¿Por qué la literatura?

Ojeda_Libro

Por Mónica Ojeda Franco

@MonaOjedaF

(Publicado en revista digital, GkillCity.com, Guayaquil, el 5 de agosto de 2013)

Preguntarnos por qué la literatura a estas alturas puede parecer reiterativo; una pregunta con respuestas múltiples y todas circunscritas, de una u otra manera, a dos lugares comunes: a) porque es arte y nos conmueve y b) porque aporta/genera conocimientos. No pretendo negar ninguna de estas posibles respuestas —tampoco otras tantas que pueden derivar de ellas—, sino desentrañar sus implicaciones para, quizás de ese modo, abriendo su léxico tan familiar y a la vez tan difuso para nosotros, intentar despojarlas de su condición de frases repetidas de forma automática generacionalmente. En otras palabras, trataré de hacer lo que muy pocas veces se hace con los lugares comunes: pensarlos.

Mi intención en este texto será, entonces, la de pensar “¿Por qué la literatura?” —a pesar de que no se trata un cuestionamiento intrincado— y lo haré porque, precisamente por su aparente simplicidad, es una interrogante poco frecuente y de respuestas que no suelen incitar a una mayor reflexión. “Porque es arte” y “Porque nos enseña algo” parecen ser respuestas que se explican a sí mismas. ¿Qué más hay que reflexionar detrás de estas respuestas casi institucionales?

Richard Rorty, en dos capítulos de su libro Contingencia, ironía y solidaridad (1991), aborda a dos escritores que en un principio, por la distancia entre sus poéticas, podrían parecer irreconciliables: Nabokov y Orwell. El primero era un apasionado defensor de la separación entre literatura y compromiso social:

…Lolita no lleva moraleja alguna. Para mí, una obra de ficción existe sólo en la medida en que me proporciona lo que lisa y llanamente llamaré delectación estética (…) Todo lo demás o es hojarasca de lugares comunes o lo que algunos llaman literatura de ideas, la cual con mucha frecuencia es hojarasca de lugares comunes… [1]

El segundo, por el contrario, defendía la importancia de su unión:

No se puede experimentar un interés puramente estético por la enfermedad que a uno le está matando; no se pueden tener sentimientos desapasionados por un hombre que está a punto de degollarlo a uno. (…) Ese período de más o menos diez años en el que la literatura, incluso la poesía, se mezclaba con lo panfletario, hizo un gran servicio a la crítica literaria porque destruyó la ilusión de un esteticismo puro (…) Derribó de su pedestal al arte por el arte. [2]

Empecemos, pues, con la primera respuesta automática de “¿Por qué la literatura?”: porque es arte. Los dos discursos opuestos de Nabokov y Orwell nos llevan a preguntarnos: ¿el arte es esteticismo o compromiso? Lo más evidente, y lo más correcto, en mi opinión, sería decir que se trata de la confluencia de ambas cosas. Eso es una obviedad, pero es aquí en donde encontramos un pozo en la respuesta automática de “porque es arte”; si la literatura es esteticismo y también compromiso, ¿a qué nos compromete? ¿Cuáles son los límites entre arte y panfleto, literatura y moraleja?

Tal vez sea aquí, en este punto, en donde podamos quebrar un poco el léxico automático que nos viene a la mente cuando nos preguntamos “¿por qué la literatura?”. Tengamos en mente la segunda respuesta automática: “porque nos aporta/genera conocimientos”, esto es “porque nos enseña algo”. Es común separar los libros de formación de los libros literarios, es decir, aquellos que nos educan de aquellos que son arte y que sirven al deleite estético, pero este deleite puede estar a servicio de la formación, como creía Orwell. Esto vuelve, en efecto, más difuso el debate entre literatura y la “hojarasca de lugares comunes”. Es por eso que me interesa reflexionar sobre la forma particular que tiene la escritura literaria de ser arte y conmovernos y de aportarnos/generarnos conocimientos.

La victoria final de la poesía en su antigua disputa con la filosofía —la victoria final de las metáforas de creación de sí mismo sobre las metáforas de descubrimiento— residiría en nuestra reconciliación con la idea de que ésa es la única especie de poder que podemos esperar tener sobre el mundo. Porque ése sería el rechazo final de la noción de que la verdad, y no sólo el poder y el dolor, pueden hallarse “ahí afuera”. [3]

La literatura y su capacidad —y además obligación— de trabajar con las metáforas de creación de sí mismo, esto es metáforas que nos ayuden a entendernos en determinados contextos, metáforas que necesariamente irrumpen en el lenguaje manido con el que nos definimos a nosotros mismos, con el que nos describimos y describimos el mundo, es esteticismo y compromiso en esencia. Su fuerza radica en la redescripción y, a veces, en la creación de nuevos léxicos de expresión y, por lo tanto, nuevas formas de entender. La literatura no nos pone un determinado conocimiento en las manos, nos da las herramientas para construir ese conocimiento, nos conmueve porque nos saca del uso habitual de nuestro lenguaje de confort y nos hace desestructurarlo, nos permite nombrar lo innombrable.

Carlos Thiebaut, en Literature and Harm Experiencies, reflexiona sobre la capacidad de la literatura —no su única capacidad, por supuesto— de nombrar el daño, construir un testimonio, crear un léxico para entender y asimilar algo ocurrido. En este sentido cita a autores como Ajmátova, Coetzee, Celan, entre otros que, al describir y crear un lenguaje para el horror, el daño, el sufrimiento, han logrado nombrar lo que parecía innombrable y, de ese modo, develarlo ante otros que no lo han avistado.

Nabokov y Orwell, con dos sensibilidades diferentes, también representan dos distintas, pero no opuestas, formas de literatura: “1) libros que nos ayudan a advertir los efectos de las prácticas y las instituciones sociales sobre los demás, y 2) los que nos ayudan a advertir los efectos de nuestras individualidades privadas sobre los demás”. [4]

1984 de Orwell pertenece al primer tipo, mientras que Lolita de Nabokov al segundo. Si bien Orwell, vinculando compromiso con literatura, creó una distopía en donde pretendía develar, por medio de la creación de un nuevo léxico, los horrores de un estado totalitario, de sus intelectuales al servicio de la institución, Nabokov en Lolita mostró, tal vez sin quererlo —iba en contra de su amor puro por el esteticismo—, la capacidad del intelectual para ser indiferente al dolor de otros y, por lo tanto, para ser cruel.

Entonces, ¿Por qué la literatura?: porque sólo ella, violentadora de los lenguajes viejos y canónicos, puede abrirnos los ojos ante las disfuncionalidades de nuestro propio léxico, de las nociones que tenemos por válidas e inamovibles. No sólo la literatura de denuncia es comprometida; toda obra literaria importante ha develado algún tipo de opacidad, ya sea social o perteneciente a nuestra individualidad y, por lo tanto, tiene una vocación de, en palabras de Rorty, “desdivinizadora del yo y del mundo”.

Notas

[1] Richard Rorty, La crueldad en Nabokov, Contingencia, ironía y solidaridad. Paidós, 2011. Madrid, Págs. 162-163.

[2] Ibid. Pág. 163.

[3] Ibid. La contingencia del yo. Pág. 60.

[4] Ibid. La crueldad en Nabokov. Pág. 159.

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