“Elementos dispares”: conjuntando realidad, irrealidad y lo real | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

(Publicado originalmente en revista internacional Amazing Stories, Hillsboro, NH (USA), el 18 de marzo de 2020; vuelto a publicar en el blog del autor, Todo Iván Rodrigo Mendizábal, Quito, el 19 de marzo de 20209)

 

Francisco Proaño Arandi, notable escritor ecuatoriano, nos introduce al terreno que conjunta la realidad, la irrealidad y lo real, casi como si se tratase de una crónica de los tiempos modernos, en su libro Elementos dispares (Velásquez & Velásquez editores, 2015). Se trata de un libro de 11 cuentos que bordean diversos géneros literarios. Quizá el tono que hay entre ellos sea el de un realismo onírico que raya con el realismo de la ciencia ficción. El libro viene además con sugerentes ilustraciones del artista Ernesto Proaño Vinueza.

Respecto con los que tienen que ver con el realismo onírico, es decir, eso que para algunos es el realismo mágico y para otros el suparrealismo, habría que señalar una característica particular. Esta es: implica que dentro de los cuentos el registro irreal, el registro del sueño parece sobreponerse al plano de la realidad, creando una atmósfera a veces contradictoria, inquietante, como si fuera, por otro lado, algo habitual, sin que necesariamente cause asombro como podría pasar en lo fantástico.

Es así como hay cuentos donde uno se pregunta si es la realidad precede al sueño o, si se quiere, lo ya soñado anticipa o es una especie de memoria de un asunto acaecido en la realidad que narra el cuento. El primero, el de más larga extensión y el que da el título al libro: “Elementos dispares” en este contexto, es un ejemplo. En este, aunque prevalece la estética del cuento policial, Proaño Arandi juega con el lector a hacerle creer que lo que se investiga ya fue soñado. Pero lo que más fascina es que incluso el personaje de quien se habla, el narrador al cual se refiere el que inaugura el cuento, a su vez está anticipando lo que puede sucederle en su destino, en su futuro, a quien descifra el enigma, el mismo narrador inicial. Y es la pregunta en el cuento: “¿Cómo acusar de algo sucedido en la órbita de lo real a alguien que no está aquí, entre nosotros, sino, por decirlo de alguna manera, en lo no-real, en esa irrealidad que, si bien parece situarse en zonas contiguas a nosotros, o pervive adherida a nuestra más profunda intimidad, es, siempre, otra, distinta?”, la que puede servir de clave del mismo libro Elementos dispares. Porque el problema es esa lábil frontera entre la realidad, la irrealidad, lo real, problema que tiene que ver, asimismo, con uno de los asuntos de la posmodernidad: el borramiento, la confusión entre los planos de la realidad y de lo sensible. De pronto, uno se pregunta: ¿lo que vivimos es una realidad? Es decir, ¿es producto de qué? ¿Es lo real? ¿Está intrínsecamente fundado en una verdad? ¿Es apenas la imaginación de lo que pretendemos algo como real, cuando posiblemente no lo es? Como se aprecia, uno puede plantearse diversidad de preguntas que pueden suponerse como inquietantes.

Una cosa es determinante: la realidad es una creación humana, es una creación social y subjetiva. Quizá habría que recordar algo de las teorías de de los fenomenólogos y también de los construccionistas. En todo caso, Proaño Arandi nos estaría enfrentando a saber incluso si lo que se percibe o lo que se cree como algo cierto, es una verdad. “Habitantes” nos pone en el caso de ver a un mendigo como una entidad amorfa, como un espectro en un punto de una esquina, en una calle cualquiera. La cuestión es haberlo percibido en un momento cuando uno lo ha ignorado por completo a lo largo de los cotidianos pasos por la esquina o la calle. Y el asunto es, una vez concienciado la presencia de una entidad, imaginarlo dentro de la posibilidad de un encuentro. Nuevamente la realidad se muestra imaginaria, articulada por capricho, por necesidad, por razonamiento para ordenar las cosas dentro de uno mismo. Y, ¿no será este hecho la cuestión de dota de sentido la realidad que todos los días articulamos? Cuando se camina, se pretende que las cosas han estado allá, y cuando se verifica su existencia, nos conformamos, pero cuando falta, de pronto puede sobrecoger la inquietud y querer saber si lo que pensamos como realidad, de pronto estaba en lo no real.

Con solo estos dos ejemplos, caemos en cuenta que la realidad y lo real conviven, si se considera a la primera como imaginación y al segundo como sombra de la cual no tenemos conciencia sino hasta que rebuscamos, por necesidad explicativa, el origen de una determinada verdad. Y es que, en el intersticio, en la fisura, que aparece lo no real, lo real. El cuento “La fiera” podría ser la propuesta de esa cuestión intersticial que pone en duda la certeza de lo cotidiano, del trabajo cotidiano, de lo que se podría denominar lo rutinario. La fiera es lo real, esa que hace sonsacar el encanto que habría primado en una primera relación y que de pronto se agota en eso que Proaño Arandi anota –en el cuento– como una afirmación incisiva: “el futuro atroz en cuyo nombre [uno agota] el presente”.

De pronto nos damos cuenta de que Elementos dispares tiene que ver con los cambios de temporalidad. Proaño Arandi es consciente de relativizar el tiempo. Quiere que nos desentendamos de la noción materialista del tiempo: de esa idea lineal que nos somete de un tiempo que nace, deviene y termina; o de un tiempo que se recuerda y el que se vive. El sueño, en el contexto, del realismo onírico parecería ser anticipatorio. Pero ¿qué pasa con pensar en el tiempo como un instante y como una eternidad dinámica, conjuncionada? “Migración”, en este marco, es un cuento sobre la asunción psicológica y espiritual del deterioro. Proaño Arandi dice, además –en su narración–, que “no tenemos la experiencia de la eternidad, y lo más parecido a ella que encuentro es la soledad”. Es la espera que desata al haberse dado cuenta que uno ya no es el mismo que antes. O es la espera del cambio que se suscita si saberlo.

Convengamos que, si el tiempo se relativiza, y si se tiene la convicción de que presente-pasado-futuro –en el orden que queramos ponerlo– es un solo acontecimiento, todo se conjunta. Sin embargo, lo que lo somete, es el espacio. Y es en este sometimiento, si se quiere, que renace la idea de ordenar, de organizar, por poner una duración. ¿Nos situamos en el plano de la entelequia? Esto es, ¿en sentido de una “actualización”?

Tal cuestión ya nos pone en el contexto de la ciencia ficción –y eso que lo descrito hasta acá, eso del realismo onírico, ya tiene mucho de ciencia ficción–. El cuento “Vendrá la visita”, sobre una pareja de esposos, una enferma, el otro que le atiende hasta que llega el doctor, nos pone, primero, en una paradoja: ¿qué pasaría si la esposa que está enferma en un plano, en el otro está sana? Y segundo, en este tema de la entelequia: ¿qué pasaría si cuando hemos constatado que la esposa está sana, aún queda la imagen, fantasmática, real, problemática, de la esposa enferma? En dicho cuento el narrador articula ese doble juego, relatando, a la vez, la conformación del doble. ¿Es Marta-1 semejante a Marta-2? ¿La primera es real y la segunda la realidad, o a la inversa? ¿La una, es la faceta del deseo, mientras la otra, del desencuentro?

Estas mismas preguntas se pueden hacer alrededor del cuento “Anagrama con Melissa”, acerca de un matrimonio donde el esposo realiza lo que se podría decir el “extrañamiento” de su esposa, a sabiendas que vive con él. El esposo lo cuenta a su médico, va indicándole cómo cada vez le parece extraña, distinta, acaso un cuerpo habitado por otra entidad, un cuerpo que simula ser el cuerpo de su real esposa. ¿El acontecimiento de la vida y de la muerte no es acaso una entelequia? José Lezama Lima ya lo había sugerido en “La egiptización americana” en 1944 (ver: J. Lezama Lima, Poesía y prosa, antología, Verbum, 2002, selección de Iván González Cruz).

Y así encontramos un cuento de ciencia ficción que utiliza las estrategias señaladas: una realidad –en algún momento de la vida planetaria– donde las ratas han infestado las ciudades y han puesto en riesgo la vida de las poblaciones. Hay escuadrones que limpian las calles usando rayos láser, provocando no solo la muerte, sino también la desintegración de dichos animales. La medida es necesaria en tanto ratas infectadas o no deben desaparecer. Pero ¿qué pasaría si alguien de los escuadrones plantea que, al igual que las ratas, los miles de mendigos, son los portadores del mal? El tiempo-espacio de la ciudad se ha detenido, se ha organizado según el esquema de la inmunización –¿no es acaso eso que ahora estamos viviendo en varias ciudades y países con la expansión del virus covid-19?–. La vida se conforma produciendo esa sensación inicialmente onírica, digamos ahora, pesadillesca, de caminar en medio del mal como atmósfera o del mal viral como aire. Y luego están los Otros, los desplazados, los abandonados a la suerte, esos que viven en los recovecos de las calles y de los edificios, que, vistos como portadores del mal, deben ser igualmente aniquilados. De pronto nos damos cuenta que el doble, que el Otro, es monstruoso; el yo aniquilador ejerce la violencia tecnocientífica sobre el monstruo.

Elementos dispares es un interesante libro de cuentos: provoca, hace que nos preguntemos acerca de cómo ideamos la realidad, de cómo nos escapamos de lo real, de cómo, a veces, se confunden lo irreal con lo real, de cómo el tiempo-espacio se disuelven. En este sentido, Proaño Arandi recupera un fundamento básico de la ciencia ficción que también lo discute José Ignacio Ferreras en su La novela de ciencia ficción (Siglo XXI, 1972): que la ciencia ficción es un género realista que, en su intento de luchar contra la vaguedad de las relaciones sociales, pone en suspenso, en duda, las estructuras de la realidad, del mundo establecido, queriendo con ello desentrañar, explicar la verdad.

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