Ciencia ficción en los Andes Ecuatorianos | Fernando Balseca

Por Fernando Balseca

(Publicado originalmente en Memorias de JALLA Tucumán 1995 (Tucumán, Argentina: Instituto de Historia y de Pensamiento Argentinos, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Tucumán, 1997) editado por R. J. Kaliman [vol I, pp656-663]; además en la revista andina de cultura Sieteculebras , vol. 13, junio – julio de 1999, posteado en página web Ciencia Ficción Perú y, posteriormente en la revista cubana de ciencia ficción Qubit, 1 Agosto 2008, pp. 29-30; ver otra referencia en la entrada de Iván Rodrigo Mendizábal en The Encyclopedia of Science Fiction sobre Ecuador).

 

Foto aérea de las pirámides de Cochasquí (Ecuador). (Tomado de: http://procultur-ecuador.blogspot.com/2011/03/cochasqui-2011-carnaval-andino.html)

Nunca fue atractivo para mí el llamado género de ciencia ficción: al situar insólitos viajes velocísimos en lejanos confines -ni siquiera dentro de los ya conocidos del sistema solar, de por sí vasto para ofrecer un espacio creíble- me quedaba con la impresión de haber participado de una escritura que aludía a posibilidades excesivamente remotas como para ser realmente gozables. Además, con poquísimas excepciones, los personajes que poblaban esas narraciones se llamaban XR-116, o algo así, y estaban siempre en disputa con otras entelequias que parecían sólo un producto de la capacidad imaginativa de su autor o de su autora.

Pero en menos de un año, entre 1994 y 1995, aparecieron en Quito dos libros de cuentos en cuyas portadas se hacía saber con claridad -por voluntad editorial o del autor- que se trataba de “ciencia ficción”: Profundo en la galaxia de Santiago Páez (1) y La era del asombro de Fernando Naranjo.(2) Quiero destacar la sorpresa por la manera en que la ciencia ficción se ha abierto un sitio en nuestra literatura nacional a la que ya es casi un lugar común denominarla como solemne o seria. (3)

Es pertinente subrayar el lugar especial que ocupa un género como éste en nuestra tradición cultural, pues el ámbito de la ciencia ficción es el de una sociedad que produce, por lo menos en términos industriales, un “excedente” de escritura. Sin embargo, ¿qué hace este género en un país como el Ecuador, con algunas décadas de atraso con respecto de los centros de alto nivel tecnológico, y amateur en sus mecanismos de edición y circulación de libros? A primera vista, y como puede suceder también con la novela de detectives -que no existe tampoco en nuestro pais-, la ciencia ficción parecería encontrar un ámbito de cultivo en sociedades en las que la demanda por la circulación de libros es sumamente alta y en las que un grupo particular de lectores acepta la disposición de consumirlo todo, aunque también el riesgo de olvidarlo todo. Por eso, los libros que sobreviven de estos géneros tienen que ver con mucho más que con policías y bandidos o con seres de otros planetas.

Para abordar el tema de la ciencia ficción en la narrativa ecuatoriana debo insistir en la idea de que la letra es una tecnología importante en una era que ha construido una obsesión por las comunicaciones. Vivimos un tiempo en que, pensémoslo bien, algunos artefactos se nos hacen cada vez más básicos: imaginemos nuestras vidas si no accediéramos cotidianamente al periódico, a la televisión, al fax o, recientemente, al correo electrónico y al cd rom. En este contexto, la aparición de este género nos lleva a pensar que la ciencia ficción en nuestro medio obedece a un proceso tardío de divulgación y popularización tecnológica y electrónica en medio de una modernidad que entre nosotros opera con lentitud, y que sólo en nuestro fin de siglo ha sido posible que esos discursos actúen como dispositivos para el surgimiento, retrasado, de un imaginario cósmico que antes no podía producirse desde nosotros.

La ciencia ficción propone la lectura del futuro.(4) Si bien todo texto literario puede anunciar el porvenir en términos personales o colectivos, es importante considerar que este género busca especialmente comunicar la idea -fabricada por el género mismo- de que es posible la invención de una máquina que nos facilite viajar a través del tiempo. Creo que habría que puntualizar, y no sólo para el caso de la ciencia ficción, que la literatura misma es una maquinaria que permite anticipar el futuro,(5) pues a modo de constante los discursos humanos afirman una gran preocupación por el curso del futuro (como sucede con el arte, por ejemplo, que en determinados momentos parecería deleitarse en fabricar imágenes de anticipación).

Hace décadas los estudios literarios nos seducían para que halláramos en la literatura una especificidad que, como una joya indeleble, sólo brillaba en el arte escrito; hoy en día consideramos la literatura en una interacción con las formas comunicativas que circulan en la sociedad.

Esta misma orientación hizo que tomara con sospecha los libros ecuatorianos de ciencia ficción, prejuiciado por mis percepciones anteriores del genero, pero en esta experiencia sentí que estos autores buscaban comunicarnos algo más allá que las amenaza de una guerra espacial sin consecuencias predecibles. Veamos por qué.

Estas obras de ciencia ficción anuncian mundos catastróficos. En ellas la Tierra atraviesa -o ha atravesado, pues ya casi ha desaparecido- circunstancias sumamente difíciles para la supervivencia de la especie humana; esta situación obedece no sólo a factores de cambio radical en el medio ambiente o en la estructura misma del orden del universo, sino también debido a una incapacidad de gobierno humano. El poder terrestre -en los relatos de Páez y Naranjo- está determinado por una ineficacia que precisamente amenaza al género humano en el planeta.

En un cuento notable de Páez una nave perdida procedente de otro planeta llega a un territorio cercano a Peguche, en la provincia de Imbabura. Sus tripulantes vienen de un lugar lejano en la galaxia en el cual nada escapa a un control absoluto. Lo único que esos seres no pueden dominar es el miedo, y nada puede salvarlos cada vez que lo sienten: durante los primeros temblores se embarcan en sus aeronaves y salen disparados sin dirección alguna. En el texto, el yachaj José Sánchez percibe que algo anda mal en el mundo, y siente malsano el aire que lo circunda. Para evitar el traspaso de esa enfermedad, al descubrir a estos seres diminutos crispados por el miedo, el yachaj procede a curar del espanto a los extraterrestres hasta lograr restaurar, junto con dicho proceso de cura, la armonía del mundo. Efectivamente, la noción de armonía puede variar según el sujeto de la emisión y el lugar desde donde se la concibe. En el caso de este cuento, el yachaj asume, por un momento, la tarea de la salvación colectiva restaurando antiguas y profundas solidaridades: Páez maneja la idea de una tierra viviente,(6) en la cual el planeta actúa como un organismo vivo que responde sin vacilación a cada estimulo o falta de estímulo de nuestra parte, pues el mal del mundo es visto como una advertencia para construir solidaridades.

Estas solidaridades son cada vez más necesarias. En los casos en que queda todavía vida en nuestro planeta, ésta ha degenerado hacia la creación de mundos salvajes que amenazan con aniquilar la humanidad. Así, nos hallamos ante una barbarie galáctica paulada por máquinas tiránicas. Lo que resulta aún más sobrecogedor es que incluso la tierra se ha perdido muy profundo en la galaxia, y ya no es más un espacio adecuado para el florecimiento de la vida.

En Fernando Naranjo la inhabitabilidad de la Tierra ha sido causada por catástrofes naturales, la más grave de ellas la colisión del cometa Mefistos que, hacia el año 2060, permite caracterizar ese período como “la era del asombro”, marcado por angustias ciudadanas e incertidumbres insalvables. Los efectos climáticos por el impacto del cometa en nuestro planeta son terribles en los Andes y producen nuevas glaciaciones. En ese medio la planificación de !a vida se vuelve una quimera, y ciudades como Guayaquil se toman en un total caos.(7)

Aunque lo desconocido siempre resulta atractivo para quienes buscan lo nuevo, es lo conocido el molde adecuado para potenciar nuestra capacidad de ensoñación con situaciones inéditas. Este dispositivo lo ha retomado la literatura, pues acerca a los lectores aquellas cosas que eran totalmente desconocidas o que, en su momento, eran desconocidas sólo porque no había una relación estrecha con ellas. He aquí entonces otro valor que busca preservar la literatura: este por el cual lo arcano se hace cercano. En esta medida la literatura tiene un rango telescópico: un cuento de Naranjo presenta unos personajes de la “resistencia” en combate con otros que gobiernan ese mundo y que han proscrito los catalejos y los telescopios porque permiten acercarse demasiado a realidades en apariencia lejanas.

En ese futuro que anuncia la ciencia ficción hay seres que no tienen una heredad humana. En esos espacios siderales las máquinas han llegado a controlar el mundo y han invertido el orden en el cual los humanos trataron de poner las máquinas a su servicio, y por ello los gobiernan totalmente. Estamos ante unos seres que, en Paez, tienen un autocontrol neurológico tal que pueden imitar la estructura del enemigo o de cualquier otra persona y, de esa manera, desaparecer o hacerse pasar por otros. Sin duda, esta cualidad nos da terror porque es un mundo que todo lo mide, y cuyos jefes buscan controlar hasta los rasgos del cuerpo del otro. Lo impresionante en esos espacios sofisticados es que la sencillez puede más con la complejidad técnica: un cuchillo o un machete pueden derrotar las armas más especializadas Algo esencial que está presente en los mundos intergalácticos de nuestra referencia es que la condición humana es una rareza que merece ser conservada en medio de la catástrofe cósmica. En un cuento de Páez  se llega a juzgar a los humanos por una situación incomprensible para los seres del futuro: los humanos pueden sentir afectos, y por ellos la tierra tiene la apariencia de un planeta terrible. Los extraterrestres, en cambio, no logran medir emociones ni pasiones. De esta forma, en un cuento magnífico que se desarrolla en medio del carnaval de Guaranda, los seres de otras edades cosmológicas luchan contra las pasiones, y para ello se convierten en “vampiros” que absorben la energía humana. En Naranjo esta visión se complementa con la insistencia de que el pasado terrestre está conformado por miserias humanas, lo que hace que los seres del futuro califiquen a la nuestra como una era de necios.

En este contexto se dan las disputas entre la tradición y el cambio. En un atractivo relato de Naranjo unos científicos del siglo XXI emprenden una desesperada búsqueda por una historia entre los seres desamparados de pasado (pues lo han perdido en la colisión del cometa Mefistos), e incluso deben tratar de descifrar algunos textos de los llamados cronistas de la crisis. En esa sociedad semi-destruida se constituye una orden de los recordantes que está en permanente lucha contra el olvido, que aparece como contagioso (el olvido es una condena en los casos en que es necesario reprimir socialmente a alguien).

Uno de los planteamientos más atractivos de ambos libros es la presencia de dimensiones ocultas con respecto a nuestra propias urbes, pues las ciudades más cercanas al Guayaquil y al Quito de hoy esconden otras bajo la forma de ciudades subterráneas. Ciertamente, aún en mundos de dimensiones conocidas , hay caras de las ciudades que no conocemos o que conocemos muy mal.

En Páez, el protagonista de uno de los cuentos descubre una red de habitantes subterráneos que perviven bajo de la ciudad colonial. El centro histórico de Quito se convierte, así, en el sitio propicio para mostrar una tradición debajo de otra. La ciudad colonial es únicamente un piso para la ciudad moderna y un techo para otra ciudad minúscula dentro de la gran ciudad. (8)

Otro de los textos de Naranjo ocurre mientras unos pilotos especializados del siglo XXIV sobrevuelan Guayaquil, que se encuentra sumergida. Varias veces las aguas la han cubierto, y se han retirado, pero aparentemente se ven señales vitales debajo de esa ciudad. Una de las escenas de mayor peso simbólico habla de una coordenada luminosa debajo de las aguas. Cuando los científicos buscan alcanzar una mejor perspectiva, descubren mediante refinados sistemas que se trata de la estatua que en Guayaquil se levantaba al general Eloy Alfaro, que sigue emitiendo una gran dosis de energía. (9)

Esta discusión nos conduce a otra de mayores proporciones acerca de los mundos posibles o la existencia de los mundos paralelos. En un cuento de Páez un hombre ha recibido una extraña herencia que se asemeja a un basurero: una casa en ruinas. Allí hay una biblioteca que se ofrece como un lugar de interconexión de varias dimensiones gracias a un libro. Este hombre descubre un poema del libro Unción de José María Egas, que le suena familiar pero se da cuenta de que la nueva versión de este libro -con características del siglo XVI- su texto ha sido extrañamente cambiado. Poco a poco queda aclarada la presencia no de uno sino de dos libros que, aunque distintos, siguen una estructura semejante. De esta manera, el libro se convierte en prueba cabal del mundo paralelo.

Así, literatura es un discurso que puede actuar como una precaria fábrica de realidad virtual. Si la realidad virtual del multimedia de hoy consiste en dolarnos de la capacidad suficiente de sensibilidad en los tejidos nerviosos que afectan nuestro tacto y nuestra vista, la literatura -de modo artesanal- ya ha venido haciendo eso mucho tiempo atrás, por lo que podemos pensar que el texto poético es, sin duda alguna, el antecedente más inmediato de estos mecanismos de transportación hacia otros mundos. El procedimiento de la realidad virtual hoy nos asombra,(10) pero la literatura lo ha venido haciendo por siglos y siglos. La literatura se ha provisto de la capacidad de producirnos otras sensaciones, y de acercamos a otros afectos desconocidos. Sin duda, es valiosa la experiencia personal de la vida, pero las palabras de la literatura conservan también una dimensión tal, casi mágica, que nos permite ver más allá de donde se queda la fisiología de nuestra visión.

Quiero destacar que estos cuentos insisten en el valor inmensurable de la palabra humana, que no sólo tiene un rasgo curativo -como en el caso del shamán que ordena y restaura el orden del mundo y de la galaxia con conjuros, cantos y oraciones- sino que están marcados curiosamente por un obsesionado anhelo de decirnos que la palabra humana es fundamental en nuestras vidas.

Santiago Páez ha escrito probablemente uno de estos textos más significativos de este proceso que comentamos. Se trata del cuento “Amaru, poeta de Shyric”. En la guerra intergaláctica, los residuos de humanidad están al borde del colapso total frente a unas máquinas que se han desarrollado características extraordinarias y que llevan ya siglos de rebelión contra sus creadores, de características humanas. Nada hay que pueda detenerlos. A punto de pactar su rendición, el dictador intergaláctico logra rastrear una pista porque ha descubierto -en un pequeño planeta llamado Baktin- una ciudad llamada Shyric donde existe una pequeña comunidad tecnológicamente menor que sobrevive frente a las amenazas diarias de las máquinas pues éstas no pueden contra ellos. Un soldado de avanzada, que ha muerto en el intento de descubrir el secreto de semejante arma, ha dejado su último y confuso mensaje: dice que esos sobrevivientes combaten con palabras.

Uno de los anuncios más aleccionados frente a estos mundos horripilantes que se avecinan es que siempre habrá una cofradía de guardianes de la palabra. Hay allí un libro de páginas amarillentas que ha sobrevivido durante años. La lectura de este libro altera a los robots. En los humanos que lo escuchan, en cambio, provoca “extrañas condensaciones neuronales, peculiares estructuras de pensamiento, estados del alma”. El texto que contiene el libro es el poema “Los sentidos” de Julio Pazos. El dictador hace que lean el poema usando la estratagema de anunciar su rendición por medio de un micrófono intergaláctico. Por supuesto que el imperio de las máquinas se derrumba y renacen proyectos de restauración de la vida humana.

El poema entonces alcanza un fabuloso efecto intergaláctico. Imaginemos, en los siglos venideros, una voz poética que atraviesa barreras espaciales y temporales y que retumban en pleno universo en expansión. Esta metáfora convoca sin duda a restituir un plus de valor a la palabra humana. Pensemos en que tal metáfora nos reafirma la idea de que la dimensión imaginativa de la palabra humana será una de las armas con la cual sostener los combates en el futuro.

Notas

(1) Quito: Abrapalabra-Planeta, 1994.

(2) Quito: Abrapalabra-CCE, 1995.

(3) Esto se lo he oído decir, en diversas circunstancias y contextos, a Jorge Enrique Adoum, Miguel Donoso Pareja, Iván Egüez, entre otros escritores.

(4) El interés futurístico es de todos y anda por cualquier parte. Como una muestra de lo que pasa a nivel de la cultura de masas debe escucharse la canción “Año 2000″que interpreta en nuestros días Miguel Ríos en el álbum De colección. Madrid: Polydor, 1994: “Año 2000, llega el año 2000/ y el milenio traerá un mundo feliz,/ un lugar de temor,/ simplemente no habrá una/ vida en el planeta”.

(5) Para corroborar que esta preocupación por el futuro se da en todos los niveles de la cultura y de vida cotidiana están los consultorios sentimentales, los horóscopos, las lecturas de la mano, las pólizas de acumulación a mediano y largo plazo, las inversiones, la compra del billete de lotería, los testamentos, las cremas humectantes, los seguros de desgravamen, etc.

(6) Tal vez uno de los libros que más ha popularizado este tópico es el de David Attenborough 1984. The Living Planet: A Portrait of the Earth. Boston-Toronto: Little Brown & Company. Más recientemente, e incorporando las experiencias alcanzadas gracias al satélite COBE, se puede consultar nuevos alcances de esta teoría en John Gribbin 1994(1993). En el principio… El nacimiento del universo viviente. Madrid, Alianza (trad. Jesús Unturbe). Sobre la heterogeneidad del universo, lo que permitiría desplazamientos no explicables bajo la lógica terrestre -el hecho de que el cosmos no es homog&eacutte;neo en el espacio y el tiempo-, puede verse en George Smoot y Lekeay Davidson 1994 (1993). Arrugas en el tiempo. Bogotá Cofreces-Círculo de Lectores (trad. Néstor Miguez y J.A. Gonzáles).

(7) Un antecedente nacional inmediato a esta visión caótica del mundo ya estaba en el cómic Ficciónica, editado en Guayaquil por J.D. Santibáñez (que tuvo dos números que debieron salir entre 1991 y 1993)

(8) En otros contextos, este planteamiento está ya ficcionalizado en Italo Calvino 1995 (1972). Las ciudades invisibles. Madrid. Siruela (trad. Aurora Bernárdez)

(9) Es sin duda una metáfora interesante puesto que en 1995 se conmemoró el centenario de la revolución liberal en el Ecuador.

(10) La discusión y polémica en torno al concepto y la representación de la realidad virtual puede verse en Claude Cadoz 1995 (1994) Las realidades virtuales Madrid Debate Dominós (trad. Flavio Puppo).

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