El arte del encantamiento: Bradbury y el cine

Cartel del film "The Beast from 20,000 Fathoms" (1953) de Eugéne Louire.

Cartel del film “The Beast from 20,000 Fathoms” (1953) de Eugène Lourié.

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Ray Bradbury era un aficionado al cine. Desde muy niño, él cuenta, que iba a ver películas mudas con su madre, a quien iba a buscar en las salas de cine y se quedaba con ella para admirar las imágenes silentes, los movimientos de personajes envueltos en sombras.

Un cuento de su libro, Las maquinarias de la alegría (1964), “Tirannosaurus Rex”, precisamente nos pone ante el gusto por el cine, pero desde otro lado: el de los silenciosos creadores de los espectáculos visuales que, alguna vez en su niñez, le asombraron.

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En “Tirannosaurus Rex” un especialista en animación consigue un trabajo en un estudio; el contrato es para hacer una película de monstruos animados. Como todo lo que implica el aspecto creativo, el cuento muestra la dedicación de ese animador, quien diseña, elabora, construye los monstruos antidiluvianos, les pone el paisaje respectivo y empieza a rodar en condiciones problemáticas. Tales condiciones son un reducido presupuesto, la presión del estudio de cine, la ida y venida de sus ejecutivos para controlar el producto, la falta de pago o el no reconocimiento de su labor creativa. Todo esto último lo representa el dueño del estudio, quien, se muestra terrible, tiránico, quemeimportista de la obra; su objetivo es el dinero. Durante el proceso, este se queda perplejo por un dinosaurio diseñado y construido, del cual, a toda costa, quiere quedarse, incluso señalando que es su bebé. En la medida en que se narra el cuento nos damos cuenta de la tirantez entre el animador, Terwillinger, y el dueño del estudio, Clarence, y cómo este trata mal a su contratado y quiere quedarse con el monstruo de miniatura del film. El resultado es que en una de las pruebas, Clarence descubre que el monstruo se le parece y entra en cólera. Su abogado trata de mediar y encuentra la solución asombrosa: el monstruo y la película que Terwillinger rueda es un homenaje a Clarence, el gran potentado del cine, el gran tirano de la industria.

El cuento es sencillo pero con una claridad tal que hace imaginar todo ese proceso creativo versus el proceso industrial en juego. En un caso, se trata de un trabajo manual, dedicado, largo, de mucho cuidado. Pienso en el arte tradicional de hacer animación hace ya muchas décadas, con muñecos elaborados en diferentes materiales y que dieron lugar a piezas cinematográficas hoy vistas como maravillosas, diferentes y radicalmente opuestas a lo que ahora se hace con las computadoras. Pienso en el viejo arte de animar objetos, cosas, con la paciencia y la dedicación milimétrica de un artesano. En el otro caso, se trata de la industria, con sus procesos administrativos y sus funcionarios que solo miran el producto y el rédito, independientemente de la calidad de los filmes. Pienso, en muchos filmes que, por la exigencia de efectos especiales –a veces vanos–, terminan abandonando su veta argumentativa, hasta ser completamente olvidados, precisamente por ello, por el énfasis en el ruido de los efectos, antes que en el potencial de su comunicación.

Pero volvamos al cuento en cuestión. Bradbury tiene la maestría de evocar los dos lados del cine: el uno, ligado al encantamiento, a la ilusión, a los fantasmas de las imágenes, donde estos y otros aprisionan, llevan a que nos perdamos en el espacio infinito de los sueños vivos; el otro, conectado con la idea de que el cine también erige monstruos. Pues de eso se trata, el arte del encantamiento hace que veamos en las pantallas naves espaciales “reales” cuando en realidad son maquetas u objetos a escala como es el caso de la preproducción de Blade Runner (1982) de Ridley Scott. Muchas películas, aunque recurran ahora a los efectos computacionales, no han abandonado los modelos a escala y hay quienes siguen haciendo animación a mano, cuadro por cuadro.

El cuento de Bradbury desde ya evoca al trabajo de Ray Harryhausen (1920-2013), con quien tuvo una larga amistad y además formó en 1939, junto a otro escritor, Forrest J. Ackerman, la Liga de la Ciencia Ficción. Harryhausen empezó su trabajo en la década de 1940 y luego fue ganándose un sitial en las producciones hollywoodenses. The Beast from 20,000 Fathoms (1953) de Eugène Lourié, fue el punto inicial donde se vio el trabajo creativo y completo de Harryhausen, pero también el interés por escribir guiones por parte de Bradbury, pues en realidad dicha película se basó en el cuento “The Fog Horn”, el cual originalmente se tituló “The Beast from 20,000 Fathoms”, publicado en 1952, que además contenía una ilustración de un dinosaurio, modelo que inspiró el trabajo de Harryhausen.

Técnica de animación antigua empleada por Ray Harryhausen. Fuente: http://www.rayharryhausen.com/dynamation.php

Técnica de animación antigua empleada por Ray Harryhausen. Fuente: http://www.rayharryhausen.com/dynamation.php

 

Imagen inicial del registro. Fuente: http://www.rayharryhausen.com/dynamation.php

Imagen inicial del registro. Fuente: http://www.rayharryhausen.com/dynamation.php

 

Cine y literatura están imbricados o, si se quiere, son imágenes de cosas que cobran vida por las palabras o imágenes mentales que cobran vida por la animación técnica. Es decir, en un momento, cine y literatura, imágenes de imágenes, ya sean poéticas o de ilusiones, parecen borrarse en las obras de Bradbury y Harryhausen.

De algunos de los cuentos y de las novelas de Bradbury se hicieron películas y series de televisión desde 1950. Tras su muerte en 2012, aún se aprecian las obras suyas llevadas al cine y otras que se anuncian. Pero se cuenta al menos 89 acreditaciones de Bradbury como guionista o autor en teleseries, en mayoría, y en ciertos filmes. Por ejemplo, hizo el guion de Moby Dick (1956) de John Huston, una adaptación de la monumental obra de Herman Melville; lo mismo que hizo los guiones para algunos capítulos de la serie de Alfred Hitchcock Presenta. En la ciencia ficción, también escribió el guion de It came from outer space (1953), de Jack Arnold.

Habría que preguntarse entonces, por esas “traducciones” entre el cine y la literatura, traducciones harto conflictivas. Bradbury, cuando se involucró con el proyecto de Moby Dick, reconoció que el mundo del cine tenía otro lenguaje, pero el desafío de pensar en imágenes también le era inquietante y eso, de alguna manera, también estaba ya en sus primeros trabajos, cuentos que iba publicando en periódicos y revistas. Si leemos una obra de Bradbury, en efecto, estamos leyendo literatura, pero, por la destreza de su estilo, también podemos pasar al mundo de las imágenes. Por ello, Las maquinarias de la alegría, es un conjunto de cuentos variopintos, con diferentes estéticas y géneros, entre ellos los de ciencia ficción; pero sobre todo es un libro que, como su título lo sugiere, evoca a los procesos de pensamiento, a las maquinarias de la alegría, es decir, sistemas de procesamiento emotivo y existencial.

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