“El cuento de la criada” de Margaret Atwood | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

(Publicado originalmente en revista digital Máquina Combinatoria, Quito, el 31 de enero de 2020)

 

En la distopía imaginada por Margaret Atwood hace más de treinta años, la vulva y el vientre femeninos son de propiedad estatal, lo que no parece muy distante de la realidad actual en la que los poderes imperantes siguen incidiendo sobre el cuerpo y el albedrío de las mujeres, al negarles, por ejemplo, el derecho al aborto o al viabilizar la violencia de género.

Los personajes femeninos de El Cuento de la Criada (Salamandra, 2017) poseen una gran fuerza interior y una actividad mental incesante, a tal punto que los ideólogos de Gilead, la nación teocrática en la que transcurren los hechos, no consiguen extirpar los recuerdos de aquellas que vivieron antes del advenimiento del régimen absolutista. La memoria de ese pasado junto al anhelo casi doloroso de romper las ataduras, constituyen el hilo conductor de una narración que sume al lector en el clima abrumador y oscuro propios del género distópico, haciendo que El Cuento de la Criada no desentone si se lo coloca junto a clásicos de la talla de 1984, Un Mundo Feliz o Fahrenheit 451.

En Gilead se ha propagado la infertilidad debido a ciertos eventos radiactivos, por lo que las mujeres fértiles como Defred, la protagonista, conviven juntas conformando una clase social de ínfima jerarquía, la de las criadas, quienes se encargan de copular cada tanto con el patriarca de la casa con la finalidad exclusiva de procrear hijos que serán entregados a la esposa del semental, misma que funge de testigo presencial del apareamiento. Extraña moral, pero en Gilead todo resulta ambivalente.

Se sabe que los alucinados por el poder se especializan en dictar cánones de todo tipo y, en tal sentido, la autora canadiense pone en el tapete la necia aspiración de los totalitarios que pretenden forjar sociedades estandarizadas y sumisas, olvidando que, pese a toda coerción, las ideas, emociones, razones y pasiones son consustanciales a la especie humana, articulando estas de forma inevitable las singularidades individuales.

Como era previsible, el formateo al que Defred es sometida termina siendo otro intento fallido que evidencia la torpeza de los gobernantes. Más bien, Defred encuentra un resquicio de libertad en el solo acto de pensar, de desear, de añorar, de conspirar. Es ella quien al final gana la pulseada, y su triunfo no es menor ya que funciona como un potente dispositivo antitotalitarista.

“Nolite te bastardes carborundorum”, es decir, “No dejes que los bastardos te carbonicen”, es el mensaje que Defred halla escrito en alguna parte y que se convierte en el mantra al que se aferra para resistir a las circunstancias que le han sido impuestas. ¿Al final ella es arrestada o salvada? Ya no importa, porque el relato ha cumplido a cabalidad el objetivo de pintarnos la brutal represión al que las mujeres-criadas fueron condenadas. Pero también porque ha quedado sembrado el germen de la esperanza y la liberación: “Nolite te bastardes carborundorum”.

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