Ciencia ficción ecuatoriana en el contexto latinoamericano | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en la revista norteamericana, Latin American Literature Today, no. 6 de mayo de 2018, Dossier Speculative Fiction, University of Oklahoma, Norman, OK)

 

Ecuador es productor de ciencia ficción en Latinoamérica. Parto de esta aserción entusiasta pese a que Ecuador es un país pequeño, su producción literaria llega a más de 200 títulos anuales, y la ciencia ficción trata de ocupar un pequeño terreno gracias a escritores que cultivan este género, muchas veces, de la mano de la fantasía. Pero ¿cómo entender su desarrollo, si no poniéndolo en perspectiva con otros países del continente?

Un breve mapa de la ciencia ficción latinoamericana

Ecuador ingresa a la ciencia ficción desde el siglo XIX. Sin embargo, antes de reseñar su entrada a este género, hay que afirmar, brevemente, que es México el país en el que se origina la ciencia ficción latinoamericana. El curioso texto del fraile Manuel de Rivas, Sizigias y cuadraturas lunares ajustadas al meridiano de Mérida de Yucatán por un anctítona o habitador de la Luna y dirigidas al Bachiller Don Ambrosio de Echeverría, entonador que ha sido de kyries funerales en la parroquia del Jesús de dicha ciudad y al presente profesor de logarítmica en el pueblo de Mama de la península de Yucatán; para el año del Señor 1775 (1773), dio pie para que, hasta hoy, México explore el género, a contracorriente con otras estéticas literarias más convencionales. Es así como la ciencia ficción ha ido cautivando desde entonces a diversidad de autores, entre ellos: Amado Nervo, Eduardo Urzaisz, Félix Palavicini, Diego Cañedo, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, René Rebetez, Homero Aridjis, Bernardo Fernández, Alberto Chimal, entre otros, además que ha dado espacio para la producción de revistas, la realización de concursos y la concreción de premios. Con la profusa producción de México, otro país donde también se cultivó la ciencia ficción con mucho interés es Argentina cuya historia empieza con Eduardo Holmberg y el Viaje maravilloso del señor Nic Nac (1875). Desde dicha referencia la ciencia ficción argentina ha continuado con autores como: Leopoldo Lugones, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Héctor Germán Oesterheld, Angélica Gorodischer y otros, sin descontar una valiosa camada de teóricos de la ciencia ficción como Pablo Cappana; se debe sumar a esta desordenada lista, la producción de revistas y la realización de foros que perduran hasta ahora en el país austral. Frente a estos dos gigantes, otro país que igualmente comenzó a cultivar la ciencia ficción es Brasil con Páginas da história do Brasil, escritas no ano 2000 (1868) de Joaquim Felício dos Santos; luego de este, hay una buena cantidad de propuestas literarias como la de Emilia Freitas, Rodolfo Teófilo, Adalzira Bittencourt, Albino Coutinho, Jerônymo Monteiro, etc., sin descontar la presencia de revistas y foros de animación de la ciencia ficción.

En la ciencia ficción andina, el país precursor, sin duda, es Perú con Lima de aquí a cien años (1843) de Julián M. del Portillo. Tras este libro, publicado como folletín, citemos el trabajo de Clemente Palma, Héctor Velarde, Eugenio Alarco, José B. Adolph, Enrique Prochazka, José Donayre, Daniel Salvo, entre otros; en dicho país, en los últimos años, se está dando un intenso trabajo en congresos y foros, además de estudiosos que pretenden dar el lugar a la ciencia ficción dentro de la literatura peruana y latinoamericana. Otro país es Chile con El espejo del futuro o la visión del futuro en el año 1975 (1876) de David Tillman; le sigue el trabajo de Francisco Miralles, Julio Assman, Manuel Rojas, Hugo Correa, Elena Aldunate, Roberto Bolaño, Jorge Baradit y otros. El tercer país que marca hito en el desarrollo de la ciencia es Ecuador, con el trabajo fundador de Francisco Campos Coello, La receta, novela fantástica (1893); otros que cultivan la ciencia ficción desde ese tiempo precursor son: Manuel Gallegos Naranjo, Juan Viteri Durand, Carlos Béjar Portilla, Santiago Páez, Abdón Ubidia, Leonardo Wild, Fernando Naranjo Espinosa, etc. Bolivia, por su parte, inicia su ciencia ficción recién en el siglo XX, con cuentos de la escritora Adela Zamudio; hay otros autores posteriores como: Armando Montenegro, Álvaro Pinedo Antezana, Harry Marcus, Iván Prado Sejas, entre otros. Colombia también es un país que tardíamente se pliega a la ciencia ficción con el cuento “Bogotá en el año 2000” de Soledad Acosta de Samper; la primera novela de ciencia ficción, sin embargo, es: Una triste aventura de catorce sabios (1928) de José Félix Fuenmayor; a este le siguen obras de José Antonio Osorio Lizarazo, Manuel Francisco Sliger Vergara, Antonio Mora Vélez, Luis Noriega, Héctor Abad Faciolince, entre otros.

El diálogo de Ecuador con la ciencia ficción

Mencioné que Ecuador inicia su exploración en la temprana ciencia ficción con una obra, La receta, novela fantástica de Francisco Campos Coello, en 1893, la cual fue publicada primero en entregas entre las páginas de la revista guayaquileña, El Globo Literario y, pronto, como libro en 1899. Se trata de una utopía o, como llamo, “ficción prospectiva utópica”. Su autor era un político connotado, planificador y ejecutor de la gran obra del agua potable para Guayaquil, del rediseño de tal ciudad, impulsor de diversidad de obras e instituciones sociales y políticas en aquella, cuando era presidente de su Municipio. Dicha novela es la evaluación “futura” de su obra, imaginariamente a finales del siglo XX, cuando Guayaquil se ha convertido en la cosmópolis que reúne a todas las rutas del mundo, concentra el mercado y el desarrollo del capital, es el ejemplo de gobernabilidad, gracias a unas políticas educativas, científicas, artísticas, etc. Campos Coello realiza, en efecto, la anticipación de los resultados y la evaluación de los logros o aciertos de “su” política como miembro del Partido Progresista al que pertenecía. Y lo hace, además, mostrando un diseño utópico, de una ciudad-isla donde hay justicia, prima el bienestar absoluto, existe la verdadera felicidad del progreso, donde uno se puede reencontrar con la soñada patria, es decir, con el ideario que permite la constitución de una nación plena.

Campos Coello, además de político, fue un prolífico escritor y cronista de su tiempo. Él continuó escribiendo cuentos donde la ciencia ficción y la fantasía estaban presentes. Su otra novela, inacabada, pero publicada en forma seriada en otra revista, Guayaquil artístico, Viaje a Saturno (1900) es un desafío a las exploraciones espaciales.

Campos Coello (como algunos que también le siguieron como: Manuel Gallegos Naranjo, Alberto Arias, José Antonio Campos, entre otros), emula a Julio Verne. Su admiración a este autor deviene de su paso por Francia hacia 1860. Se puede afirmar, por lo tanto, que el primer diálogo que tiene la temprana ciencia ficción ecuatoriana es con Verne y sus viajes extraordinarios, su ímpetu por mezclar entre sus argumentos explicaciones científicas, por querer divulgar las innovaciones y las nuevas hipótesis sobre la ciencia y la tecnología de su tiempo. Es así como Campos Coello, escribe sus obras con lenguaje sencillo, argumentos amenos, donde, además, se nota la erudición y el conocimiento científico, demostrando que él era cultor de lo que escribía.

Debe pasar quizá más de 50 años para identificar que el segundo diálogo de los cultores de la ciencia ficción ecuatorianos es con H.G. Wells. Es el caso de la novela de Juan Viteri Durand, Zarkistán (1952) y la obra de teatro de Demetrio Aguilera Malta, No bastan los átomos (1954). El contexto, ahora, es el desastre de la II Guerra Mundial y la detonación de la bomba atómica. Wells, contra el positivismo del siglo XIX y a veces el entusiasmo de Verne, más bien hace una ciencia ficción crítica, de alerta, rayando en el escepticismo. Tomando en cuenta su perspectiva, he denominado al tipo de ciencia ficción de la década de 1950 ecuatoriana como de “ciencia ficción escéptico-metafísica”, en el sentido de que es una literatura que sospecha sobre los logros de la ciencia y tecnología, más cuando sus racionalidades se chocan con la racionalidad de sus usuarios, de donde deviene que estos pueden convertir todo proyecto utópico en algo no deseable y, por lo tanto, algo detestable. La consecuencia, por el hecho que incluso el ser humano puede ser impotente cuando lo detestable se convierte en política, es una sensación de opresión existencial que es lo que se lee, en efecto, en Zarkistán, una especie de declaración novelada de no querer ser más de la especie humana y, más bien, abrazar, de inmediato, la utópica mirada que probablemente puedan ofrecer ciertas comunidades extraterrestres. Lo propio en la obra de Demetrio Aguilera Malta, donde está presente el imaginario de una isla de experimentación, en su caso, una isla-país, detentada por un tirano, que prepara a los seres humanos como máquinas de guerra. Frente a tal imagen, la idea es deshacerse de ese padre autoritario y tratar de refundar la humanidad.

La ciencia ficción del último tercio del siglo XX es distinta en sus diálogos y referentes. Si antes tal diálogo versaba sobre tecnologías para el ejercicio del buen gobierno, como es el caso de las obras de Campos Coello y otros, o de ciencias y tecnologías que, contrariamente, operan como dispositivos biopolíticos, ahora, de cara al nuevo milenio, las preocupaciones que encaran los nuevos escritores tienen que ver sobre todo con los robots, la exploración espacial, las computadoras, las modificaciones genéticas y la clonación, etc. Me voy a centrar en tres autores de ciencia ficción contemporánea, incluso algunos que han pasado la frontera del siglo XXI.

Un caso particular es Carlos Béjar Portilla, autor que, quizá, abre el sendero de la nueva ciencia ficción ecuatoriana, bebiendo de las vetas abiertas por Ray Bradbury y de Jorge Luis Borges. La mirada hacia cuestiones trascendentes y hasta metafísicas en tensión con las nuevas tecnologías es lo que marca su obra, particularmente sus cuentarios: Simón el mago (1970), Osa mayor (1970) y Samballah (1971). No se trata de libros que, al modo de Wells, se muestran críticos hacia las tecnologías o lo que crean estas en los entornos sociales; tales obras más bien avanzan hacia cuestiones como la imbricación entre cuerpos y tecnología, entre el alma humana y su posibilidad de “encarnar” las máquinas, la propia presencia de la máquina en la vida social o familiar hasta mimetizarse, hecho que es ahora “natural” en la cotidianidad. Béjar Portilla, de este modo, se adelanta en cuestiones que serán más frecuentes hacia finales del siglo XX respecto a la hiperrealidad.

Considerando a Bradbury y la impronta dejada por Aldous Huxley, es importante citar a Leonardo Wild quien centra su trabajo literario que mezcla la aventura y la explicación científica, mezcla que ha servido como pretexto para presentar novelas de carácter reflexivo orientadas a públicos juveniles. Es por eso que, por ejemplo, Orquídea negra o el factor vida (1999), es una obra que plantea la catástrofe de un planeta por causa de sus propios habitantes que, ambiciosos por el poder, lo han deteriorado; o Cotopaxi, alerta roja (2006), que se centra en la posible erupción del volcán Cotopaxi y los problemas derivados que, además, involucran decisiones políticas que están traspasadas por intereses. En 2013 Wild hizo la edición castellana de un libro que inicialmente publicó en alemán, Unemotion (1996), ahora con el título de Yo artificial o el futuro de las emociones (2013), en la que se plantea también el deterioro medioambiental de la Tierra y los problemas sociopolíticos que están en dicha problemática. Se puede decir que Wild toma como ejes de sus libros la inquietud sobre las decisiones humanas, los sentimientos, el carácter humano en contingencia con las determinaciones del medio ambiente y la naturaleza. Es decir, sus preocupaciones se orientan a evidenciar cuánto de las decisiones que toman los seres humanos puede afectar a la vida misma en la Tierra.

Otro caso es el de Santiago Páez, autor que dialoga en principio con el trabajo de Úrsula K. Le Guin. Es seminal su cuentario, Profundo en la galaxia (1994), en sentido que relaciona la vida en el espacio, las exploraciones espaciales con lo que tiene que ver con el mundo indígena; es decir, las interrelaciones socioculturales y de conocimiento que pueden establecerse entre dos mundos distintos. Correlativa a dicha obra es Shamanes y Reyes (1999). Incluso su reflexión en cierto sentido se torna política Crónicas del breve reino (2006, vuelta publicar en una edición definitiva en 2017), obra en cuatro partes sobre la historia de un Ecuador imaginario cuyo fin se ve en un futuro posapocalíptico. Esta novela sobre el fracaso de una sociedad por efecto de trazados políticos o intereses capitalistas se confronta con su novela gráfica Angelus Hostis (2012, en coautoría con Rafael Carrasco), sobre una ciudad futurista acechada desde su interior por seres malignos; sin embargo, su discurso crítico sobre el fracaso social y político lo extrema con Ecuatox® (2013), una distopía, y Antiguas ceremonias (2015), una atopía. En ambas, aunque con distintos argumentos, lo que se evidencia es su descreencia en proyectos impuestos que no miran la realidad, a las personas con sus sueños y proyecciones. Ahora bien, esta visión de largo plazo, esta tensión histórica imaginaria que determina el curso de las sociedades es, si se puede decir, la influencia que Páez también tiene de Isaac Asimov. Es decir, su diálogo con la ciencia ficción, es sobre la determinación política de la ciencia y tecnología en la vida de las personas, cuestión de define con claridad su trabajo que es de importancia en la literatura ecuatoriana.

La ciencia ficción ecuatoriana en diálogo con las tesis de literatura latinoamericana

Hay que afirmar que la literatura ecuatoriana, en consonancia con la literatura latinoamericana, es, probablemente, distinta a lo que se hace en el mundo anglosajón de donde proviene originariamente la ciencia ficción moderna.

Lo que marca a esta literatura, para diferenciarse de la anglosajona o la rusa, es que entre sus argumentos bullen las voces “otras”, las voces míticas de pueblos ancestrales y de los aires fantásticos que estas contienen. Ángel Rama, en su Transculturación narrativa en América Latina (1982), dice que toda sociedad desarrolla su pensamiento, su conocimiento de sí, mediante historias o sistemas interpretativos, fundados en la realidad que le toca vivir: es con ellas con las que trata de explicar incluso lo desconocido o lo que no puede controlar; en la medida que tales narrativas explican a una sociedad en el momento que esta pensó su relación con la realidad, se constituyen en mitos y estos mitos no solo se refieren al pasado, sino también a las inquietudes sociales y culturales para con el “espacio ultraterrestre” (que funda la narrativa de la ciencia ficción moderna, a su juicio), inquietudes que reflejan a la nueva sociedad en el momento que esta surge sobre las huellas de la anterior. Se puede afirmar que en esta explicación dada por Rama hay una tensión que explica a la naturaleza actual de la ciencia ficción contemporánea latinoamericana: mientras esta es producto del diálogo con las marcas de la posmodernidad o de las tecnologías avanzadas, o de las nuevas inquietudes que nacen de la experimentación con la ciencia, o del borramiento de la identidad incluso corporal en el plano de lo digital, etc., signos varios que identifican a la nueva sociedad que surge, en ella también prevalece la voz del pasado; se trataría de un entremezclamiento de mitos, entre los fundantes y los posfundacionales. Habría que reafirmar que las sociedades son cambiantes y sus literaturas, más aún las de ciencia ficción, son los mitos que hablan de sus metamorfosis aun a sabiendas de que no pueden deshacerse de las voces del pasado.

La perspectiva que surte el mito de origen, la tensión que impera en el seno de las sociedades latinoamericanas entre su pasado que aún vibra y el futuro que es el buscado, dota de otra diferencia a la ciencia ficción: esta tiene que ver con el abrazo con lo moderno, con lo ultramoderno, con horizontes de expectativa siempre deseados. Como se vio en la ciencia ficción ecuatoriana inicial, esta idea de abrazar el futuro, de pronto se choca con la del mismo mal (pensemos esa imagen existencial producto de la crisis de la humanidad) que trasciende desde el seno de lo humano y deja, para el futuro una sensación de inestabilidad y de inquietud. Se puede decir que, en principio, pareciera que esta tensión es la que identifica a la ciencia ficción con lo fantástico, tal como lo sugiere Carlos Fuentes en un capítulo de su libro En esto creo (2002), aunque luego tal situación más bien marque en la literatura la idea de un desmarcamiento, un emplazamiento “otro” donde el futuro está fuera de tiempo. De ello se puede indicar que ahora el futuro, sin proyecto político, abre una posibilidad a la ciencia ficción y esto es lo que está presente en mucha de la ciencia ficción ecuatoriana en el mismo sentido que obras que dialogan sobre el conflicto irresuelto, la llegada de una otredad distinta al poder, el acabamiento de toda idea de nación, etc., tal como lo demuestran ciertas obras de ciencia ficción andina (pienso en la colombiana, Angosta de Héctor Abad Faciolince, la boliviana, De cuando en cuando Saturnina de Allison Spedding, la peruana, Mañana, las ratas de José B. Adolph, además de la ecuatoriana Crónicas del breve Reino de Santiago Páez).

El ecuatoriano Benjamín Carrión, en 1957, intentó adelantarse a pensar la ciencia ficción en tiempos de cambio en un artículo homónimo publicado en Caracas, ahora contenido en un libro, La suave patria y otros textos (1998). Decía que era un tipo de literatura basada en “hipótesis audaces, con libre vuelo de la fantasía. [Es] la obligada respuesta a la avidez del mundo actual por seguir, caballero en el potro con bridas de la imaginación, el desproporcionado avance de la técnica, sin correspondencia posible, cuantitativa o cualitativa, con el avance ético”. Bajo esta perspectiva, prevalece la tensión entre una imagen realista de la sociedad en debate con los efectos de la técnica y la ciencia en forma de hipótesis que incluso puede rayar lo fantástico. El gran problema, sin embargo, que apunta Carrión, es lo ético. A mi modo de ver, una cuestión que está latente en la ciencia ficción moderna latinoamericana y ecuatoriana es cuánto se puede recuperar o, si se quiere, refundar una comunidad ética, es decir, una comunidad que respete sus principios fundantes y, al mismo tiempo, con ellos idee, aunque sea imaginariamente, imaginativamente, su posibilidad de futuro.

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