Stanislaw Lem: el vacío perfecto

Stanislaw Lem

Stanislaw Lem

Por Diego Yépez

(Publicado originalmente en suplemento Cartón Piedra del diario El Telégrafo, Quito, el 12 de julio de 2013)

En 1973 Stanislaw Lem (Polonia, 1921-2006) fue expulsado de la Asociación de escritores de Ciencia Ficción de Estados Unidos, tras declarar que los libros procedentes de dicho país carecían de valor literario y se enfocaban en narrar aventuras intrascendentes. Considerado junto a su coterráneo Witold Gombrowicz el más grande renovador de la lengua polaca del siglo XX, su obra supera los parámetros de la ciencia ficción y la literatura fantástica, tanto desde el plano estilístico como por su capacidad de especular acerca de los límites inmanentes al pensamiento humano en su relación con el Cosmos.

Ironista sutil, Lem es heredero de una tradición que proviene más de pensadores como Jonathan Swift, Rabelais o Voltaire, que de narradores como Mary Shelley o H. G. Wells. En sus ficciones edifica una parodia de la técnica y el progreso. Por ejemplo, en las historias que conforman el libro Fábulas de robots (1964), los seres orgánicos son entidades míticas, a las cuales una civilización de autómatas teme y reverencia. Es el mismo caso de Ciberíada (1965). En el libro, varias sociedades robóticas interplanetarias coexisten con los seres de carne y hueso. Son el trasfondo que posibilita la aventura quijotesca de los robots Trurl y Capalcio, quienes deambulan por el Universo deshaciendo entuertos cosmológicos. Lo hacen gracias a sus capacidades casi infinitas para manipular la materia, que les permite cambiar la ubicación de las estrellas o extraer información de las partículas subatómicas.

Stanislaw Lem desarrolló con los años una visión pesimista de la condición humana. Fue testigo de las invasiones nazis a Polonia, y su familia se salvó casi de milagro de ser apresada en el gueto de Lvov, aunque casi todos sus amigos fueron incinerados en los hornos de gas de Belzec. En su libro Provocación (1982), traducido recientemente al castellano por la editorial Funambulista, Lem entreteje una apócrifa historia del Holocausto, escrita por el imaginario historiador alemán Horst Aspernicus. Es una inmersión en una despiadada y precisa antropología del mal, que busca explicar, (en contraste a la idea sobre la gratuidad del mal planteada por Hannah Arendt), el desarrollo absurdo y grotesco de la ideología nacionalsocialista, la cual, en su cénit, sustentó la más efectiva maquinaria de exterminio de la historia.

Al terminar la guerra Lem fue expatriado a Cracovia, donde, para sortear a la censura comunista, se decantó por el género de la ciencia ficción. No obstante, a pesar de la precisión de sus reflexiones, que derivan de la ciencia pura (no hay que olvidar que Stanislaw estudió medicina y recibió doctorados honoris causa del Politécnico de Breslau y de las universidades de Opole, Lwów y Jagiellonian), su potencial estilístico no tiene nada que envidiarle a la prosa de escritores como H. P. Lovecraft o Italo Calvino.

Su novela Solaris (1961), considerada uno de los clásicos imprescindibles del género, fue adaptada al cine en 1972 por el ruso Andrei Tarkovski. La novela es un análisis sobre el límite ontológico de la comunicación. Solaris es el nombre de un océano ‘metafísico’ que se encuentra en un lejano planeta que carece de tierra firme. Durante siglos la humanidad ha tratado de penetrar infructuosamente en sus misterios.

Para esto incluso ha inventado una disciplina académica, denominada solarística, la cual ha fluctuado del fracaso a la ruina y se encuentra a punto de desaparecer. Kris Kelvin es el encargado de investigar lo que ocurre en la única estación de investigación apostada en el distante planeta. Cuando llega, descubre que su tripulación está sumida en una aparente locura. De pronto, extrañas visiones comienzan a manifestarse.

Sombras que provienen de la parte más oscura del inconsciente. Vestigios de la emotividad más arraigada. Es un fenómeno que les ocurre a todas las personas que se acercan al monstruoso océano. Sus miedos atávicos se materializan… Pero esto no se queda ahí. Solaris crea sobre el agua unas superficies denominadas Mimoides, que tienen la facultad de recrear objetos de la civilización humana, de mastodónticas magnitudes; o las Simetríadas, que son construcciones similares a tejidos vivos, que se desploman estrepitosamente poco después de nacer.

Ambas obras pudieran ser mensajes, especulan los hombres, pero no tienen la menor idea de cómo interpretarlos. Esto los obliga a aceptar, aunque les cueste, que Solaris es una entidad cuya inteligencia no logran comprender. Lem se sumerge en un pesimismo antropocéntrico que implica que, en vista de la infinidad de posibles lechos evolutivos, cualquier tipo de contacto entre inteligencias es casi improbable. “No tenemos necesidad de otros mundos —reflexiona Kris Kelvin—. Lo que necesitamos son espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Un solo mundo, nuestro mundo, nos basta, pero no nos gusta cómo es. Buscamos una imagen ideal de nuestro propio mundo; partimos en busca de un planeta, de una civilización superior a la nuestra, pero desarrollada de acuerdo con un prototipo: nuestro pasado primitivo”.

La novela El invencible (1964), ahonda y problematiza esta reflexión. La trama arranca cuando la nave de guerra El invencible llega a la superficie del planeta Regis III, para investigar la desaparición de su gemela Cóndor. En sí mismos los vehículos son el más claro ejemplo del poder que tuvo que desarrollar la humanidad para conseguir colonizar el Universo. Son verdaderas moles de la tecnología, capaces de sortear el hostil ambiente intergaláctico con el uso de campos electromagnéticos, el control de la fusión y fisión nuclear, o el manejo de la antimateria y la robótica.

Regis III carece de vida orgánica en la superficie a pesar de las condiciones idóneas que posee. No obstante, en sus océanos pululan escurridizas criaturas marinas que evolucionaron para escapar al más mínimo indicio de los campos electromagnéticos que producen las máquinas. Cuando la misión localiza al Cóndor, comprenden que sus tripulantes fueron exterminados mediante una especie de lobotomía no quirúrgica. Con el pasar del tiempo descubren que sobre la superficie del planeta habita una forma de vida no orgánica, unos “insectos”, nanobots minúsculos que poseen la facultad de agruparse en un enjambre, que es el responsable de la depredación que impera.

Los “insectos” son estructuras robóticas similares a virus, capaces de autorreplicarse. Individualmente son inofensivos, pero en conjunto generan una “nube” capaz de aniquilar, mediante su memoria genética, a cualquier forma de vida orgánica o inorgánica que se cruce en su camino. La “nube” posee una inteligencia que resulta incognoscible para los científicos humanos. Es una especie de cerebro mecánico que se arma y desarma según la ocasión, con el único objetivo de acaparar los escasos recursos de un planeta cuyo sol es una supernova moribunda.

Los hombres, frente a este extraño prodigio, se sumergen en una batalla épica, con la sensación de que deben proteger al género humano. Es una guerra contra algo que no comprenden y al parecer carece de inteligencia. La “nube” se adapta a cualquier tipo de agresión y se organiza para hacerles frente con una eficacia que está por encima de la lógica. Esto solo consigue exasperar a la tripulación de El invencible, que de pronto se encuentra cotejando la idea de destruir todo el planeta…

En este libro, al igual que en Solaris, Lem habla de los paroxismos de la arrogancia. La humanidad, a fin de cuentas, busca destruir lo que no entiende, movilizada por un ego atávico. Para el autor, la interrelación entre dos especies inteligentes es casi imposible, en vista de que la vida en sí misma es una rareza. Que se haya producido supera de igual forma toda lógica y por ende en cada recodo alejado del universo la evolución debe seguir unos patrones que conllevan inevitablemente al aislamiento.

Retorno de las estrellas (1961), es una novela que traslada el conflicto de la incomunicación al ámbito humano. La nave interplanetaria Prometeus llega a la Tierra tras un viaje de 10 años. No obstante, por el fenómeno de dilatación del tiempo predicho por la teoría de la relatividad, para los tripulantes han transcurrido 167 años. Hal Bregg, su protagonista, encalla en una sociedad del bienestar que perdió su ímpetu aventurero debido al proceso de Betrización, el cual anula los instintos violentos (sobre todo los que pueden desembocar en asesinato).

Bregg está perdido en un paraíso incomprensible donde las jerarquías han desaparecido y los placeres están a la vuelta de la esquina. Es un mundo de una sexualidad abundante y carente de pasión. Le resulta imposible adaptarse. Confundido, escapa a una finca en los extrarradios de las ciudades, con la intención de mantener sus costumbres.

Retorno de las estrellas es una metáfora perfecta de la situación en la que se encuentra la exploración espacial, luego de que amainó la violencia de la carrera espacial y la guerra fría: el Universo, tras cruzar el responso de la biósfera terrestre, es un lugar hostil, donde la vida pende de un frágil hilo que solo la tecnología puede mantener. La sociedad betrizada, al igual que la actual, perdió el interés en los viajes de exploración. Transportar humanos a otros planetas les resulta un propósito grotesco e innecesario, debido a que el espacio es un desierto de materia donde ninguna criatura respira.

En 1970 Lem publicó los Diarios de las estrellas, sátira inclasificable, en clave de ciencia ficción, sobre los sistemas totalitarios, un libro único, comparable solo con Los Viajes de Gulliver. Poco después, urdió otro vuelta de tuerca con la publicación de Vacío perfecto, colección de reseñas imaginarias en las que, cargado con un arsenal de erudición inmenso, aprovechó para satirizar la teoría de probabilidad o las pretensiones de la literatura en mayúsculas. Este tipo de libros llevó a que Úrsula K. Le Guin lo compare con Borges.

Lastimosamente, la mayoría de su producción ensayística no se encuentra traducida al castellano, a pesar de que Lem, junto a casos aislado como el de Philip K. Dick, es uno de los pocos autores que superó las convenciones de un género que tiende al entretenimiento estéril. Su propósito principal siempre fue la filosofía, la cual, a instancias de las miserias de la civilización industrial, debió inevitablemente posarse en la desesperanza.

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