en una tina antigua… La casa se llenó de moscas y al final tuvimos que ir a un hotel hasta que los de Mantenimiento lo repararon. Cuando volvimos ya funcionaba, pero había una peste horrible… ¡y es que olvidamos reciclar los desechos antes de irnos! Creo que los vecinos aún no nos perdonaron por aquello. Imagínate, nosotros tan cómodos en el hotel, mientras nuestra planta sufría de malos olores por nuestro descuido…”.

Taeno hablaba con tono animado, al punto que acabó por reír recordando la historia. Elha se dejó contagiar levemente por el entusiasmo de su pareja, dibujando una sonrisa en su rostro, que rápidamente disimuló para acabar por arrojar una mirada de advertencia: “no estamos en casa, todos te están escuchando”. Taeno comprendió enseguida. A su alrededor, los compañeros de mesa miraban hacia otro lado, como si nada hubieran oído. Se hacía necesario arreglarlo de alguna forma. Volvió a adoptar semblante serio y con serenidad añadió: “Estos problemas domésticos pueden generar incomodidades momentáneas, pero más allá de los desórdenes que producen en nuestras vidas, nos ayudan a entender la importancia de desarrollar la resiliencia en el día a día”.

Todos parecieron aprobar el elocuente comentario apostillado por Taeno. Allí no había pasado nada, borrón y cuenta nueva. Pero cada vez que Elha y Taeno tenían que fingir serenidad y aplomo, cada vez que tenían que reprimir sus ganas de gritar, de reír, de bromear, de hablar necedades, sentían que algo dentro suyo moría. 397087_342437615767787_100000046540537_1415471_1811193212_n_largeHoras después dieron por terminada la velada y al regresar a casa disfrutaron de la intimidad del momento, tomados de la mano y bromeando, pese a viajar en un transporte deslizador junto con otros pasajeros que podían oírles y observarles. Aquellos eran desconocidos que no formaban parte de su círculo social y no les importaba el qué dirán:

–Imagina que nuestro satélite artificial estuviera hecho de queso, se saliera de su órbita e impactara en el planeta, ¿qué harías?
–Mmmhhh… lo que yo haría es entrenar a un grupo de ratones roedores hambrientos y limpiamos los restos de la catástrofe en tiempo récord.

La gente alrededor ignoraba sus espontáneas y tímidas risas y permanecía con el rostro adusto y la mirada perdida en el infinito, o revisando las últimas noticias en sus dispositivos digitales. El sueño de los justos. Un paraíso tecnológico donde, igual que en el nirvana de los budistas, no existían las emociones ni los deseos, solo una apacible aceptación de la vida, en paz y armonía. Aquella utopía social en la que vivían era impensable hace varios cientos de años. Los maedranos aprendieron de los antiguos la senda que no debíamos volver a transitar. Y de todo aquel dolor y sufrimiento de antaño, de toda aquella codicia y maldad, de los cataclismos, de la carestía, de los enfrentamientos y el caos, acabó por emerger un hombre nuevo, más adulto, más inteligente y más generoso. Un hombre que creó un mundo a su medida, diseñado con responsabilidad, solidaridad y respeto. Las guerras, el hambre, la degradación ambiental y la lucha de clases ya eran cosa del pasado. Eso era Maedren: una sociedad donde la gente, pese a todo, ya había olvidado la importancia de reír. Sin duda, en alguna parte de la senda nos perdimos.

–Mira allí, los anuncios de las holopantallas: “Ser feliz es gratis”… “Sonreír crea arrugas”… “El estatus lo es todo”… “Para el mejor padre, el mejor regalo”… “La realización personal en una sola dosis”… ¿Qué opinas? ¿Nos realizamos esta noche tomando una dosis de vino?
–Sí, por favor… Quiero desintoxicarme de tanta conversación académica y tanto café de amaranto y soja…

Y es que, pese a aquellos fugaces pero indispensables momentos de liberación, toda esa pantomima que vivían a diario empezaba a hacerse cada vez más insoportable, y desde hacía un tiempo una idea rondaba la mente de la joven pareja. Llevaban varios años planeándolo, pero habían empezado a organizarlo como un proyecto sólido desde hacía apenas un par de meses. La idea era abandonarlo todo e ir a vivir a una de las zonas rurales del páramo sur. En esa parte del cuadrante se halla el 80% de la población de Dendray no dependiente del Gobierno Central, y allí más que en ningún otro sitio la gente vive ajena a sus designios. El plan era el siguiente: conseguir un permiso para realizar una investigación sobre el impacto ambiental de ciertos cultivos, o algo parecido (con las credenciales de Elha no sería complicado), y con ese permiso formalizar la compra de un terreno en el campo a un vendedor privado. Allí montar su propia casa, viviendo de lo que produjera la huerta, con ayuda de los círculos de intercambio y trueque que integran muchos de los agricultores de esa zona.

Esa noche, al llegar a casa, abrieron una botella de vino y brindaron por la libertad. Hablaron de dejarlo todo ya, de irse sin avisar, sin presentar ningún informe, sin solicitud de baja laboral ni excedencia voluntaria, sin alegar problemas físicos ni causas familiares. Los trámites para dejar un trabajo gubernamental son casi tan tediosos como para acceder a él, y también terriblemente lentos. Ellos querían alejarse de toda esa burocracia, de la asepsia, la formalidad y las buenas costumbres que habían suplantado como un hijo bastardo a lo que los antiguos llamaban “el buen vivir”. Un engendro deforme, vástago de mil madres, que convertía a la alegría en un estigma social y al ser humano en un esclavo.

–Cuando hayamos desaparecido y nos descubran, rebajarán nuestro grado ciudadano a nivel Naranja. Se acabaron nuestras prebendas y beneficios, el seguro médico, asistencia legal y plan de pensiones. Ya no podremos acceder a las zonas restringidas a personal del gobierno ni tendremos prioridad en planes de evacuación, acondicionamiento migratorio o trasplantes, llegado el caso. A partir de ese momento estaremos solos tú y yo, y la vida será por nuestros propios medios. Y es un viaje sin retorno. ¿Estás segura de querer hacerlo?
–Sí que lo estoy. Quiero que nuestro hijo conozca otra vida; y que para poder tenerlo no esté obligada a presentar una solicitud oficial de maternidad y esperar a que la aprueben. Quiero una vida diferente para nosotros.

La decisión ya estaba tomada. Habían juntado créditos suficientes para pagar un terreno, materiales y personal de construcción para vivir con comodidad durante un tiempo prudente. A los pocos días presentaron la solicitud para la investigación agrícola y poco después recibieron la aprobación oficial. Ya estaba hecho. Esa tarde harían las maletas y al día siguiente tomarían el deslizador rumbo al páramo sur para comenzar una nueva vida. Esa noche era su despedida, la última vez que pasarían en esa parte del cuadrante, tal vez en mucho tiempo. Tal vez para siempre.

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Acudieron a su cita habitual en el salón de relax con sus amigos, como si no pasara nada. No querían comunicar su decisión a nadie, una decisión que por otra parte nadie iba a entender, así que actuaron como de costumbre. Al menos así fue al principio, porque excitados por su inminente fuga, esa noche ambos hicieron comentarios apasionados sobre diferentes temas, sacaron a colación asuntos personales, sonriendo y tocándose íntimamente más de lo habitual.

El momento llegó cuando su amigo Onuren disertaba sobre la implantación de nanotecnología a nivel biológico en las etapas tempranas del niño, y Taeno le interrumpió para hacer un comentario jocoso al respecto:

–Un niño pequeño, al que han implantado nanobots para incrementar sus capacidades, puede acabar por ser un superhombre con poderes especiales de adulto. Si te levantas por la mañana y ves que tu hijo está volando en el salón, ¿qué harías?

Aquel comentario calló como una bomba de silencio en el grupo. Solo la feliz pareja parecía divertirse con la ocurrencia. Y en medio del hielo que se había formado, sus amigos trataron de actuar ajenos a la incómoda situación que acababan de presenciar, charlando entre ellos o revisando sus dispositivos digitales. Onuren había perdido el hilo de su discurso y se limitó a mirar la holopantalla del fondo, en la que proyectaban formas geométricas de colores que cambiaban de forma. Pero en su boca pareció formarse lo que parecía una ¿sonrisa? Aunque Taeno se sentía ebrio por su acto, Elha estaba atenta a su alrededor y se dio cuenta. Un acto así en circunstancias normales tiene un precio social, pero no cabe duda de que Onuren lo encontró divertido, aunque se esforzaba por disimularlo tapándose la boca. El rictus de sus ojos y sus mejillas le delataban.

Poco después, ya saliendo del local para regresar a casa, Onuren llamó su atención y se dirigió a ellos, en privado: “¿Saben? Hacía mucho que no escuchaba un comentario divertido en público, y de veras que lo agradezco. Yo tampoco comparto esta alienante forma de pasar los ratos de ocio. A veces tengo ganas de saltar y cantar por la calle, y ver qué cara ponen todos esos reprimidos y complacientes maedranos”.

Onuren era un neuropsicólogo grado Morado 2, y estaba destinado en un complejo de atención médica aledaño a la planta de investigación biológica donde trabajaba Taeno. Se conocieron en uno de los chequeos de rutina, y así es como se hicieron amigos. Onuren es lo que se conoce como un coursingle, es decir, un profesional adulto que decide no comprometerse con una pareja estable ni tener hijos. En muchos sentidos es lo más cómodo, ya que formalizar una relación y vivir con otra persona exige mucho papeleo, pero las relaciones ocasionales no son motivo de preocupación para el Gobierno Central. Su forma de vestir solía ser algo descuidada, y entre sus aficiones estaba hacer deporte al aire libre y viajar por motivos personales, no laborales. Bien mirado, su modo de vida tampoco resulta muy habitual. Ahora Taeno se empezaba a preguntar si Onuren se tomaba sus píldoras de condicionamiento o, igual que ellos, vivía de espaldas al sistema.

Al llegar a su cubículo, les esperaban sus cosas embaladas dispuestas en el salón, listas para ser transportadas al día siguiente al lugar donde iban a comenzar una nueva vida. Pero, de pronto, ya no parecía tan buena idea. “Yo creo que las cosas pueden cambiar –dijo Taeno a Elha–. Tal vez haya más personas insatisfechas con esta vida. Gente que no se atreve a mostrarse, pero que están allí esperando a ver personas como ellos. Si nos vamos ahora, no les podremos encontrar, y seguirán en el sueño de los justos… ¿Y si en vez de huir, nos atrevemos a ser nosotros mismos? ¿Y si servimos de ejemplo para ellos? Elha, si yo te digo que ahora quiero que nos quedemos, ¿qué harías?

Elha estaba pensativa. Se sentó en el sofá y miró al suelo. Miró las maletas. Miró las paredes de su cubículo, sus muebles, sus objetos de decoración, sus aparatos de gimnasia. Miró su planta enredadera en el marco de la ventana del salón, a la que cada día regaba a la luz del sol temprano. Miró la vida que estaban a punto de dejar atrás. Finalmente se levantó hacia el incinerador de desechos. “Lo que yo haría es decirte que te quiero”, contestó, mirando a Taeno a los ojos y sonriendo, mientras arrojaba las píldoras de condicionamiento de la semana por el sumidero.

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