“Elementos dispares” de Francisco Proaño Arandi | Bruno Sáenz

Por Bruno Sáenz

(Originalmente publicado en revista Rocinante, no. 86, marzo de 2016, pp. 66-67, Quito)

 

Francisco Proaño, autor de novelas hasta cierto punto laberínticas, que no rehuye las exigencias del relato de aprendizaje ni, en su penúltima obra publicada (Desde el silencio), las complejidades psicológicas y las perplejidades de la novela negra, da a la imprenta esta vez, bajo el sello Letraviva-Juvenalia, una serie de once relatos que, si bien pueden ser leídos por los jóvenes, distan de inscribirse en una tradición de literatura clasificable por edades. No solo la habitual destreza del autor sino ciertas constantes temáticas identifican al libro con los anteriores de Proaño (la presencia misteriosa y opresiva de la ciudad, las interrogantes acerca de la personalidad y su unidad acaso discutible, la importancia concedida a la atmósfera, a ratos por encima de la historia…), pero en el presente caso quedan un poco de lado los vericuetos de la historia y la genealogía, las complicadas concepciones urbanísticas (interpretación literaria de una realidad), para alcanzar un equilibrio mayor entre el ambiente y el relato, ya claramente anunciado en Desde el silencio y tendencia creciente en algunas de las creaciones anteriores.

El asunto más evidente, puesto que invade cuentos ya muy distintos, ya prácticamente paralelos, puede ser la duplicación del yo, la invasión de la locura o de recovecos insospechados de la existencia, habitualmente destructores precisamente por ignorados, por su residencia no solo en el inconsciente sino en un plano inalcanzable racionalmente de la realidad; o puede ser el miedo ante la probable disociación de la personalidad, empujada por fuerzas oscuras tanto como por la alienación opresiva de la ciudad indiferente y multitudinaria. Ocasionalmente, el autor roza la pura fantasía (si ha de llamarse de ese modo a la respuesta de las letras a oscuras intuiciones, a inquietantes llamados de la imaginación que, a todos, alguna vez, nos han asaltado): el jardín recupera a su criatura; lo humano vuelve a ser naturaleza… Con frecuencia, el asalto del “yo es otro” acompaña, deteriorándola, a la relación de la pareja. Más raramente, en Elementos dispares, narración ambiciosa que presta su título a toda la publicación, las paradojas del relato negro se integran a las premoniciones de uno de los personajes. Podría pensarse, pero no creo conveniente afirmarlo, que la personalidad escindida arroja algunos de sus tentáculos al azar diurno y a la reconstrucción del sueño, para provocar la integración de causas (dispersas, arbitrarias) y efectos que no es propia de la vida cotidiana. Por allí, en otro momento, la presencia negativa no es sino la encarnación del medio social, como intrusión o como captura.

Casi como una excepción, Proaño toca de pasada el motivo de las “coincidencias significativas” (¿qué significan, Doctor Jung?), estrechamente atadas a la fugacidad que les da y les retira el sentido. El relato final, alejado de la tendencia negra, con seguridad el más próximo a la vena poética del escritor (inició su carrera con un libro de lírica), “Hombre llegado del mar”, resucita el episodio de Odiseo náufrago y de Nausicaa, anuncio de unos amores que no florecerán, que se limitarán a las palabras alusivas del ciego Homero, trasladándolo a Limones, Esmeraldas… Aquí, el motivo del doble cobra un carácter atemporal. La separación del hombre llegado del mar y de la lugareña mima los versos homéricos, enriqueciéndolos con una sospecha, con un melancólico dejà vu. La referencia literaria, por supuesto, habla al lector avisado. El misterio, el momento circular, la intuición incomprobable, a los personajes del relato.

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