Fundación | Rosalía Arteaga

Por Rosalía Arteaga

(Publicado originalmente en diario La Hora, Quito, el 3 de marzo de 2011)

 

Los amantes de la ciencia ficción afirman que muchas historias futurísticas, más allá de sus virtudes o defectos literarios, contienen agudos comentarios sobre la sociedad.

Una de las obras que más ha influido en el género es la serie ‘Fundación’, escrita por Isaac Asimov, y de cuya primera publicación en forma de libro se cumplen 60 años en el 2011.

La serie se refiere a un futuro Imperio Galáctico en declive, y a los esfuerzos de un “psicohistoriador”, Hari Seldon, para crear dos “fundaciones” en planetas lejanos, dedicadas a preservar la civilización y evitar un largo período de barbarie.

Este psicohistoriador es un filósofo-matemático capaz de predecir el futuro de las civilizaciones. De esa manera, puede asegurar que el Imperio está al borde del colapso y que 30 mil años de barbarie seguirán a su caída.

La Primera Fundación preserva el saber tecnológico necesario para reemplazar al Imperio; sin embargo, la psicohistoria es incapaz de prestar atención a los individuos. Así que,de pronto, de la nada, aparece un líder carismático un poco desquiciado, con habilidades mentales extraordinarias que le permiten torcer la voluntad de las masas.

Este mutante, conocido como ‘El Mulo’, desbarata las predicciones y, gracias a sus poderes, se hace con un poder que hubiera sido impensable pocos años antes.

Pero Hari Seldon era consciente de sus limitaciones. Por eso, también creó una Segunda Fundación, llena de psicólogos, para intentar enfrentarse a los imprevistos de la historia. Esa Fundación logra vencer al líder carismático a través del conocimiento de la mente.

Es difícil leer sobre ‘El Mulo’ y evitar hacer analogías con algunas situaciones actuales. Además se puede entender por qué muchas veces perdemos el tiempo escuchando los diagnósticos y las predicciones de economistas, sociólogos y politólogos.

Quizás los medios deberían asesorarse más con psicólogos y psiquiatras, porque los problemas de muchas sociedades –sobre todo las que soportan regímenes autoritarios, como Libia – provienen de las particularidades mentales de sus líderes y no tanto de grandes tendencias, ideologías o principios.

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