Alo, marciano. Promoción y fragmento de novela homónima

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Por Alfredo Antonio Fernández

(Publicado en Revista Hispanoamericana de Cultura en enero de 2015, no. 35, año 9)

(La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, primera finalista Premio de la Crítica, Cuba, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, Feria Internacional del Libro, Guadalajara,1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razon de Ser de novela, 1989 y Premio Alejo Carpentier de Novela 1993, de la Fundación Alejo Carpentier), Amor de mis amores ( novela, Planeta, México, 1996) y Adrift: The Cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001), Bye, camaradas (novela, 1era finalista Premio Internacional Novela Marcio Veloz Maggiolo, New York, 2002 y finalista Premio Novela La ciudad y los perros, Madrid, 2003, publicada en la Editorial El barco Ebrio, España, 2012) y A traves del espejo. El cine hispanoamericano contemporaneo. Volumen I (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2013). Su libro más reciente es la novela Aló, marciano (Editorial El Barco Ebrio, España, 2015). Reside en los Estados Unidos.

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1949 – El periodista César Casariego quiere transmitir por la radio una adaptación de La guerra de los mundos. El director le advierte que juega con fuego, pero su prometida, también periodista, le da ánimos: “no va a pasar nada, en este pueblo nunca pasa nada”. Pero sí pasó.

Con una ironía exquisita y el humor agridulce que caracteriza  sus anteriores novelas, Alfredo Antonio Fernández narra un inusitado acontecimiento que terminó en tragedia nacional en Ecuador.

Desde el ámbito de lo Real Maravilloso apreciamos cómo la literatura puede ser tan subversiva como para que la adaptación de una radionovela en América Latina provoque una guerra  mundial.

En el fondo, más allá de la risa y el tono que nos obliga a creer si algo tan surrealista y disparatado puede suceder en realidad, existe aquí una reflexión profunda sobre el poder político y la misión del arte en un estado totalitario.

Editorial El Barco Ebrio

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A continuación le ofrecemos, en carácter de exclusiva, un fragmento de la novela:

NOTICIA

La noche del sábado 12 de febrero de 1949, Radio Quito le tenía reservada una sorpresa a los oyentes. Leonardo Páez, director artístico, entusiasmado con “La guerra de los mundos” de H. G. Wells  y su adaptación radial en New York en 1938 por Orson Welles,  preparó  una versión criolla  que  transmitiría sin previo aviso.

La trasmisión, que dio inicio con avistamientos de naves interplanetarias sobre las Islas Galápagos y desembarcos de marcianos cerca de Quito, no pasó de los veinte  minutos. Una turba se dirigió al centro donde estaba Radio Quito y el diario  El Comercio.  Comenzaron a cercar a los edificios, a dar gritos, a lanzar piedras  y la ira desbocada hizo que les prendieran fuego a las instalaciones.

El resultado, una tragedia nacional. El fuego que empezó de noche duró hasta la  madrugada.  Seis personas murieron carbonizadas, entre ellas un sobrino y la novia de  Páez.  También hubo decenas de heridos por el pánico y el monto de las pérdidas se estimó en nueve millones de sucres.

“Aló, marciano” no es una (re) edición de los hechos, tampoco una investigación que  añade nuevas pistas a lo ocurrido aquella noche de locura generalizada. El sentido de  la novela es otro: crear una dimensión alternativa e imaginaria de la realidad.

Y sus premisas de escritura creativa serán los dos párrafos de la noticia (re) interpretadas en el texto en clave de “Amor constante más allá de la muerte” (Francisco de Quevedo).

 

*****
UNO

La lluvia caía lenta y pesadamente sobre el techo de la cabaña. Me complacía escucharla caer, la lluvia era la compañera de mi soledad selvática, casi  una necesidad, una diversión personal, como jugar a las cartas en solitario.  La escuchaba caer, deleitado. Desde la medianoche no paraba de llover, no dejaba de sentir el aire frío impregnado de humedad. Caía sin pausas, una lluvia que desde mi refugio se me antojaba gris y fría. Las gotas se deslizaban sobre la paja, se escurrían como pececitos ciegos  que iban a detenerse en precario equilibrio en el  borde delantero del  cobertizo. Desde la hamaca veía colgar a los goterones como diminutos murciélagos, las afiladas cabecitas de puntas grises  apuntaban hacia  abajo, antes de precipitarse, como puntuales hileras de soldaditos grises resbalaban por el techo de paja, rodaban, caían y rebotaban contra el suelo.

Lejos de la cabaña, en la selva, sobre el río, también llovía. No podía ver a la lluvia distante, pero me deleitaba saber que afuera caía un interminable aguacero, algo menos que un diluvio.  Después de todo, esa noche y las miles de noches que había pasado en la selva, lo único que había existido en el mundo éramos la lluvia y yo, los recuerdos y yo, la oscuridad y yo. Al alba, un extraño concierto, palpitar de sapos, crujidos de insectos y silbidos de aves se unieron al rumor de la lluvia. La lluvia golpeaba a las copas de los árboles,  escuchaba al viento fustigar a las ramas, las azotaba y las gotas iban a estrellarse sobre la superficie del río. Muy pronto vendrían por mí. Los iba a esperar en la puerta de la cabaña. Los esperaba desde que llegué a  la selva. A uno, o mil. A jueces, o militares. Solo, o en compañía, los esperaba. Desde siempre los esperé. Los iba a esperar con mi traje blanco de gala. Los esperaría, paciente.

Me levanté, una pirueta de circo me hizo caer de rodillas como payaso con zancos de equilibrio. Bebí el café que preparé a la medianoche, cuando aun esperaba paciente, antes que comenzara a llover, cuando no parecía tener prisa, antes que me cansara de ver mi rostro solitario en el trozo de espejo colgado del dintel de la cabaña. Sí, ése que veía ahora aunque no pareciera el mismo era César Casariego, treinta y cinco años, mediano de estatura, barba rala, aspecto triste y cansado.

César Casariego que se despedía, que le decía adiós a la barbarie y se  marchaba de la selva. César diez años después de…

A la luz de un cabo de vela, finalicé de vestirme.  Me vestí con mi traje blanco de gala. Del bolsillo del saco extraje la billetera, de la billetera, saqué una foto. Sí, ése que veía antes había sido era César Casariego, veinticinco años, mediano de estatura, que sonreía a la cámara entre el Presidente de la República del Ecuador y el director de Radio Nacional.

César Casariego aun dentro de los límites de de la civilización, antes de que llegara a la selva y se convirtiera en un “buen salvaje”, un digno descendiente de la estirpe de Robinson. César diez años antes de…

Tatú, el chamán del Cuyabeno, venía de líder de la comitiva de indios descalzos y semidesnudos.  Esperaron a  que saliera al portal. Tatú se inclinó, respetuoso.  De repente, se soltó a dar vueltas como un loco. Bailaba,  gemía, se contorsionaba de la cabeza a los pies en un ritual de limpieza de espíritus. Giraba, frenético. Mascullaba frases en lengua indígena, mordía el mocho de tabaco, finalmente, se detuvo delante de mí y me escupió al rostro un buche de humo y saliva.

Acabé de salir de la cabaña, la lluvia humedeció mi traje blanco. Caminé unos pasos, el cortejo de  indígenas se apartó para dejarme pasar. Para ellos era el hombre-blanco, su más preciada prenda de resguardo en las ceremonias de iniciación religiosa. Un fetiche de carne y hueso que una madrugada el río revuelto arrojó en una de sus orillas y que desde entonces adoraban.

Caminé hasta el muelle de tablas por el que me deslizaba de regreso de las pesquerías de tortugas en el río. En la punta del muelle, una canoa cargada de plátanos, solitaria, bajo la lluvia, golpeaba los soportes de madera al compás de la corriente del río. Me despedí de los indígenas, al llegar el turno de Tatú, me abrazó.

-Regresa, taita, te esperamos –me dijo.

 

*****
DOS

El destello de luz que venía de la selva, creaba un arcoíris de luces. La lluvia, sobre el río, se multiplicaba en círculos. Los remos, al impulsar a  la canoa, los hacía aparecer levemente concéntricos, como dibujados con un compás de punta fina. La canoa se acercaba al paquebote.

No era como lo había soñado, no era  un buque fantasma que navegaba a la luz de la luna, no era

un buque pintado de blanco que arrojaba chispas azules por la bocaza  de  la chimenea. Era un paquebote de un gris sucio y descolorido, un viejo barco de paletas que había gastado sus años navegando por el  Mississippi en los tiempos de gloria de Huck Finn y Tom Sawyer mientras competía con el  relevo de postas a caballo del Poni Express a ver quién trasladaba más de prisa la correspondencia entre Missouri  y La Luisiana. Al final de su vida marinera, una compañía frutera del Ecuador lo adquirió en una subasta naviera de la Nueva Orleans, antes de su jubilación final, lo empleaba para transportar bananos por las aguas infectadas de pirañas y manatíes de vientre rojizo del río Aguarico, entre los puertos fluviales de Colombia, Perú y el Ecuador.

Leí el nombre en la parte trasera, Aurora, el mismo barco, me dije, la misma Aurora.

El rayo de luz que venía de la selva, nos seguía el paso, nos escoltaba. Al contacto con la lluvia y  la niebla, el rayo de luz creaba un aro de luz cenicienta sobre el río. Mientras nos acercábamos al paquebote, las paletas de madera empezaron a girar y a lanzar chorros de agua, mazos de  yerbas y surtidores de arena arrancados del lecho del río. Un marinero me lanzó una escala de cuerdas, la atrapé al vuelo. Subí a bordo, asomé la cabeza  en la cubierta. El capitán, en el  extremo opuesto del buque, se apresuró en venir a verme. Andaba ligero, con un paraguas abierto se  protegía de la lluvia helada. Un capitán de barco como en las ilustraciones de “El viejo marinero” de Coleridge, un capitán de barco comme il faut,  un capitán de pipa y larga barba  blanca venía a mi encuentro.

 

*****
TRES

Miraba a la foto, la volvía a mirar ¡Dios mío! ¿Cómo llegué a posar al lado del hombre que cambió mi destino? ¿Cómo pude estar al lado del hombre que removió el cielo y la tierra para encontrarme y presentarme como a un prófugo de la justicia. Era cosa del Diablo, pensé, no de Dios. Miraba a la foto, la volvía a mirar. Era cosa de sueño, pero era realidad. Una pesadilla en vivo, sin cerrar los ojos. Una pesadilla con los ojos abiertos. Un perseguido de la justicia, un prófugo de la ley, un condenado a  presidio que por una extraña pirueta del destino una vez llegó a posar feliz al lado del Señor Presidente de la República.

Cuando el capitán estuvo cerca, me di vuelta para guardar la foto. Gentil, extendió el paraguas sobre nuestras cabezas.

-Mira qué esperé, llegué a creer que no lo iba a ver más. Llegué a pensar, ¿habrá muerto? –me dijo.

Guardé la foto en el bolsillo delantero del saco, seguí fingiendo distracción.

-Aquí lo dejé, aquí lo embarco –se preguntó el capitán- ¿Cuánto tiempo desde entonces?

Miré al capitán como a un conocido fantasma del pasado.

-Diez años, capitán. Aquélla noche tocaba la sirena, yo corría por el muelle. Era un fugitivo, su barco, mi tabla de salvación –le dije.

-No sabía quién era, pero le dije: un barco en el río es un país sin fronteras, no hace falta visa para subir. A bordo, dejamos de ser ciudadanos de un país cualquiera, mientras no pisemos  tierra,  somos pasajeros del mundo –repitió.

-Gracias, capitán. El destino nos vuelve a unir. Usted de capitán,  yo… -balbuceé.

-De pasajero, Casariego, le dije. Lo he visto, lo veo, lo veré de pasajero. No le quepa duda,  puedo testificar ante un jurado. Casariego fue mi pasajero –aseguró.

-Ojalá  todos  vieran las cosas como usted, pero no es así. Me acusan de un delito del cual no fui responsable. Si regreso tras diez años, es para defender mi causa –dije.

-Suerte, Casariego –repitió el capitán- En mi barco, siempre, de pasajero.

El sol asomaba  tímido entre las nubes, los pasajeros se apresuraban a echarse en  las sillas de extensión. Conversaban entre ellos o dormían y, al verlos, me cubrí el rostro con un sombrero de Paja. Al verme, creyeron que también dormía,  en realidad, a través de las estrías de paja del sombrero miraba a las orillas del río. De repente, del  interior de la selva, brotó el cono de luz. Los pasajeros, molestos, parpadearon pero  yo era el único a bordo que no parecía molesto con la luz, que no parpadeó. Yo era el único en cubierta que parecía que esperaba a la luz, a mi fiel compañera. La luz que me acompañaba, la luz que me escoltaba, la luz que me seguía adónde quiera que iba.

Con el sombrero de paja echado sobre el rostro, espiaba a la cúspide del cilindro metálico que sobresalía en un claro de la selva. Mientras daba vueltas, el cilindro despedía un raro destello de luz. Los pasajeros dormían en cubierta, yo era el único que veía a la luz seguir al paquebote en su lento recorrido por el río.

¿La  luz detrás? ¿Conmigo la  luz? ¿Al principio la luz? ¿Al final la luz? ¿Esa luz mi destino?

¿Seguir esa luz? ¿Yo a ella, o ella a mí?

 

*****
CUATRO

La historia comenzó como un juego de niños, el pasado y el presente se trenzaban como los remolinos del río por el que navegábamos seguidos por el rayo de luz. César Casariego, a los veinticinco años, sentía orgullo al declarar que no necesitaba de la ayuda de nadie para enfrentar el mundo y ganarle la partida. César era  un pez que nadaba a contracorriente en la pecera de la vida. César no era un vistoso gold fish de vientrecito dorado. César era un pececito de lomo gris con lista plateada en el dorso y afilada cola terminada en punta de sable. César era un fiero pez de juguete que al ver su reflejo en el borde de cristal de la pecera, colérico, se embestía a sí mismo.

Delante del micrófono, en la cabina de transmisión de Radio Nacional Ecuador, sudaba a mares, el calor impregnaba de gotitas de humedad del trópico las paredes de cristal mientras despedía el Noticiero del Mediodía. Del otro lado del vidrio de la cabina, el director de Radio Nacional, don Simón Sanabria, con un cronómetro en la mano, oficiaba como árbitro de un partido de fútbol y contaba los segundos que tardaba en leer las noticias mientras disfrutaba el aire fresco que arrojaba un ventilador de paletas de madera  que colgaba del techo.

Sin confirmar el número de víctimas en el atentado contra Hitler en Múnich.

La Unión Soviética avanza sobre Finlandia.

Hoy, 31 de diciembre de 1939, último día del año, Radio Nacional Ecuador les desea  a  todos un  Feliz Año Nuevo.

Hoy, último día del año, es el cumpleaños del Señor Presidente de la República, nuestro querido Don Pánfilo de Navajas.

Muchas Felicidades, Señor Presidente, le deseamos.

-¡Flash! ¡Última Noticia!

En control nazi las ciudades de Varsovia y Cracovia.

No me gustaban las malas noticias, evitaba radiarlas, y si lo hacía, era por pura obligación de locutor. Pero la gente, en Quito, no entendía nada de eso, no distinguían lo que era ficción de lo que era realidad, y todos los días, al verme salir de la emisora, murmuraban al verme pasar: ahí va Casariego, el agorero, aléjalo San Alejo. Ingratos, para nada agradecían que los mantuviera informados, no sabían que si de mí voluntad se trataba, en lugar de los detalles de la II Guerra Mundial, radiaría comedias al mediodía para sazonar el almuerzo en casa.

-Bien, lo hiciste bien –me dijo el director-, treinta segundos exactos, leíste la información en medio minuto. Ahora vas a Palacio a reportar el homenaje al Presidente. Iré cuando cierre  la emisora. No lo olvides, lleva  levita, bombín y bastón. Eso da prestigio…

Salí de la cabina, al salir se me vino encima don Simón Sanabria. El director de Radio Nacional se ufanaba de ser el propietario de la única emisora de radio en el Ecuador que salía al aire al amanecer y se despedía de la radio audiencia a la medianoche. Don Simón vino hacia mí, sudoroso, gordo y miope y con grandes lentes de aumento como un sapo letrado.

-Me prometió hablar al final del noticiero ¿Se  le olvidó mi propuesta? ¿Quiere que la repita? –le dije, al pasar a mi lado.

-No se me olvidó, pero debo pensarlo más. La guerra de los mundos en la radio no es una mala idea. Pero estamos en medio de la II Guerra Mundial, eso cambia todo… Hablaremos en la fiesta del presidente. Ahora, haz lo que te digo, vístete con mi ropa de gala y sal a la calle.

 

*****
CINCO

Me encerré en el baño a probarme la ropa de gala del director. Frente al espejo, repetí  con voz edulcorada, como si fuera el locutor de turno: Radio Nacional, la primera emisora del Ecuador en salir al aire al alba, la última en despedirse de los radio escuchas a la medianoche. El frac me quedaba holgado, el sombrero me bailaba sobre la cabeza. Hundía las manos en los bolsillos, los ponía de revés. Agarraba el bastón, volteaba a mirarme en el espejo. No me veía a mí, veía al director de Radio Nacional,  veía a Chaplin en la pantalla, lo veía actuar en “La quimera de oro”: Chaplin caminaba de prisa por la estepa congelada de Alaska, con el apoyo del bastoncito y los bolsillos puestos de  revés, para mostrar a todos visualmente su pobreza.

Canillitas, el canalla. El canalla Canillitas…

Esa  tarde, me fui a la calle con el fotógrafo del diario Centinela Andino, a reportar el homenaje que los ministros ofrecían al Señor Presidente de la República del Ecuador. El sol pegaba fuerte sobre el asfalto. No me importaba vestir como Chaplin, no me importaban las miradas ni los chistes de los curiosos. No me importaba que me juzgaran un doble de Chaplin, un muñequito de cuerda y zapatones de andar presuroso y pies separados.

Canillitas, el canalla. El canalla Canillitas…

Qué cómico, decía la gente al verme,  mientras caminaba por la calle, ya viene el circo.

Con giros del bastoncito, sin hacer caso de las miradas ni de los comentarios, punteaba el ritmo de la marcha como un tren:

César, César… Casariego, Casariego…César, César…Casariego, Casariego…César, César…

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2 pensamientos en “Alo, marciano. Promoción y fragmento de novela homónima

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