‘Fahrenheit 451’ | Carolina Aguirre

Por Carolina Aguirre

(Publicado originalmente en diario El Universo, Guayaquil, el 12 de Junio, 2012)

 

Photo by Bailey Heedick on Unsplash (https://unsplash.com/photos/iVdQvS2uR9g)

Ha muerto Ray Bradbury, uno de mis escritores favoritos. Considerado “autor de ciencia ficción” a causa de sus obras más conocidas, nunca obtuvo el reconocimiento literario que su exquisita escritura mereció. Algunos críticos piensan que aquel es un género menor, de evasión. En realidad, la fantasía científica y la de terror son terrenos cenagosos, que muchos de los grandes han osado transitar y en los que solamente los buenos escritores sobreviven. Son terrenos para explorar metafóricamente lo inadmitido de nuestra condición humana y la compulsión de repetir algunos fracasos de nuestras organizaciones sociales y políticas. No puedo decidir mi novela o narración favorita de Bradbury, pero hay una obra suya escrita hace 60 años, que hubiera podido escribirse la semana pasada y en un país cercano. Me refiero a Fahrenheit 451.

En un futuro indefinido y perfecto, las casas son incombustibles y los bomberos no se ocupan de apagar incendios sino de quemar libros, periódicos y revistas. Los libros son subversivos: transmiten ideas y preguntas que perturban la felicidad de la gente. Los libros hacen pensar y los ciudadanos prefieren evitarlo. El gobierno ha instalado sistemas de televisión permanente y divertida para mantener la política del entretenimiento y el buen vivir a tiempo completo. La única palabra escrita que es tolerada es la que el gobierno controla y la que sirve para dar indicaciones a la gente. En este futuro, el bombero Montag conoce a la adolescente Clarisse, quien le propone preguntas desconcertantes. La joven pertenece a un grupo secreto que preserva los clásicos de la literatura universal mediante un método original. Entonces…

Es significante que las grandes distopías (antiutopías) literarias del siglo XX tengan coincidencias fundamentales. Me refiero a Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984, de George Orwell; y a esta novela de Bradbury. El eje de estas historias es la pretensión de algunos líderes y sus masas de que el totalitarismo es el sistema político perfecto. En estas narraciones, el poder instala un sistema “panóptico” de control que permite mirar al instante lo que hacen los ciudadanos. El control del pensamiento corre por cuenta de la censura, de la persecución de lectores y escritores disidentes, y de la instauración de discursos y eslóganes que remplazan a la opinión. La palabra escrita es potencialmente subversiva y se prefiere la viva voz del líder, que se transmite mediante una imagen que llega a todos los rincones del país.

Por la misma época que Bradbury escribió su novela, Hanna Arendt realizó su magistral disección del nazismo y el estalinismo como los totalitarismos mejor logrados de la historia. En ellos, el control de la prensa era absoluto y la destrucción y quema de libros, periódicos y revistas era promovida por el ejemplo de los líderes. El genocidio era una práctica extendida y el exilio era la alternativa. La palabra hablada del líder incendiaba los ánimos e incitaba a la acción, anulando la posibilidad de reflexión. El “prohibido olvidar” en realidad encubría el “prohibido recordar y pensar diferente”. Con seguridad no se repetirán regímenes como aquellos. Pero eso no impide que muchos sigan creyendo que el sistema político perfecto es aquel donde todos “piensan” igual, como condición para lograr una felicidad cuantificable mediante encuestas.

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