Una cabeza parlante en Quito

Por Susana Freire García || susanafg22@yahoo.com

(Publicado originalmente en diario La Hora, Quito, el 28 de agosto de 2016)

“Este invento surgido en Europa era una especie de autómata que imitaba la figura y los movimientos de un ser animado”.

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ILUSTRACIÓN. Una imagen de época que demuestra cómo se publicitaba.

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Ahora que vivimos rodeados de tecnología, el hecho de asombrarnos resulta difícil o efímero dada la saturación de nuevos inventos. Claro que las cosas no siempre fueron así, más aun en el Quito de principios del siglo XX, en el que las “novedades” de variada índole tardaban en llegar.

Lo bello de aquel entonces era la ilusión con la que el público esperaba a las mismas, convirtiendo la espera en un caldo de cultivo interesante para las conversaciones en las plazas, los llamativos titulares de la prensa, y los imaginarios citadinos.
Algo así sucedió cuando el empresario italiano Carlos Valenti, con motivo de las celebraciones por el 10 de Agosto, trajo a Quito un acto fuera de lo común. Si bien él era conocido por la proyección de sus famosas vistas, esta vez se arriesgó a sabiendas que podía recibir críticas.

Ya la prensa se encargó de anunciar que el señor Valenti rivalizando con los mejores taumaturgos, iba a realizar un verdadero “prodigio” al hacer hablar a una calavera. Se advertía además que este acto nada tenía que ver con el espiritismo para tranquilidad de las beatas. La calavera en realidad no era otra cosa que una “cabeza parlante” con ojos de vidrio y cabello humano.

Este invento surgido en Europa era una especie de autómata que imitaba la figura y los movimientos de un ser animado. Una de las más famosas fue la diseñada por Roger Bacon hecha de latón, o la de Alberto Magno con forma de mujer.

La peculiaridad de estas cabezas es que contestaban con un sí o no ante las preguntas que se les hacía, gracias a un sistema de tubos de órgano que podía reproducir el sonido de las vocales. Algunas de ellas daban consejos o predecían el futuro, desdibujando con ello la línea entre lo imaginario y lo real.

Retomando nuestra historia, vale decir que el público quiteño llenó las instalaciones del Teatro Sucre el 14 de agosto de 1906 para disfrutar del programa organizado por Valenti, quien informó sobre una variación en el orden de los actos, colocando en primer lugar al número de la cabeza parlante.

Cuando el italiano apareció en el escenario con la misma, las reacciones fueron diversas. Unos se asustaron y otros se burlaron. Ayudado de un mecanismo especial, Valenti hizo mover a la cabeza parlante al mismo tiempo que entabló un diálogo con ella. La gruesa voz del autómata retumbó en el interior del teatro haciendo que más de uno saltara de su silla.
Posiblemente el temor hizo que la mayoría de los presentes exigieran a Valenti que mas bien diera paso a la proyección de las vistas. En el ambiente permaneció la sensación de no poder expresar con palabras la vivencia de estar ante un hecho más mágico que real, sobre todo en un Quito que apenas empezaba a conocer los progresos científicos. Sin embargo esa mirada inocente quedó impregnada en el tiempo, esa que tanta falta nos hace ahora….

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