Hijos de las estrellas | Fernando Balseca

Por Fernando Balseca

(Publicado originalmente en diario El Universo, Guayaquil, el 22 de diciembre de 2017)

 

Dimensionar la edad y el tamaño del universo demanda cierta concentración y, por qué no, silencio. Silencio para que cada persona se vea a sí misma y repare que, en un sentido, no es nada ni nadie en la historia de la vida. Nuestro universo tiene 13.700 millones de años de edad. Las primeras galaxias y estrellas se formaron hace 13.200 millones de años. El Sol nació hace 4.500 millones de años. La vida en la Tierra surgió hace 3.500 millones de años, aunque aún desconocemos cómo la materia inanimada pasó a ser animada. Y recién hace dos millones de años aparecieron nuestros primeros ancestros.

La científica chilena María Teresa Ruiz es una voz autorizada en asuntos astronómicos. Y leer su reciente libro Hijos de las estrellas (Santiago de Chile, Debate, 2017) produce un doble beneficio: el de comprobar cómo se actualiza el conocimiento de los humanos acerca de su pasado cósmico y el de sentir la finitud y la pequeñez del hombre como especie. Es muy decidor que una científica, al hablarnos de las maravillas y los misterios del espacio exterior, nos ubique temporalmente: “Es un gran privilegio el vivir en este tiempo, somos la primera generación de nuestra especie que conoce su historia cósmica”.

Con sus leyes conocidas y más o menos comprobadas, la astronomía nos llama a no descartar otras lógicas con el fin de entender nuestro origen y nuestro destino: “El universo más allá de la Tierra es muy raro, allí pasan cosas que aquí, en nuestro planeta, no ocurren”, sostiene Ruiz. Y es que lo que sucede a nuestro alrededor se empequeñece cuando sabemos que en la Vía Láctea, nuestra galaxia, hay cien mil millones de estrellas, y que en el universo hay más de cien mil millones de galaxias. Ante esa magnitud sideral, los astrónomos se han asombrado del privilegiado lugar de nuestra Tierra.

La Tierra –que en el sistema solar ocupa una posición ni tan cercana al Sol como quemarse ni tan lejana como para congelarse– ha contado con una estrella estable y favorecedora de la vida, pero en 900 millones de años habrá evaporado toda el agua del planeta. ¿Dónde estará la humanidad en ese entonces, cuando la Tierra se haya convertido en un infierno? Chile ha sido una tierra propicia para la instalación de telescopios por su clima y porque “el cielo del sur contiene algunos de los objetos astronómicos más interesantes para estudiar cómo es el centro de nuestra propia galaxia, la Vía Láctea”.

De hecho, el centro de la Vía Láctea pasa por encima de la cabeza de los santiaguinos. Es impresionante constatar la indisoluble interconexión de lo viviente, como lo expresa Ruiz: “Pensar que los átomos del hidrógeno en mis lágrimas los fabricó el Big-Bang y que los átomos de calcio en mis huesos, el oxígeno en mi sangre y todos los elementos que forman parte de mí, todos fueron fabricados por las estrellas. ¡Somos sus hijos, hijos de las estrellas”. Acaso no fue una coincidencia que una estrella en el Oriente, la de Belén, según Mateo, haya guiado a los Reyes Magos para adorar a Jesús. (O)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s