Jirones del ‘Quijote’ en ultramar

Por Javier Aparicio Maydeu

(Publicado originalmente en el diario español El País, el 15 de julio de 2006)

El narrador ecuatoriano Alfonso Barrera Valverde ha prolongado la vida del escudero de don Quijote en Sancho Panza en América o la eternidad despedazada. Un ejercicio literario que es también una historia de Ecuador desde el siglo XVII.

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De la Vida de Don Quijote y Sancho de Unamuno a Calvino, Auster o Barth se cuentan por docenas los autores que han destilado su narrativa en el alambique del Quijote. De un modo u otro, técnica y personajes de la obra maestra cervantina se han ido reencarnando una y otra vez en la literatura contemporánea. A esta larga lista habría ahora que añadirle la contribución del diplomático ecuatoriano Alfonso Barrera Valverde con Sancho Panza en América o la eternidad despedazada (Alfaguara Ecuador), que ha preferido alargarle la sombra a Sancho y no a su señor hidalgo.

Barrera imagina las andanzas de Sancho en el Nuevo Mundo muchos años después, ante el pelotón de personajes que se le encaran por las callejuelas del casco antiguo de Quito. Sancho Panza en América no es una excusa para exhibir un dominio de la lengua áurea, ni el pretexto para una enésima reinterpretación, ni una reescritura ni un ejercicio de estilo sabiondo, ni siquiera un estallido de ingenio a propósito del Quijote, sino, como confesó en una entrevista su autor, “un ejercicio, en plan de juego, que realicé con un grupo de profesores de Literatura. Esta primera versión no pasaba de dos páginas, que ahora se han convertido en más de doscientas”.

El mencionado divertimento le da pie a Barrera a sumarse a los juegos cervantinos de la novela que ha inspirado su relato, la confusión libresca entre la realidad y la ficción, la travesura de travestir autores, narradores y editores de un manuscrito hallado , los anacronismos o el interés por redactar una ‘Introducción’ que dispone las cartas del texto sobre la mesa del lector.

El autor disfruta asimismo con el ardid de sentar el Quijote a la mesa de la tradición junto a los autores contemporáneos que trae a colación, de Bryce Echenique a la Yourcenar o a Kundera, a los personajes de Rousseau y Voltaire que comparten con don Quijote veleidades viajeras, y a quienes comparten con Sancho la soledad, el analfabetismo, la inmortalidad o la cara grave de la vis cómica.

Recorrerá el lector de este libro, de forma fragmentada y discontinua, como corresponde a la estructura con la que está compuesto, la historia de Ecuador desde el XVII y los modos y maneras del Siglo de Oro. Y recordará, sobre todo, que los textos nacen siempre de otros textos que los inspiran y que, para mal o para bien, como dejó dicho el maestro Ayala, en Cervantes y Quevedo, “en cierto modo, cuantos, después de Cervantes, han intentado novelas a lo largo de cuatro siglos y medio, han estado reescribiendo el Quijote”.

La manipulación cervantina que tenemos entre manos, Sancho Panza en América, es un juguete literario de altas miras y corto vuelo.

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