Mutaciones singulares: las tres ecologías de Félix Guattari | Daniel Félix

Por Daniel Félix

(Publicado originalmente en revista Cartón Piedra, diario El Telégrafo, Guayaquil, el 01 de Marzo de 2015)

 

De la misma manera que unas algas mutantes y monstruosas invaden la laguna de Venecia, las pantallas de televisión están saturadas de una población de imágenes y de enunciados ‘degenerados’. Otra especie de alga, que en este caso tiene que ver con la ecología social, consiste en esa libertad de proliferación que ha permitido que hombres como Donald Trump se apoderen de barrios enteros de New York, de Atlantic City, etc…

(Las tres ecologías, 1989, p. 34)

 

Un pulpo recogido del puerto de Marsella —dentro de una pecera llena de un agua corrompida y turbia, el hábitat de este ejemplar octópodo que Alain Bombard(1) había recolectado—, en televisión, es trasladado de la pecera ennegrecida a otra de agua de mar limpia.

Este experimento —en el que el animal sucumbe en breve tiempo, se apaga y muere—, ilustra y cuestiona el escenario complejo que en la actualidad experimentamos a toda escala, como seres humanos que se relacionan entre sí, y como seres vivos sujetos a procesos internos y externos de crecimiento, cambio, adaptación y supervivencia: en síntesis, todos esos asuntos medioambientales que hoy ocupan palestras y agendas globales, sin todavía alcanzar esa proposición paradigmática —quizá no exista— que resuelva semejantes ardides; pero además, en la figura del pulpo marsellés, un sondeo sobre el concepto convencional de naturaleza —ese romántico que la concibe como una sinfonía y un equilibrio casi metafísico del mundo y la vida(2)—, cuyos resultados bien pueden ser análogos a la situación contemporánea del hombre moderno, envuelto en procesos de desarrollo científico-tecnológico que en forma acelerada están cambiando la forma de entender y habitar el cosmos.

La ecología, que en su raíz griega oikos describe el vínculo entre el hombre y su hogar, ha recorrido en las últimas décadas diferentes trayectorias conceptuales que ponen en escena prácticas aisladas y heterogéneas. Desde tendencias económicas en las que lo ecológico tiene que ver con la administración y distribución de recursos; pasando por conceptos filosófico-biológicos como el de James Lovecock(3); hacia postulados revolucionarios (también podría decirse, como arriba, románticos) que entienden las relaciones entre el medioambiente y el hombre como un ring donde el más victorioso, hasta ahora, es el capitalismo; e incluso otros más sentimentales que auguran un retorno a la sociedad primitiva y, de paso, al vegetarianismo y la piedad como principios de las relaciones entre los seres vivos. Trayectorias cuyo principal punto en común es la desvinculación entre una y otra.

Hay que asumirlo: en estos tiempos, el concepto de ecología ha experimentado un sinfín de desterritorializaciones y resignificaciones, que parten de aquella errata por la cual las definiciones acontecen no por el vínculo que junta el sujeto y el objeto, sino por las aristas y ángulos desde los que el sujeto trata de ejercer un poder sobre el objeto. De esta manera, sin mucha dificultad, hemos llegado a asociar la ecología con ideas tan variopintas como: sustentabilidad, propiedad privada, seguridad y soberanía alimentarias, reciclaje, permacultura, etcétera y etcétera.

Casi de forma profética —hace ya un cuarto de siglo—, Félix Guattari intuía esta falta de concreción a la hora de encarar el asunto ecológico. Su texto Las tres ecologías —que ocupa la centralidad de este artículo— parte de un intento de articular esta multiplicidad de aspectos, desde un enfoque que, como veremos, asuma una práctica ecológica íntegra y holística, ante las grandes emergencias globales, sociales e individuales que ahora nos competen.

De la ecología a la ecosofía: los grandes registros ecológicos

En el futuro, el problema ya no solo consistirá en la defensa de la naturaleza, sino en establecer una ofensiva para reparar el pulmón amazónico, para reflorecer el Sahara. La ‘creación’ de nuevas especies vivientes, vegetales y animales, pertenece ineluctablemente a nuestro horizonte y hace urgente no solo la adopción de una ética ecosófica adaptada a esta situación a la vez terrorífica y fascinante, sino también una política focalizada en el destino de la humanidad.

Si retomásemos el sentido de la raíz oikos (hogar), podríamos sostener que la ecología tiene que ver con la administración y equilibrio casa adentro, pero además, las maneras en que esa administración afecta y cambia constantemente en los habitantes de dicha casa —individualmente—, y cómo esas relaciones influyen en la vecindad, en otras casas —socialmente—. En la actualidad se presentaría, en tal caso, un conjunto de relaciones imbricadas por las cuales el desarrollo de ciertas tecnologías estaría directamente vinculado a las subjetividades humanas, las pasiones y deseos, al tiempo que ambas modifican el entorno natural y social; obviamente, se trata de una triple vía en la que las subjetividades —que son producciones específicas— se anclan a necesidades sociales y devienen productos tecnológicos que transforman el medio ambiente; y en ejercicios de poder social que trazan y proyectan, al mismo tiempo, subjetividades y tendencias productivas.

Se trata, entonces, no solamente de un planeta al cual estamos explotando para sostener un tipo de sociedad. Por supuesto, las principales problemáticas de escala planetaria, como las hambrunas, la salud, la redistribución equitativa de recursos, la desaparición de especies y el cambio radical del clima, son asuntos de orden ecológico (que experimentan un desequilibrio alarmante); pero las respuestas y soluciones que se dan no abordan sino su epidermis. Por ejemplo, en la teoría, aun si desapareciera el hombre continuaría su huella antropogénica(4) en la Tierra; o si se desarrollaran tecnologías alimentarias revolucionarias, aún quedaría por solucionar la forma en que todos las usemos.

Guattari observa un deterioro en los modos humanos, en las redes entre colectivos e individuos, como corolario de un consumo mediático égida del gran capitalismo. Si bien la desarticulación del paradigma comunista (y la caída simbólica y tangible de sus regímenes políticos) generó un conjunto de nuevos modos de dominación y valoración (los del imperio del mercado mundial y las maquinarias policiales), también permitió el surgimiento procaz de contenidos subjetivos de estandarización (la cultura pop como referente de la mundialización y globalización, y la proliferación de las superestrellas mediáticas, son dos ejemplos de estas producciones).

Ambos acontecimientos (el social y el subjetivo) devienen parte del conflicto ecológico cuando, en ellos, puede hallarse una explicación para la paradoja del desarrollo continuo y el inconsecuente desequilibrio medioambiental. Hablando coloquialmente, llevamos ya tres décadas no solo produciendo una sociedad contaminante, sino también hemos estado produciéndonos como seres contaminantes (a niveles psicológicos, sociales, políticos y espirituales). Por lo tanto, una propuesta para revertir estas tendencias debería abarcar todos los registros involucrados en ellas, y de manera singular en cada uno. Guattarí define tales registros como tres grandes áreas, y a la heurística de estos registros la llama: la ecosofía.

Una ecología ambiental, para el filósofo francés, que reconozca la mutabilidad de la naturaleza, asumiendo los cambios como procesos de ruptura —de muerte— que favorecen la creación. La naturaleza es, por lo tanto, transformación que no cesa ni se estanca.

Nunca antes hemos atestiguado un momento tan crítico como el actual, en el que el ser humano es capaz de replicar la vida, de inventarla y reinventarla —no solamente consumirla—, gracias al desarrollo científico y tecnológico del que se dispone. El equilibrio ambiental, en consecuencia, no puede plantearse como un retroceso, un retorno nostálgico a estados primitivos; por el contrario, debe darse en razón de los beneficios que una técnica actual —no manipulada por intereses económicos o de clase— ya es capaz de ofrecer a la humanidad y al planeta.

Una ecología social que no desconozca los procesos actuales de alienación, discriminación y dominación. El mundo social, cuyo zócalo actual es un contrato imaginario que se observa inexistente, también debe transformarse. Aquellos modos dominantes —el mercado mundial y las maquinarias policiales— que determinan las formas de relacionamiento entre personas —es un cliché decirlo—, alimentan los problemas ambientales y las grandes crisis planetarias, a favor de perpetuar formas de poder verticales.

Se trata de cuestionar y revisar las maneras en que se elaboran las redes sociales y saber diferenciarlas, en oposición a esa tendencia de crear recetas y homologar las relaciones. A saber, ¿cómo quedan los individuos o los grupos específicos —digamos, las mujeres o los jóvenes— frente al poder? De esta manera, se entiende al racismo, a los fundamentalismos que cada día surgen en el mundo, a la xenofobia, pero también a la concepción de democracia y del Estado, de lo privado, lo público y lo comunal, cada una como problemáticas ecológicas de carácter social.

Una ecología de las subjetividades, mental, que supere la momificación de la psicología. Guattari identifica dos elementos específicos: la producción de subjetividades, como la manera en que el entorno social (ya descrito en sus maneras de ejercer el poder sobre el individuo) responde a ciertos comandos y proyecta en las personas anhelos y deseos a través de la comunicación mediática y sus avatares. Pero, por otra parte, la urgencia de soslayar aquellas tendencias de la psicología que reproducen comportamientos estándar(5).

Por ejemplo, la Traumdeutung(6) de Freud, ese dejar de lado la experiencia onírica para rescatar su significado, que se ha convertido en una suerte de cartografía del alma, esa mutilación, ese reduccionismo en el que el símbolo deviene dogma y tabú de la homogeneidad, cuando en realidad “el inconciente sólo permanece aferrado a fijaciones arcaicas en la medida en que ningún comportamiento tire de él hacia el futuro” (1989, 26). Ambos elementos, y sus tensiones, debilitan la vida que es proceso continuo de cambio y mutación, al tiempo que observamos y ensuciamos, amortiguados, nuestro hogar.

La singularidad: hacia nuevos territorios ecológicos

El despliegue de devenires animales, de devenires vegetales, cósmicos, pero también de devenires maquínicos, correlativos a la aceleración de las revoluciones…

Este ejercicio de separar tres tipos de ecologías (tres espacios de orden en el oikos), en Guattari, devienen núcleos que permiten observar lógicas, movimientos e intensidades de un proceso evolutivo desbocado y de apariencia rizomática. Cada núcleo da cuenta de estos procesos y facilita el tratamiento integral de cada parte en relación con el todo, construyendo un relato sobre el estado de las cosas en nuestro hogar. Las alternativas y las posibilidades de encontrar soluciones verdaderas, particulares, que no solamente topan los ámbitos políticos o éticos, dependería antes que de consensos —como tanto se escucha a este respecto—, de los disensos que enuncien cada crisis.

La ecosofía empujaría sobremanera a buscar soluciones más allá de la superficie del problema. De manera analógica, el pulpo de Bombard no puede sobrevivir al cambio de su entorno, sin antes cambiar internamente las relaciones biológicas y afectivas con este. En este caso, no puede ser uniformado y tratado como un pulpo más; más bien, es su capacidad de adaptación y su singularidad las que deben aceptarse y tratarse. El pulpo de Bombard no plantea un problema a resolver. No se trata, entonces, de una contradicción filosófica “como lo deseaban las dialécticas hegelianas y marxistas”. Empero, es metáfora de la singularidad, de una individualidad que el sistema humano no tiene en cuenta a la hora de plantear las respuestas políticas o éticas a los conflictos ecológicos.

He aquí la nueva lógica de la ecosofía, liberada de una moralidad que se autorreferencia y separa la existencia del pensamiento. A decir de Guattari, el sujeto no es evidente, y de ninguna manera es verdadero el postulado cartesiano. “No basta pensar para ser”, es decir, la existencia es un mar o un desierto donde la vida adopta las más singulares formas, empujada por la naturaleza antes que por el pensamiento. Aceptar de esta manera al mundo implica, pues, incluir y defender todo tipo de existencias. Más aún, de acuerdo con Guattari, es en este campo de la singularidad donde se puede vencer, finalmente, el gran letargo y repetición del mundo que hoy se expresa en nuestros modelos de sociedades y formas de contrato social.

Se trata de reapropiarse de la vida, cautiva entre urgencias ambientales, sociales y comunicacionales que producen la alienación. Se trata de integrar a la discusión nuevos modelos de valoración, por ejemplo, la apreciación del patrimonio, la soberanía del deseo, la resingularización estética como alternativa a la ética-política tan venida a menos. Se trata, además, de trucar la idea del beneficio por el de la felicidad que, por supuesto, siempre se escapa de las manos planificadoras de la máquina estatal.

Podríamos decir aquí que el humano, como concepto filosófico, debe ser superado, y en su lugar podríamos evocar un nuevo ser, mutante, cambiante y singular, que reclama para sí la Tierra, para construir nuevas redes donde las nacionalidades ya no sean límites geográficos imaginarios, pero nacionalidades musicales, poéticas y artísticas. Sin embargo, para que todo esto sea posible, a decir de Guattari, se debe sustituir la comunicación de información, por la comunicación del relato. No basta transmitir los acontecimientos puros, si no incorporar a estos acontecimientos la vida del que los cuenta.

A diferencia de la ecología romántica que pretende reducir la huella, Guattari propone una ecosofía en la que el sujeto singular deje su huella creativa y, también, permita que otras huellas queden, en el “cara a cara vertiginoso con el Cosmos para someterlo a una vida posible”.

A manera de corolario

Hay que forjar toda una catálisis de la recuperación de confianza de la humanidad en sí misma, paso a paso, y a veces a partir de los medios más minúsculos [para] poner freno a la grisalla y la pasividad dominantes. Basta que el ojo del hombre ponga su atención en algo para pensar en una artificialidad, por mínima que sea. El ser humano es —de ello da fe primordialmente el arte— ante todo un creador. La maquinación humana, esa que produce la artificialidad, debe considerarse también naturaleza. Entonces, es anhelo y voluntad de la naturaleza generar las condiciones constantes de cambio y singularidad.

Los grandes problemas ambientales, sin embargo, no pueden verse ingenuamente como producto de un orden natural. Tampoco las soluciones de estos pueden pasar solamente por procesos técnicos o políticos en las manos de algunos pocos. Las tres ecologías de Félix Guattari proponen, en el fondo, una radical revolución que modifique las relaciones políticas, sociales y culturales, a la vez que los campos de la sensibilidad, la inteligencia y el deseo, toda vez que en estos territorios surge una infinitud de desequilibrios que necesitan la articulación de los grandes campos del oikos en perpetua reinvención.

Notas

1.- Bombard investigó a mediados del siglo XX sobre las posibilidades de supervivencia en casos de naufragio. El experimento de Bombard consistió en una travesía en alta mar, alimentándose exclusivamente de la fauna marina y sin probar un sorbo de agua. La obra de Bombard, Náufrago voluntario (1954, Éditions de Paris) resulta, para las finalidades de este texto, metáfora de las crisis ecológicas que amenazan con convertirnos a todos en náufragos involuntarios.

2.- A diferencia de aquella ecología romántica, Guattari sostiene que “¡Desde siempre, la naturaleza ha estado en guerra contra la vida!” Se debería pensar, más bien, en la naturaleza como una máquina creativa que se alimentada de la vida individual, al tiempo que la limita.

3.- La Teoría Gaia (1979) sostiene, al igual que las culturas ancestrales, que la Tierra es un ser vivo que experimenta procesos biológicos y es capaz de autorregularse.

4.- Se refiere a la influencia directa que las actividades humanas dejan en el planeta. Son las grandes problemáticas a escala planetaria, principalmente la emisión y liberación de gases a la atmósfera, discutidas en la actualidad a niveles oficiales de gobierno y de ordenamiento internacional.

5.- “Se acabaron los catecismos psicoanalíticos, conductistas o sistémicos […] deshacerse de sus batas blancas, empezando por aquellas, invisibles, que lleva en su cabeza, en su lenguaje […] El ideal de un pintor no es repetir indefinidamente la misma obra, excepto el personaje de Titorelli, en El proceso de Kafka, ¡que siempre pinta idénticamente al mismo juez!” (1989, 29).

6.- “Las mejores cartografías de la psique o, si se quiere, los mejores psicoanálisis, ¿no han sido hechos por Goethe, Proust, Joyce, Artaud y Beckett, más bien que por Freud, Jung y Lacan?” (1989, 23).

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